15.1.12

La piel que habito: La ley del deseo





Almodóvar carece de pudor. Hitchcock tampoco era amigo de la contención. Cronemberg ignora la mesura y se arriesga continuamente, exponiéndose, librando consigo mismo la batalla que no le importa perder con el público. Es en el riesgo, en la incensate necesidad de asombrarse, en donde Almodóvar encuentra el entusiasmo del trabajo. No habiendo dejado nunca de hablar de los mismos temas, el director manchego logra que cada nueva visión de sus obsesiones (el travestismo, la identidad, la problemática del cuerpo, la vigencia del melodrama como combustible narrativo) sea una visión inédita y parezca, a pesar de los clichés y de la maledicencia popular, de las ganas que se le tienen a veces por ser un provocador o por crear la antojadiza impresión de que lo es, la visión exclusiva, el primer hallazgo, como si fuese la revelación de una trama que se nos ofrece rica, completa y vírgen. Por eso, al margen de la circunstancia de Almodóvar como personaje, como valedor incansable de su obra y maestro en la conducción de su propaganda, las películas que hace requieren un respeto absoluto. En eso se empareja a Woody Ällen, que no maneja los mismos estilemas ni posee el carisma mediático de Almodóvar, pero transpira decencia en lo que hace y convierte su filmografía en un paisaje de la cultura de los pueblos verdaderamente cultos. 
La piel que habito no es una obra menor en la carrera de Almodóvar, pero tampoco es una pieza maestra al modo en que lo es Volver, Todo sobre mi madre o Hable con ella, por nombrar algunas de las más recientes. Lo que posee ésta y carecen otras de sus películas es la perturbadora mezcla de géneros. En el agitado la trama no sale ilesa del todo, pero gana la belleza del film, su abrumadora capacidad de secuestrar nuestra atención y no soltarla hasta que se escucha la última línea de texto. No siendo una cinta de terror, se atisba la influencia de la Hammer y la romántica (y en cierto modo pulp) recreación del mad doctor, del médico sonado que se arroga la facultad de ser dios y actúa como si lo fuese sobre las criaturas que le rodean y sobre la criatura concreta que moldea y ofrece a la realidad como acto casi amoroso de su demencia. El cirujano plástico que interpreta colosalmente Antonio Banderas (un goya ya, por favor) es un personaje trillado al que Almodóvar deconstruye y convierte en un vengativo padre cuya hija (violada y muere) le exige el tributo de la locura para que su recuerdo no se extinga del todo. Poe no hubiese pasado un mal rato en la butaca, observando los trazos limpios y también los gruesos (sobra algo de humor burdo tan al gusto del director) de una trama de índole fantástica pero muy humanamente amarrada a lo mundano, al territorio del drama y a la expiación que cada uno se impone para liberarse de la bochornosa culpa. En eso, en la progresiva manifestación de la venganza, Almodóvar mira a Cronemberg. Los dos disfrutan de la travesía del dolor. De cómo los sentimientos crean personajes mutantes, híbridos entre animales y personas o entre criaturas masculinas (Vicente) y femeninas (Vera).
La piel que habito es también un tributo al Frankestein de Shelley. Uno más, pero sobre todo uno que se aparta de la línea clásica y prefiere embutirse un traje más melodramático, donde importa más el bagaje de emociones de los personajes que cualquier otra consideración sobrenatural. Almodóvar zanja la vertiente metafisica de la trama: no le interesa ocupar al espectador en derivaciones teológicas. Lo que hace el cirujano no es solo una usurpación del papel que se le asigna a Dios sino una usurpación del papel del escritor, del novelista que arma una trama, urde un progresión de los personajes e involucra al lector en una trampa maravillosa, en una mentira fantástica. El doctor Ledgard (repito, un magnífico Banderas) mira a su crisálida, a su extraña cautiva, a través de una enorme pantalla de plasma que hace las veces de espejo en una de las paredes que dan a su celda. La mira como si de esa mirada pudiese extraer consecuencias que conduzcan el argumento a un otro a otro sitio. La propia presa, en un alarde metalingüístico, en una soberbia metáfora de lo que es la literatura, le pregunta a su creador hasta cuándo va a durar la obra. Si la va a libertar o por el contrario va a hacer que la trama no cese o que solo acabe cuando sean los personajes los que desaparezcan. En cierto modo es el autor el que se siente abrumado por el peso de la historia. No sabe si llevar la venganza hasta el delirio o renunciar a ella y forzar un giro en los acontecimieentos, ofreciendo a Vera, su obra maestra, la posibilidad de salir sola al mundo. La propia Vera (una centrada Elena Anaya, cada vez más desnuda por dentro y por fuera) escribe también su propia novela. La suya es una de venganzas larvadas, de costuras que se van cerrando y de heridas que la piel cicatriza pero que avanzan dentro como un cáncer. 
En lo demás, en lo más acendradamente almodovariano, La piel que habito es un retorcido ejercicio de autocomplacencia. Como casi todo lo que hace este hombre. Almodóvar se está gustando cada vez más. Aprecia su voluntad inextinguible de cineasta y vuelca en sus films el majestuoso amor que tiene por el cine. Histriónico y vodevilesco, envenenado y luminoso, el cine de Almodóvar crece parejamente al crecimiento madurativo de la persona detrás de la cámara. Va dejando el humor zafio, universalmente comprendido, y se va acercando cada vez más a la figura egregia de su admirado Douglas Sirk. Le traiciona la cabellera imposible de Marilia (Marisa Paredes), que parece un rebrote especular de otros films de Almodóvar, extrañamente injertado en éste. Le traiciona el travestido hijo de ésta, Zeca, interpretado obscenamente por Roberto Álamo, que va por la casona felizmente embutido en su disfraz de tigre semental y loco, y que parece gritar también que se ha escapado de otras películas y se ha colado en ésta. Incluso el anómalo Agustín Almodóvar, que coescribe la trama y se asigna un papel rocambolesco, surrealista, imposible de calzar en la horma del film, pero que entra y destapa la humorada, el exabrupto, el burdo chiste de antaño en una escena que no pasa de los veinte segundos. Es por esto por lo que Almodóvar está en plena posesión de su arte y por lo que ha decidido (es un decir, su ego es enorme) renunciar al decir del pueblo, al barrunto de los críticos, al runrún de los premios y de las alfombras. Y va a dar igual que todo sea verosímil y que no entendamos del todo lo que mueve a los personajes hacia la tragedia que los clausura. Importa la belleza del horror, la secreta adicción a que nos asombren. A mí me asombra Almodóvar a cada plano. No importa que sus películas no sean redondas ni dejen un sabor de boca perfecto. No lo dejan. Ésta tampoco. Lo que perdura es el hechizo durante las dos horas que dura el film. A todo esto contribuye Alberto Iglesias con una banda sonora descomunal. La película, entera, no es nada sin ese aliño sonoro. Nada, un disparate.

4 comentarios:

Alicia Álvarez dijo...

Me aburrió mucho,Emilio, siento diferir. Prefiero el almodóvar más de la calle, un poco chismoso y lleno de picardía y de dobles sentidos. La comedia más que el drama, pero sé que es una buena película para los que disfruten, yo no, conste, el cine drmático, fantástico como dices tú. Fantástica tu reseña, a pesar de que no me cale.

Anónimo dijo...

Escribes bien pero no tienes ni idea de cine.

Francisco Machuca dijo...

Posiblemente una de las mejores reseñas que he leído sobre esta película,amigo.Bien escrita y bien reflexionada.

Por cierto,es increíble,tienes aquí un comentario escrito por Almodóvar.

Un fuerte abrazo,amigo.

Ana dijo...

Hola: 2 veces he estado a punto de ver la película pero no me acababa de decidir. Después de leer tu comentario , he decidido verla , a pesar que las pelis de miedo -intriga etc... me dan yuyu. Saludos