27.6.08

Love and rockets: Ground control to Major Tom

El Espejo nunca quiso ser una ventana a la realidad. Ni tan siquiera un agujero. Sólo le incumben cuatro o cinco pequeños vicios de escritor doméstico, pero uno no vive ajeno a los cañonazos de los titulares de prensa y se levanta ya mosqueado cuando ve a Ibarreche (voy a escribirlo así) reflotando la idea de la nación vasca a costa de hacer peligrar la integridad moral (política) de su discurso, caso de que haya algún discurso debajo de ese prontuario eficaz (verbalmente eficaz, tan sólo) de alocuciones mediáticas que aspiran (a lo sumo) a inflamar voluntades alicaídas y a terminar de reforzar las ya inspiradas, aquéllas de filiación nacionalista clara. Digo que se levanta uno alegre, en el fondo, por los goles de España a Rusia. Alguien habló ayer en una tertulia radiofónica del oro de Moscú y hasta se esforzaron en explicarlo para que las generaciones entrantes se abastezcan de la épica de sus mayores y no incurran en sus mismos pecados. O incurran deliberadamente y la Historia nunca abandone el bucle sentimental de sus batallitas. A lo que iba: que España volvió a enardecer a España. Eso sí que es un bucle. Que se entregó al desparpajo y retiró de los tópicos la antigua furia roja, ésa que ha llenado titulares durante varias décadas y que tan escasos réditos balompédicos ha dado. Ya iba siendo hora, dijo mi amigo K., al que le motivan las manifestaciones ciudadanas espontáneas más que el fútbol en sí mismo, que le dice bien poco.
Qué más decir que no haya sido dicho ya antes, como decían Les Luthiers: que El astronauta zurdo, mi pequeño vástago literario o pseudoliterario tomó vuelo el miércoles pasado tras ser bautizado (rioja, cerveza, tapitas varias, todos los amigos, recitado de cuentos, abrazos, besos: lo normal en estos casos). Ahora me pertenece menos que cuando estaba en el disco duro de mi portátil. Debe ser así. En todo caso, no nos pertenece lo que escribimos sino lo que leemos. Eso de regresar siempre a Borges cuando uno tiene que soltar una frase grandilocuente se está convirtiendo en una rutina y eso es malo, pero no va por ahí el asunto de esta entrada. Era el fútbol o el señor Ibarreche y luego se coló el astronauta y la canción de Bowie sonando en mi cabeza desde anoche. Ahí anda el día, enmarañado por esas dos evidencias de que el mundo sigue girando.

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