25.4.20

Un paseo por Lucena






Hay más cosas de las que no se tiene propiedad ni conocimiento que poseídas y sabidas. De esa sencilla floración narrativa vienen todas las demás en tromba, incontenibles y dulces, amorosas y carnales, como un paseo por el campo cuando la primavera irrumpe y la luz del sol espanta la desavisada cópula de unos insectos sobre una roca. Es ese momento de alumbramiento puro el que debería recogerse en la memoria y cerrarlo para que no lo deteriore el tiempo, pero no lo hacemos, asistimos al espectáculo del asombro y no tenemos la precaución debida, la de acomodarlo entre nuestros recuerdos. Este mismo amanecer lluvioso de hoy me hace pensar en uno de no hace mucho tiempo en el que me conduje cobijado bajo el paraguas más grande de la casa por las calles de mi pueblo. Las recorrí con intención de perderme en ellas. Hubo alguna que me resultó nueva, ya hay pocas que no conozca, soy de Lucena como de Córdoba, más de la mitad de mi vida aquí. Lucena es un pueblo admirable. Lo es por el carácter de su gente y por la decisión irrenunciable de avanzar, a pesar de que en ocasiones el camino se preñe de obstáculos y cueste ese desempeño. Wherever I lay my hat, that's my home. Allá donde deje mi sombrero, esa es mi casa, dicen los ingleses. Como uno es de hacerse al sitio en el que vive, me hubiera dado lo mismo residir en cualquier otro, siempre que haya gente con la que compartir las terrazas en los bares y las noches de cena en casa, he pensado más de una vez si no estaría bien volver a Córdoba, pero llovería igual, habría calles que recorrería con el mismo asombro novicio, aunque las de la ciudad en la que nací sean, en comparación, más gratas para el recreo de los sentidos. Se inflama el espíritu con los recuerdos, más ahora que se nos ha encomendado la vigilancia de la casa y entregado una especie de temor a salir. Afuera hay criaturas pavorosas, invisibles y pavorosas. Hacernos salir será infinitamente más costoso que hacernos entrar. No tendremos paciencia para recuperar lo que hemos perdido. Querremos (son todos tiempos verbales hoscos en el fondo) hacer lo de antes, no pudiendo, me temo. Lo de salir estará concedido, cómo no. Serán los mismos los pasos, ocuparemos las calles con alborozo, pero pesará la sensación de desamparo, un poco también la de la incertidumbre, como si nos amenazara un peligro sutil, una inminencia de conflicto. La casa la tenemos más que vista, sus rincones favoritos se gastan a medida que se usan, como el amor en una canción que cantaba un amigo cuando se achispaba por el vino. Escribo estas menudencias de mi memoria o de mi imaginación porque me agrada traer lo que no está siempre a mano. Escribir es un acto de heroísmo por uno mismo. Lo que no me cuento a mí mismo no podré tener la seguridad que no acabará despeñado en el olvido. Aquel día de lluvia en Lucena, por ejemplo. Me paré a tomar café en un bar perdido en una calle estrecha, de las que no se transitan en el ir de un sitio a otro, cerca del colegio Barahona de Soto. Era temprano y el camarero me acercó el periódico. Creo que estaba solo, ahí no alcanzo a recordar. Fue maravilloso (hoy más en su remembranza) escuchar llover desde esa intimidad maravillosa de la barra. He pasado las mismas horas disfrutando de mí mismo en la residencia lírica de los bares que acompañado por los míos, los amigos que te convidan a la charla y a los abrazos. Nunca he estado mal en soledad, ni siquiera ahora, en estas circunstancias en las que la soledad a veces no es una opción, sino una marca externa que no se elige, una imposición de la fatalidad. Cogería con extremo agrado nuevamente el paraguas grande de la casa. No estaría mucho tiempo fuera, no hace falta excederse. Pasearía sin prisa las calles de mi pueblo. Mediabarba, la mía, la de la foto. Luego subiría a la Plaza Nueva. El Coso. San Pedro. El Parque. Torcería calles improvisadas. Por el placer de andar. Por revisar lo que uno conoce. Por reconocerme entre mis recuerdos. Tendría los cascos de mi móvil enhebrados a las orejas y escucharía lo que suelo. Hoy estaría bien James Taylor. Es una mañana de James Taylor. Vería a mis amigos enredados en sus ocupaciones. Qué placer la conversación. Qué hermoso acto de vida. En cierta medida, pasear es un sucedáneo de viajar. La idea romántica de salir y exponerse a las inclemencias del azar y no saber qué circunstancia del paseo nos hará adquirir un gozo duradero o una especie de trascendencia. He teñido paseos vacíos que cubrían la cuota de salud prevista. También paseos antológicos, finamente cubiertos de belleza o de dolor, pero inevitablemente impregnados de vida. A veces hace falta provocar esa irrupción de experiencias. Las fiamos a la narrativa gloriosa de la literatura o del cine, pero la calle posee su hatillo de historias. Las ausente ahora, tan reclamadas, tan añoradas. De hecho, la literatura (el cine, una extensión suya) se aprovisiona de ellas cuando ofrece su rendición de prodigios. Nuestro oficio es el viaje. La vida es el más precioso de todos ellos. Salimos, recorremos un trayecto, alcanzamos otro, nos paramos, volvemos atrás, entramos. Leer es un atajo. Uno lee por pasear sin moverse de una butaca o de una mesa en una terraza en Córdoba (en el bulevar, da el sol a media mañana, excelentes churros) tomando un café, fumando, leyendo la prensa del día. Se lee en ocasiones sin que haya lectura de por medio. La realidad es un libro y estamos leyendo continuamente. El hecho de que yo ahora registre este milagro es accesorio. No siempre vence la voluntad de compartir el trayecto. Comparece la vida a su antojadizo capricho, va a lo suyo siempre, no se atiene a un patrón, ni considera que opinar sobre cómo manejarla afecte a su discurso hermoso y terrible, según concurra la felicidad o su preciso anverso. Hoy tengo esa melancolía dulce de quien mima la nostalgia y la acuna como un tesoro. Es nuestro. No lo pierdan nunca.

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