31.3.08

Despierto


Fast food para estos tiempos de liviandad, consumismo y palomitas con Coca-Cola light, pero este es el rumbo por el que deben transitir las propuestas de cine comercial. No hay nada relevante en Despierto, pero tampoco nada que alarme, ninguna fractura con el sentido común de las cosas.
Carente de otros méritos, subsiste la idea - más primaria y conciliadora que otra cosa - de que la cosa podría haber ido muchísimo más lejos. No creo que haya sido una falta de ambición: hay actores conocidos y el guión, abonado a las intrigas hospitalarias, no chirría en exceso y hasta contiene alguna más que puntual invitación al desconcierto o asombro. Convencional hasta el pasmo, Despierto apenas despierta más allá de la sobada evidencia de que hay gato encerrado entre el bisturí y el anestesista o entre la madre protectora y la novia cuca que se arrima más de la cuenta. No hay más: es ésta la única madera que permite que arda la emoción. Incluso las razones del estropicio médico, del vil asesinato que ocupa la parte central de la historia, no acaban de ser explicadas como deben y se queda uno pasablemente convencido, pero harto de que los guionistas del planeta Hollywood no se estrujen un poco más la cabeza, y la inteligencia del espectador no esté nunca seriamente amenazada y vive en letargo, hibernada, convertida en fría muestra escaparatista. A ver si un día se nos va a congelar el talento y la sensibilidad y nos va a acabar gustando Michael Bay.
En lo demás, asepsia, triunfo de lo verosímil, pero inevitablemente lastrado por una historia fría como la mesa del quirófano, previsible incluso en los momentos en que la trama se retuerce más de la cuenta.
El repunte gore de las costuras pectorales y los paisajes a pecho descubierto no favorecen la limpia (aunque sosa) progresión de la historia, que cae al final en un atropellado finiquito en donde todos los malvados son apresados y la verdad esplende entre batas blancas, corazones redimidos y conversaciones esotéricas en el limbo de lo inexplicable.
A su favor, la meritoria puesta en escena, nada estridente, convincente en su muy bien hilvanada trama. Poco más, creo. El thriller disfrazado de drama clínico o el drama clínico embadurnado de romanticismo de posturitas no alcanza vuelo: se desastra todo muy deprisa cuando Hayden Christenssen toma el mando de la parte dramatúrgica. Ahí se advierte nítidamente que el casting - salvo Lena Olin o el ubicuo Terrence Howard - no entendió la historia o no pudo entenderla.
Pobrecito el niño rico que ve cómo todos le engañan, dijo mi amigo K. Y es que no se puede tener todo en esta vida. La novia perfecta te sale bruja lagartona, que decía mi abuela. Cuánta canalla anda suelto.

30.3.08

Un puente en la China


Todo es parte del negocio. El dinero es es nexo de unión entre un campesino de la China profunda y un empresario de Manchester. El púlpito ha dejado paso al pálpito y ahora lo que conmociona nuestra sensibilidad no es la palabra del profeta. Ni tan siquiera las metáforas del poeta. Pienso más: hemos llegado al punto de no retorno en el que la certidumbre de la espiritualidad (religiosa o no) ha cedido a la certeza de las finanzas. El puente que ilustra la reflexión está recién inaugurado. Está en China, que es el país de moda. Lo va a ser en grado máximo. Se lo han propuesto y las Olimpiadas de Pekín pasarán por el cadáver de las revueltas tibetenas y sobre el recuerdo de las revueltas universitario de 1.989 en Tianamenn. Sarkozy ha dejado entrever (tímidamente) que Francia igual se lo piense, pero hay mucho en juego. EEUU no fue a las Olimpiadas de Moscú de 1.980 por la invasión de la Unión Soviética a Afganistán, pero ahora hay motivos sustancialemente más sutiles. El mundo va hacia un Estado del Bienestar tan hipócritamente asumido que no es posible que un país díscolo, poco avenible a la dictadura de las modas burguesas occidentales, en el fondo, como China, pueda organizar el Evento Absoluto, la línea de la flotación de la sociedad globalizada que McLuhan vaticinó antes de que Google y la Wikipedia reformularan el concepto de información y de transmisión de contenidos. El contenido no son las Olimpiadas sino el anfitrión. Y la historia de las disidencia acabará con un apretón de manos en la MTV. No hay consenso en las democracias de Occidente para montar el boicot a Pekin: se entiende que el monstruo asiático debe estar apaciaguado y que contrariarlo podría tener consecuencias nefastas. No albergo, en mi ignorancia geopolítica, duda alguna. China es el futuro. Lo veo en mi pueblo. Montan locales a destajo, aprenden el idioma con asombrosa facilidad y se pasean por las calles con desparpajo localista. Nunca se sienten en el extranjero. Jamás se dejan amilanar por la contrariedad. Se adaptan al medio con impecable estilo. Las Olimpiadas de este verano son el escaparate. Si sale bien, ganamos todos. Lo que hay que pensar es si es posible exigir más al organizador y rogarle (mandan diplomacia y protocolo) que condene la represión ejercida en el Tibet o, como la Santa Iglesia Católica, entona el mea culpa y acepte los pecados del pasado. Todos tenemos muchos. La Historia se escribe a veces con letra infame, pero progresa siempre y se retuerce hasta que lame sus heridas y avanza.

Shine a light, please



Si no fuese por Keith Richards ya no habría Rolling Stones. Él es quien fija el rumbo de la banda y evita que el mago de las finanzas, el cerebro de Jagger, atraque en puertos demasiados frívolos. De todas formas siguen siendo una maquinaria absolutamente impecable de hacer dinero. Si no fuese por ese vicio de poner ceros a las cartillas de ahorros, Scorsese hubiese tenido que rodar el espíritu de algún bluesman adusto y críptico, abducido en un cruce de carreteras en Lousiana o en Illinois. De hecho, The Rolling Stones merodean el blues, lo cuelan de rondón en sus canciones poperas y no tienen objeción en agradecer la bendita influencia de ese género. Scorsese, que es un zorro viejo y es también un fan puro, se ha acercado a la banda con humildad y ha escrito otra página para aumentar la leyenda. Lo que les pasó a los Beatles fue que hiceron primar la amistad y el buen rollito entre hippies burgueses en lugar de pensar exclusivamente en los números, en las cuentas, en la forja de un imperio. A esta altura del metraje, Jagger, Richards y compañía están ya por encima del bien y del mal e importa muy escasamente que no vuelvan a hacer una puñetera canción que emocione. A bigger band es un album excepcional, pero ahora sería incapaz de recordar una sola canción, el título de un tema. En cambio, estoy dispuesto a jugar a un hipotético, frívolo y siempre lúdica trivial acerca de los álbumes anteriores a Emotional rescue, aquel experimento (uno más) que les puso en el Billboard de nuevo y ganó nuevos adeptos (adictos más bien ) a su formidable causa.
Ya no sé si soy de Beatles o de Rollings. Esa pregunta tenía respuesta hace unos años. Ahora me quedo en el limbo perfecto de la incertidumbre. Me quedo con los dos y estoy dispuesto a argumentar sin muestras de cansancio las razones de mi abstención. Alrededor de sus discos soy lo que soy. Es posible que Beggar's banquet, Let it be, Exile on Main Street o Rubber soul hayan contribuído más a mi formación emocional que el catecismo de la escuela y su retahíla ridícula de solemnidades incongruentes. Es posible (insisto en la misma cuerda probatoria) que Lennon o McCartney o ambos me hayan regalado más momentos de felicidad absoluta que los amigos íntimos que vieron cómo crecí y me agasajaron con su amistad a lo largo de muchos años. Ellos seguro que lo entienden porque todos venimos a pensar más o menos lo mismo.
Tal vez Martin Scorsese no hubiese grabado Shine a light bajo la bandera Beatle. Una preguntas que me hecho muchísimas veces es qué hubiese sido de The Beatles desde 1.970 hasta ahora. Viendo las carreras individuales de los fab four la pregunta se me antoja todavía más intrigante. De hecho ninguna carrera de los miembros de los Rolling ha alcanzado, ni por asomo, la relevancia de Paul o de John o incluso de George (Imposible no abrir un aparte: el último disco de Ringo Starr, Liverpool 8, es buenísimo).
No he visto Shine a light. Esperaremos a que salga en DVD. A mi pueblo (Lucena, Córdoba) no llegan películas testimoniales. Mi pueblo, en materia cinematográfica, es un escaparate de productos de éxito garantizado. Disney, The Rock, Goyas, Oscars, gamberradas al estilo Supersalidos, poco más. En Córdoba, cine Góngora, a mediados de los ochenta, pude ver en cine Rattle and Hum, la película de Joanou sobre el disco y el tour de U2. Me acompañó una amiga a la que le fascinó el repetorio de canciones, pero nunca aceptó que un concierto filmado pudiera enervarle una sola fibra de su sensibilidad. Recuerdo que le grabé el disco doble (glorioso vinilo) en una cinta de 90 minutos (TDK, Sony, Basf) y estuvimos meses oyéndola en el coche, en las reuniones de estudio. Jamás me refirió el alucinante espectáculo de la película. Yo nunca he vuelto a ella. Quizá ahora, después de este ejercicio de nostalgia, regrese. No será difícil dar con ella. Mientras, espero que la industria dé luz verde a Shine a light y Scorsese ilumine mi felicidad de nuevo. Lo espero con impaciencia.

29.3.08

Mendoza y Savater, con la excusa del humor en la literatura, se enredan con las religiones


A cuentas de la fe y de la salvación de las almas se han cometido siempre tropelías y salvajadas, pero tenían la muy culta virtud de estar amparadas por la corrección moral y la etiqueta de la bondad infinita de Dios y de la concesión del paraíso de la vida eterna. Tropelías y salvajadas acometidas también en nombre de la falta de la fe, por otra parte. Cuenta Eduardo Mendoza en una entrevista dialogada, que tiene a Fernando Savater como cómplice, en el suplemento Babelia de El País de hoy, que llevó a su hijo a Jerusalén. Viendo el Santo Sepulcro, el escritor le espetó: " Esto tienes que verlo. Vaya que un día caigas en la tentación de creer en algo".
Ignoro completamente si el descreído vive más feliz o le afectan más o menos las desgracias del género humano o si la suya propia es causa de su descreimiento o si la esperanza de la resurrección del espíritu preserva al alma del desconcierto y de la orfandad y la conduce a algún paraíso absoluto de alegría perpetua y goce eterno. Como en esto de la salvación o de la condena de las almas no hay prontuario fiable que marque unas pautas y establezca, con criterio científico, un decálogo milagroso al que asirnos, cuando la miseria del mundo nos azote, es mejor dejar correr las dudas metafísicas y agarrarnos con cuanta más fuerza mejor a los placeres mundanos, a la terrena y ahora sí fiable maquinaria de la felicidad que nos proporciona júbilo, ternura, amor fraterno, amor filial, amor conyugal y hasta amor por el blues o por el jazz o por el jamón de pata negra. Es muy fácil desbarrar, mezclar dogmas con new age, consentir que la vida del espíritu puede ser abastecida únicamente con estos goces momentáneos, mecánicos y, hasta cierto punto, efímeros. Es cierto: me estoy convirtiendo en un consumista consumado, en uno de esos tipos que negocian su equilibrio emocional sin tener que acudir a ningún protectorado catecumenal. Con el tiempo es ése el limbo mental en el que este cronista de sus vicios se siente más a gusto. Hasta es posible que un buen libro o buena conversación con un amigo me llene más que todas las promesas de vida eterna que aletean entre altares y regias columnatas de fuste y pompa por todas las iglesias del mundo. Ahí están, sin embargo, altivas y desafiantes, exhibiendo sin pudor la devastadora venganza del tiempo, que las ha dañado, arañado, confundido y hasta dinamitado sin que su incontestable capacidad de fascinación se rebaje una coma.
No es que la religión esté ahora en entredicho: lo ha estado siempre y es ése su principal activo a la hora de seguir vigente. O ése o su particular creación mágica: el pecado. El pecador (cuentan Mendoza y Savater con mucha sorna) vive en un Corte Inglés formidable: "tienes 15 días para devolver el producto". La fe cristiana contiene en sus máximas la posibilidad de que el que incurra en el pecado siempre tendrá abiertas las puertas del perdón. Tal vez suceda que la religión esté, en efecto, "domesticada por el mundo civil", y el Islam, al no estarlo, parezca más beligerante y cree con mayor facilidad terreno para la polémica y para el conflicto puro. Dos mil años de contiendas da para que la maquinaria de la persuasión esté engrasada a conciencia. Descreer es un lujo que quizá no convenga. Se nos perdonará.
Fotografía de Gorka Lejarcegi

24.3.08

... And my heart beats so that I could hardly speak...





El disco de hoy: Van Morrison: Keep it simple




Con los discos de Van Morrison viene a suceder algo parecido a lo que sucede con las películas de Woody Allen: que se enjuician con manga más ancha y se evita el rigor excesivo, todo análisis severo que rebaje la fascinación por el artista. El problema de ambos es que son unos estajanovistas, obreros concienzudos que trabajan a destajo, sin dosificar jamás el talento. Contra pronóstico, ese exceso no lastra su ingenio y jamás entregan un producto manifiestamente malo. It's too late to stop now (Es demasiado tarde para parar ahora), decía el León de Belfast en 1.974. Treinta años y cuatro años más tarde, la frase continúa siendo válida. Aquí hay otro capítulo. No es el peor. Tampoco es una obra maestra, pero se escucha con pasión hasta que acaba. Y de camino, a puro beneficio de inventario, escribe nuevos clásicos, temas trascendentes, de ésos que ocupan conversaciones y uno tararea distraídamente mientras pasea (como hoy he hecho) las calles (Keep it simple, Song of home)

Juno: El verbo se hizo carne


Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde: el negocio del amor impone su peaje y los adolescentes, los novatos en las artes de Venus, se entregan con angustia a la evidencia de ser padres. Lo que podría ser contado como un afilado drama a lo Ken Loach o un folletinesco o cursi fascículo de la decadencia de la vida burguesa y de la familia como nudo fundamental de la sociedad, en Juno es optimismo y es entusiasmo, si bien Jason Reitman adelgaza toda posibilidad de vestir de frivolidad su historia y deja caer en la misma línea de flotación del film contundentes andanadas de realidad, de miseria esparcida en bonitas cajas con lazo. El lienzo vital de la caústica Juno no es de esta tierra, ni siquiera podemos fijarlo como norma dentro de la sociedad en la que vivimos: su lengua viperina, su madurez, taladran la corrección política vigente, aunque todo se considere licencia del guionista y accedemos (gustosos) a encomendarnos a la fascinación de una historia muy bien contada y unos actores (todos) en sintonía con sus roles.
Los mismos títulos de créditos, vivaces, de un lirismo naïf y chispeante, informan sobre el tono de la cinta: Juno es una chica de 16 años ( una soberbia, una vez más tras Hard candy, Ellen Page) a la que el azar preña. Porque a Juno no la preña su bobalicón novio o amigo cercano sino el fatum, la fatalidad o la concatenación de algunas estrellas y tal vez la melodía de una canción de Belle and Sebastian.
Ignoro si Juno merece los galardones que posee: si el guión de Diablo Cody da para un Oscar, pero los designios y los vericuetos emocionales y políticos de la sacrosanta Institución de la Academia de las Artes cinematográficas yankee no pueden ser mesurados bajo nuestra goyesca visión de las cosas. De hecho, parte de lo aquí narrado se escora salvajemente de lo considerado normal y prudente en nuestro país: la posibilidad de dar en adopción al bebé al descubrir Juno su embarazo.
Para hablar sobre temas trascendentes se puede acudir a un vocabulario mínimo y manejar dispositivos cinematográficos de más apabullante factura, pero a veces se puede explicar lo complejo con palabras sencillas, como decía Juan de Mairena, y eso precisamente es lo que hace con desparpajo y frescura infinita Jason Reitman: explicar los balbuceos sentimentales de la adolescencia, falsamente representados por esta Juno lenguaraz y culta, experimentada en el trato social y consciente, a pesar de su soledad y de su incertidumbre vital, de la importancia de tomar las decisiones correctas en el momento en que la vida te fuerza a tomarlas. En eso Juno va sobrado de iniciativas joviales: toda la película es amena, sencillamente coloreada de vida, aunque la historia, muy al final, se finiquite con un arranque previsible al conflicto verdadero y, aunque sea el amor el que triunfa, se avisten los emisarios del miedo y de la rutina, todo ese aparatoso equipaje con el que afrontamos esta aventura difícil y, como decía Gil de Biedma, seria, muy seria.

23.3.08

Cassandra´s dream: Ambición light



Las tragedias de Shakespeare y los dilemas morales de Dostoievski suelen sostener el edificio narrativo de todo el cine noir y Woody Allen somete a sus personajes a una sesión intensa de ética post-crimen, de parlamentos al borde del abismo, pero la jugada no le sale redonda o, al menos, no tan redonda como Match Point o Delitos y faltas, las otras dos obras de consistencia criminal que dio la alternativa dramática o melodramática al Allen juguetón de estilo psiconalista y charlas infinitas alrededor de una buena copa de vino en un bar de Manhattan. Este Woody Allen europeo no ha encontrado en Cassandra's dream el equilibrio necesario para combinar los elementos que le son genuinamente cómplices: la codicia, la culpa, el tormento, los remordimientos, el fatalismo y hasta es posible que una brizna de melodrama depresivo. Todo esto se escapa del control del maestro y firma una obra irregular, bien armada, convincentemente construída, pero lastrada por un exceso de equipaje formal y un abandono manifiesto de la escritura cinematográfica. El guión, el bendito guión, la madre absoluta de todo buen cine, es penoso y cae en exceso en huecos artificios, en miradas repetidas de cosas que ya sabíamos antes. Porque el cine de Woody Allen es adictivo y no es posible empapar nuestra inteligencia (o como quiera que se llame) de su incontestable genio.
Han sido tantas las veces que nos ha procurado felicidad (en términos insobornables) que ahora hasta parece que no nos moleste que el anciano del clarinete haya caído en una mala racha (como el personaje de Colin Farrell en la propia película) y las cartas que le entregó el azar no estén en ningún momento a la altura de otras partidas. La humana historia de ambición se salda con un abandono inaceptable de los personajes a los que hemos entragado nuestra congoja y nuestra simpatía. Gente sencilla, de procederes normales, que se ven zarandeados por el fatum, el jodido fatum, y acaban (no es cosa de destripar el final, soso y enclenque, por otra parte) pagando las culpas de los crímenes. La conciencia del asesino opera en esta ocasión en la misma línea de flotación de toda la trama y es este sentido primario y ancestral de la culpa (y su expiación pura) la que dibuja el avance (excesivamente previsible) de la historia.
Las muy coloristas notas de un Londres nuevamente perfecto (Woody Allen se ha convertido en un maestro a la hora de escudriñar el alma de una ciudad y convertirla en fotogramas) tal vez no colaboran a que consideremos Cassandra's dream como una muestra de auténtico cine negro, pero lo es, y esto lo confirma hasta el (ahora sí) pletórico de luz salvaje barco que se aleja de la civilización (Patricia Highsmith en la memoria y hasta El cuchillo en el agua del otrora también maestro Roman Polanski) y fundamenta la metáfora nihilista del film, su costra fatalista, asumida por un director que posee (cada día más) libertad para escribir fobias y filias a su antojo, cosa que siempre ha hecho, pero que ahora advertimos (inevitablemente) comida por ciertas prisas. Tal vez no deba producir tanta película y dejarse llevar por tiempos más pausados, pero quién soy yo, humilde cronista de sus vicios, para marcar la agenda de uno de mis directores (y artistas) favoritos desde que me enamoré de una pantalla blanca en una sala negra.
La crisis creativa se solventa con alguna pequeña obra maestra en el bolsillo. Ésta queda a beneficio de inventario de fan: como si sus errores o, más delicadamente, sus despropopósitos carecieran por completo de importancia y atisbásemos, entre unos y otros, retazos de maestría, finas hebras de lo que antes podíamos nombrar (sin rubor) como el más inteligente alimento espiritual de cualquier cinéfilo. Y admito discrepancias, pero siempre he sido un vasallo fiel y ahora no puedo tirar toda mi obediencia por la ventana, aunque viendo ese final apresurado y la falta de consistencia dramática de algunos personajes (ese tío Howard de California que en ningún momento hace creíble su más que fundamental rol en la trama). Ya vendrán mejores tiempos. Yo estaré en la butaca, expectante, goloso y con la dosis exacta de entusiasmo.
No debo dejar pasar la metáfora fastuosa del título: la barca que los hermanos Blaine, trepas de cuidado, al cabo, largan al mar es la Casandra mitológica y no únicamente porque así decidan bautizarla sino porque representa lo que la figura griega en la Historia clásica: la adivinación que no se sabe apreciar. Casandra advirtió, sin éxito, a sus conciudadanos de la presencia del caballo hostil y, al final, Troya fue víctima de esa falta: algo ya barruntado en las primeras escenas, cuando los hermanos dirimen si el precio de la barca es excesivo y si vale la pena el esfuerzo del desembolso.



22.3.08

¿Morir dignamente?

Cristo murió sin cuidados paliativos: lo ha dicho el arzobispo de Pamplona, pero lo ha dicho sin pudor. Ni siquiera se ha ruborizado por la afrenta a la cultura. A la suya. A la ajena. Caso de que a Cristo le hubiesen aliviado el dolor, el daño físico, tal vez el arzobispo de Pamplona no sería arzobispo de Pamplona sino gerente de una empresa de neumáticos o periodista bursátil en un diario de provincias: cualquier cosa menos arzobispo. En la hipótesis de que María Magdalena le hubiese dado a Jesús algo diferente a la esponja con agua y vinagre (un paliativo menor) no tendríamos Iglesia. Ni Conferencia Episcopal. Ni tan siquiera tendríamos Semana Santa, saetas, señoras engalanadas con mantillas de muchos euros y sencillos feligreses que caminan tras el paso con humildad y convicción de que su acto va a ser considerado en el cielo y le van a abrir con más rito y ceremonia las puertas del secreto paraíso. Nada de eso estaría pasando si a Cristo algún voluntarioso samaritano (vuelvo a la terminología bíblica, muy convincente para lo aquí expuesto) le hubiese administrado el cuidado paliativo que el arzobispo de Pamplona pregona. La Iglesia, la Sacrosanta Iglesia Romana, se edifica alrededor del sacrificio de su Hijo Predilecto. Toda la vasta moral cristiana bascula alrededor del concepto de dolor y de sacrificio, de pecado y de redención. La fe cristiana es ajena al confort . Quien es feliz y vive ufano no precisa del chantaje ético del pecado y transita la vida sin las cadenas interesadas que tiende la doctrina católica.
La oposición de la Iglesia a la eutanasia es un acto coherente bajo su ideario. Es una aberración fuera de él. "Jesucristo miró a la muerte cara a cara, con confianza, la aceptó con amor y la vivió descansando en los brazos del Padre Celestial". "¿Alguien puede decir que la de Jesús no fue una muerte digna?", ha dicho Fernando Sebastián Aguilar, el personaje de la noticia. La culpa de este arrebato de fe y de turbación mística la tiene Chantal Sébire, la maestra francesa que apareció muerta tras solicitar la eutanasia y comprobar que la administración francesa se la negaba. Y eso que Francia es laica. En sus escuelas. En las calles. Si la maestra hubiese nacido en Cuenca, el caso no habría diferido. En esto de tomar decisiones heróicas, contrarias a la moral milenaria de la Iglesia, pocos países se aventuran a tener un criterio lógico. Fuera de la lógica está el criterio acartonado de quienes consideran que la vida es un don que otorga Dios y que únicamente Él está facultado para censurarla o para alumbrarla. El problema de fondo reside en la falta de perspectiva de una institución que camina en paralelo a la vida, pero no dentro de ella.
No hay dignidad en morir con dolor. No tienen dignidad los presos que en Alabama o en Wyoming son electrocutados. Tampoco la hay en las calles de Bagdad cuando un desgraciado se desangra y la sociedad del Bienestar, la del amor infinito, le priva de una asistencia noble y efectiva.
Ninguna muerte es digna: tampoco la que se se arrebuja alrededor de la salvación eterna y de la burguesa Derecha del Padre, pero no son éstos tiempos de fricción ni de fractura entre quienes sostienen una visión de la felicidad y los que consagran su vida a privilegiar otra. Al fin y al cabo, cuentan las emociones de cada uno. La vida de la maestra francesa, felizmente aliviada ahora de dolor y - inevitablemente - de vida, no acabó cuando una mano ¿libertina, pecaminosa? le administró el veneno final sino antes, cuando el azar le obsequió con el mal en estado puro, con el cáncer cabrón que la atropelló sin consideración ni excusas. En esto de la enfermedad, todos tenemos (desgraciadamente) opiniones íntimas, gente cercana que se fue por obra y milagro de algún bicho artero con ansia depredadora y una falta de respeto absoluta al sentido común y a la más alta consideración de la bondad humana. Nada de eso hay en todo esto: subsiste la triste y previsible evidencia de que el alma humana está chantajeada y que hay un imperio mediático (no es otra cosa) de por medio, alrededor, dentro, en todas partes.

21.3.08

Un buen año: Una postal ñoña y perfecta


No hay discusión posible: los grandes cineastas (Ridley Scott lo fue) tienen derecho a merodear la mediocridad e incluso a enfangarse como cochinos en ella. Lo que hicieron, todo lo fabuloso que nos regalaron, les excusa de dar ruedas de prensa donde aportar coartadas morales, los fundamentos de su conversión al más estruendoso estrellato, estrellato desalojado de talento pero embadurnado de glamour.
Dudo mucho que los adeptos al Scott de Blade Runner tengan que perdonarle esta salida de tono y tengo la certeza de que el público ajeno a esa joya absoluta del séptimo arte vaya a encontrar en El buen año un bocado exquisito, una muestra de cine comercial hecho con primor y con sobrado oficio. Si acaso Scott no estuviese tras la cámara no estaría tan enfadado. Los argumentos de El buen año son tan ínfimos, se desajustan tantísimo del cine concebido como un instrumento de placer y de conocimiento de la vida, que no puedo estar de otra manera. Su lirismo matematizado, su visión cuadriculada de la Francia que retrata (muchachas lindísimas que recorren en bicicleta carreteras rodeadas de jubilosos viñedos, pueblos sacados de una postal de hotel de cinco estrellas, chateaus calcadas de las exhibidas en todas las agencias de viajes del mundo) me producen sonrojo, hastío en tramos de la película. Su esteticismo impecable no es lo suficientemente convincente y la impresión es la de estar perdiendo soberanamente el tiempo y pedir que el rubor desaparezca más tarde en la calle, cuando un buen bar nos abastezca de la paz espiritual que requiere la ingesta de un asunto tan almibarado, tan simple, aunque el fondo no lo sea tanto y se advierta en su director las intenciones que todos le exigimos, esto es, retorcer un poco las cosas, no darlo todo tan mascadito y permitir (aunque sea por los gloriosos viejos tiempos) que podamos sentirnos felices en la butaca de un cine.
El cinéfilo cultivado disfrutará de la excelente fotografía, y ya está. El cinéfilo en ciernes se sentirá íntimamente dañado por esa luz deluxe, por el cliché vendido sin pudor. El casual espectador de una sala de cine (va al cine como podría entrar en un show de caballos jerezanos o a un partido de volleyplaya) disfrutará muchísimo. Yo mismo me descubrí hipnotizado por algunas imágenes (en la piscina) y dolido en lo más íntimo en otras (el bochornoso partido de tenis). Nada nos redime a nosotros del sopor ni de la meliflua concatenación de episodios de lirismo dudoso que acaban, era de suponer, en la redención del banquero prepotente y déspota y su transformación (no tan creíble como la altura del presupuesto exigía) en un campechano, jovial y vitaminado de sol terrateniente de su viñedo, con esposa rutilante (a la que conoció de pequeño, claro, cuando leía libros de adultos y su tío - un formidable Albert Finney - le mostraba los caminos de la mala leche con una copa de vino en la mano) y su bodega infinita.
Conste en este acta espontánea del fracaso de un genio que hace tiempo que Ridley Scott no me mueve al entusiasmo. Ni Russell Crowe (tras El dilema o L.A. Confidential o Master and Commander) me dice nada como actor. Aquí es un banquero estúpido, criado en las más estrictas reglas de la competencia, que ningunea a sus empleados y rumia la idea de mandarlo todo al gran carajo cuando una herencia en la campiña francesa le pone al frente de un viñedo. Costumbrista hasta el vómito, Un buen año no aporta nada al género. A ningún género. Se transforma, según avanza, en un previsible ejercicio de ombliguismo cinematográfico que le hace a uno preguntarse si la siguiente apuesta del ex-genio será un biopic sobre Britney Spears o una comedia sobre una niñata comida de pecas y hormonas que se siente súbitamente mística e ingresa en una orden carmelita. La de gángsters tampoco llenó a este cronista de sus vicios en exceso. Claro que comparada a ésta, era una obra de arte.

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...