El frío es un pájaro ciego; la nieve, su danza muerta. Se cree no dar con qué talar el aire cuando todo es bosque y la mano escudriña la sangre por si no prospera en su cauce, pero un heraldo de luz comparece. Así la poesía traza en lo invisible su tangible dibujo de esperanza. Así el pájaro, aun ciego, vaticina la claridad, la festeja con ebria insolencia. Como si viese. Como si su vuelo caedizo no tuviese que venir de ningún lugar ni tener que llegar a otro. Como si pudiese agitar nuevamente las alas y hacer como que baila.
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Un pájaro ciego
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