4.4.20

El futuro

Leo hoy que la literatura de urgencia tiene mala prensa, pero a veces sucede lo contrario: es la prensa la que tiene mala literatura. Tener mala prensa es una frase hecha que se trae con frecuencia, viene a explicar la mala reputación de quien se habla o del asunto del que se trate. En estos tiempos de zozobra, la urgencia va por zonas. Hay velocidad y hay lentitud. Se da por buena una y la otra. Si algo sale en claro de este marasmo es que casi cualquier opción vale con tal de que no se descomponga uno más de la cuenta y salga indemne del confinamiento o, caso más grave, de la verdadera causa de todos estos males, el virus de marras. Urge arreglar el roto, zurcir las piezas averiadas, colocar las que las reemplacen, más de una habrá que convenir en que necesitan repuesto. No sé si una civilización entera se puede despeñar (más de lo que estaba) con la que nos está cayendo, pero lo que vendrá después tiene que ser muy afinado y consensuarse con la mayor de la responsabilidad, porque hay mucho daño afuera, también dentro. Uno está en casa aparentemente a salvo, pero recibirá la bofetada de la realidad en cuanto abran las puertas y salgamos. Eso de salir será otra prueba, una tan dura como la de recluirnos. Siendo como somos, a nadie se le escapa eso, tendremos que extremar el cuidado, convencernos de que la urgencia tal vez sea desaconsejable y se precise una especie de moratoria en las costumbres, no hacer que irrumpan bruscamente y salgan caras. De todo eso no se sabe nada, cómo va uno a saber si ni siquiera tiene idea de sí mismo, de qué herramientas usar para que todo continúe como antes. Dicen (gente que sabe, la que no también opina, yo no sé y lo hago) que seremos otros cuando se levanten las vedas. Que hasta el planeta será otro. No se cuestiona otra reflexión que siempre va de fondo: el infractor volverá a infringir, el corrupto volverá a corromperse, el malvado volverá a hacer el mal. De que eso no ocurre no hay certezas, nadie que esté al tanto de cómo funcionan las cosas pondrá objeción al hecho de que somos de costumbres y que, privados como estamos de ellas, las anhelamos con fiereza, dependemos de ellas y la abstinencia es mala. Tener más tiempo que antes para pensar hace que se obceque uno en un pensamiento único. Fluctúa entre la esperanza y el desaliento. Lo ocupa todo el Covid-19. No solo él. Más que su ominosa presencia es la extensión de su callada campaña de exterminio. Ha sido fácil recluirnos, pero no va a ser fácil sacarnos. Ahí comprobaremos si hemos aprendido algo, si al menos esta devastación trae algo bueno. Habrá urgencia por recuperar el tiempo perdido, todos caeremos de una u otra manera en ese error. No me retiro de los débiles, seré uno de ellos, caeré (como tantos) en las exigencias de la velocidad. Justo ahora que nos habíamos ralentizado y conseguido aminorar el estrés acumulado.

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