20.1.25
Dietario 16 / Quererse uno
Historietas de Sócrates y Mochuelo / 19
Es de Borges la historia de un hombre que se arroga el recado de poblar su cabeza con imágenes de castillos, de ríos, de árboles, de tronos, de pájaros, de libros, de nubes y de personas en la pretensión de dibujar el mundo. Antes de que concluya la tarea, que es infinita y no se deja conmover por los instrumentos del hombre, descubre que ese laberinto de líneas y de volúmenes pacientes dibuja la imagen de su cara. Escribo de memoria, cuento con las palabras que reemplazan a las palabras que no sé traer. Tal vez nunca podamos saber quiénes somos ni sea legítimo decir que hemos llegado a ser lo que somos. La propia elección de las formas verbales con las que restituiremos el pensamiento para que lo entienda el que lo escucha y hasta quien lo pronuncia (el participio conclusivo o la elusiva perífrasis) promulgan un transcurso, una especie de camino a cuyo término, en el mejor de los casos, se resolverá la incógnita de su propósito.
Cuando nuestro pragmático Mochuelo decide dar con quien es, al modo del hombre de la historia de Borges, no piensa en castillos, ni en ríos ni en pájaros, no espera nada, no ve su rostro acabado y cabal, tan solo traza un bosquejo de algo de lo que no sabe mucho, razonando finalmente (tampoco este verbo da cuenta de lo que de verdad hace Mochuelo) que ser uno mismo es un anhelo costoso, al menos. No podría asegurarse que, aparte de la laboriosidad de la empresa, se adquiera algún tipo de conocimiento sobre lo indagado en su desempeño, no hay nada fiable con lo que quedarse. Ni siquiera precisa que Sócrates escolte su travesía por la incertidumbre: él se basta, él únicamente entrar en ese mar proceloso en el que no atisba costa a la que confiar el cansancio de sus músculos. No habrá quien haya arribado a la orilla, da igual con qué empeño persevere en el nado, con qué fortuna bracee, qué lúcidez mueva su cuerpo mientras lo abate el agua. Y conforme se desplaza, esto es, conforme se va viviendo (otra perífrasis, otro fracaso del lenguaje, un verbo debe auxiliarse de otro, una palabra debe recabar el concurso de otra) termina aceptando que no puede entender qué cosa será (aquí reclamo el futuro para transcribir lo indefinido, lo arcano) el tiempo, qué será Besonías, qué será Mochuelo, qué seré yo, qué será Borges.
Enciclopedia de la piedad subjuntiva
Quise dar con el cielo antes de que lo entenebreciera el barro de los ángeles. Supe de las iluminaciones por el escrutinio de la sangre. Escribo contra el tiempo para que soñar no sea un desquicio de caballos o una clase de anatomía forense en la que el cuerpo ofrecido a la ciencia tenga el mismo roto que el de mi voz cuando pronuncia la muerte. Me gustan las canciones en las que se liba algo. Una flor. Un pulpo. Una guerra en el Peloponeso. Hay días en que creo firmemente en las oraciones subordinadas, en los trenes que meditan perderse en la distancia, en los hijos crápulas de buena familia que de pronto contemplan la vagina del aire y se engalanan con tafetán suavísimo. Días en que el ánimo solo pide el regreso a las culturas mesopotámicas. El pasado es siempre obsceno. El pasado es una mercancía, el presente es una dádiva, el futuro es un cuento de ciencia ficción. Los palafreneros de los palacios ducales son impúdicos, son adorables, son cultos. Vi a uno que tenía el apresto de los linajes antiguos. Recitaba a Keats con sobriedad. Parecía que los estros lo guiaban. En un Lidl que acaban de abrir cerca de mi calle venden libros de salmos. Los trae un comerciante libio que abrazó el cristianismo en un crucero por el Jónico. Se llama Abdul y no domina el español. Dice azafrán, cábala, Pentecostés, masacre, populacho. Abdul dice oír crujir el mar al besar el vientre de su amada. Dice que el mar es una ola que no descansa. Dice todas esas cosas con un pudor que se parece al de la luz cuando arroja luz a la sombra. Nací antes de las grandes tormentas. He bebido los cielos de Cartago, he comprendido la mecánica de los cuerpos celestes, he sido hueso, sílaba, semen, párvulo. Tengo fe en la extensión de los campos. Tengo un hijo taxidermista. Tengo un gemir suave. Todas esas circunstancias explican el porqué de los glaciares. Ese fluir da la medida de mis alveolos. Esa trama de causas y azares. Ese brusco batir de alas. Ese pulso de luz. Ese meandro. Pero hay futuro en las palabras. Abdul me ha dicho sigue. Un hombre con un abrigo leonés de buen paño me ha dicho eres un ser adorable. Una niña que leía literaturas germánicas medievales me ha dicho fluye. El pueblo se ha echado a la calle. Esgrimen fuente, aducen vehemencia. Trémulo, el aire se desdice. Una anciana cuenta los días desde que vio por última vez un pato. Se puede hacer un mapa de la soledad. Uno del agravio o de las orquídeas que pueblan el sueño de una virgen. Grandes catedrales serán construidas para que el tumulto sea un susurro o para que el silencio devenga una tormenta. Una deidad reconocible paseará las calles. Saludará a los creyentes, beberá en las tabernas el vino de la tierra y comerá la carne de las reses. Tendremos un orden celestial bajo los árboles. Será hermosa la congregación de los fieles cuando, a la caída de la tarde, unas nubes anticipen el dibujo de un carnero de oro en el cielo. Yo leeré en el escolios la verdadera historia de la piedad, el sobrecogimiento del corazón al verse abrazado por la ternura.
19.1.25
Dietario 15 / Puro espíritu
Hay que saber de qué convalecer. Como una especie de ligera enfermedad elegida de la que se salga a voluntad y en la que encontremos algo de lo que se nos contó que sería lo más parecido a una especie de descanso, un receso en la brusca briega de la vigilia. Todo así muy cogido con pinzas, un volunto sin más importancia que, sin embargo, se anhela como despertar cuando un sueño nos ha hecho padecer muchísimo. En la postración, en esa disposición ergonómica del espíritu, invocar a alguna deidad favorable que sea hospitalaria y nos abra los brazos con maternal arrullo y nosotros dejemos que los brazos hagan su labor para que los nuestros se recompongan y con los brazos también lo que no es cuerpo sino puro espíritu. Y no tener nada que hacer ni que nadie espere que hagamos algo, convidarnos de pereza, bendita ella, alejarnos para regresar con brío nuevo.
Historietas de Sócrates y Mochuelo / 17
La risa es siempre algo interior, aunque se manifieste a veces con contagiosa o intimidante brusquedad y los demás sepan de ella con esa ferocidad pública. La solicitud de querer ver sonreír a alguien es casi como un abrazo en el que no participa el cuerpo y tras el cual se confía en que el buen ánimo permanezca y se desvanezca cualquier quebranto que haya hecho casa en nosotros, no es infrecuente eso. La risa rubrica una armonía entre el alma y el cuerpo. Reír es un acto de fe en el mundo, una constatación de que nada de lo que nos haya hecho duele incesantemente, siendo muchas las cosas que nos hace y, con franca probabilidad, muchas las que guardará para perturbarnos o, en las peores, hundirnos. La risa es la revocación del tiempo, aunque esa victoria sobre la elocuencia de su dicterio dure poco, apenas un instante, pero qué extraordinaria esa sensación de plenitud absoluta, qué sanadora y didáctica. Importa escasamente que sea más tarde ajusticiada por la intemperie de las cosas, por la propia convicción de que la sombra depondrá el imperio de la luz. La solicitud de Sócrates es de una ternura que sobrecoge: anda, ríe, da igual que no estés contento, aparéntalo, verás cómo la risa se hace fuerte en el pecho y el cuerpo entero te lo agradece, Dicen los que saben que la risa elimina el insomnio, el estrés, la bilis, que es analgésica y hasta evita el estreñimiento. Mochuelo, no la escondas, haz que aflore, ya verás lo adictiva que es. Y la criatura, indolente, flemática, con esa cachaza de quien vive en la despreocupación, sentencia como suele, acomoda la risa en la intimidad, sin que se precise exhibirla, sin que el gozo que depara se perciba como un repentino acceso de felicidad. Y tal vez él no desee inclinarse ante lo humano y parecerse cada día más a su entusiasta amigo.
18.1.25
Historietas de Sócrates y Mochuelo / 16
Son inefables las respuestas. Ni siquiera dar con las palabras que respondan cuenta, produce algún tipo de alivio mayor que el de perseverar en esa fértil ignorancia que tenemos ante ellas. Y por mucho que hayamos hablado y escrito desde que las formulamos, no hemos satisfecho ninguna de las grandes preguntas. Solo nos regocija la dulce incertidumbre.
Dietario 14 / Hormigas infelices
Se traba amistad con gente de malvivir por apreciar con más entera gratitud la buena vida que uno se dispensa. No tendremos manera de medir cuándo una aplaza o abandona a la otra. Hay vidas ejemplares que suceden sin que nada extraordinario las ocupe y entra en lo razonable que las licenciosas exhiban una recia musculatura moral y no entren al trapo cuando alguien las reprueba o censura. Digamos que el disoluto está encantado de conocerse y que, paradójicamente, el recto anda siempre enfrascado en tribulaciones, reconcomido. Pero el malvivir ajeno acaba calando, se hace valer cuando uno hace acto de conciencia y evalúa su proceder consigo mismo o con los demás. Se ve con qué alegre desparpajo se manejan en asuntos que uno reprueba íntimamente, conocedor del peaje que habrá que pagar cuando concluyan. Y, sin embargo, no cuesta envidiar ese desentenderse, ese no hacer como la hormiga al ocupar de cáscaras de pipas su escondrijo y vivir la vida loca y comer cuando irrumpe el hambre, beber si la sed, abrigarse solo cuando nos muele a palos el duro frío y no querer saber nada del futuro ni entender el presente.
Historietas de Sócrates y Mochuelo / 15
Hay quien hasta pensar en pasear le cansa, quien se duele antes de que el dolor comparezca, quien censura la actividad física por convicción, quien por no moverse arguye los más sólidos motivos y se jacta de esa abulia. Y claro, los paseantes son atletas y el paseo una maratón. Griegos tenido que ser.
17.1.25
Caminar con el fuego/ En memoria de David Lynch
Fotografía: Josh Telles
Siempre me pareció que Twin Peaks era una extensión de Terciopelo azul. El cadáver envuelto en plástico de Laura Palmer y la oreja cortada a la que se comen unas hormigas, en su atrevimiento y en su obscenidad, ocupó ayer mi cabeza cuando supe de la muerte de David Lynch. También se repetían en esa cabeza de pronto consternada la idea del fuego caminando conmigo, la de todos esas mujeres sublimadas, convertidas en algo etéreo, registradas por un hedonista, eso era Lynch, al cabo. Ayer estuve en la habitación roja, ese limbo en el que el tiempo se adelgaza o se comba o adquiere los atributos más complejos de los sueños. No hay manera de entender qué hay dentro de la cabeza, da igual cuál escojamos, todas son un abismo. Yo sé con más o menos certeza qué hay dentro de la cabeza de David Lynch. Una parte de la mía entiende a David Lynch. La otra se empecina en contradecirme y, a poco que me descuido, me desbarata lo que su mitad realiza. De hecho, ahora está escribiendo la parte no-Lynch de mi cabeza. Cuando me levanté esta mañana, pensé en no hacer ningún obituario sobre Lynch, pensé en esperar o en desechar la idea de que algo que yo pueda escribir tuviese alguna importancia, lo cual me suele suceder últimamente con obstinada frecuencia, pero la parte Lynch de mi cabeza tomó el mando. Mi amigo K. dice que le pasa lo mismo con Dios. Dice que en ocasiones entra en la cabeza de Dios, pero en cuanto regresa a la realidad una turbiedad le ciega el entendimiento y no verbaliza el prodigio recién vislumbrado, que hay veces en que Dios entra en su cabeza. He pensado en dejar que sea mi lado Lynch el que escriba, pero el acto de la escritura no está a disposición de quien lo ejerce, no siempre es dócil, a veces se descarría. Parece como si actuara a sus anchas y decidiese, no sé a antojo de qué, escribir o no hacerlo, desdecirse, entenebrecerse, no dar nada, no esperar nada tampoco. Cuando estoy tranquilamente sentado en la terraza de un bar, tomando un café, leyendo la prensa, fumando un cigarrillo, acude Lynch y me desbarata el remanso de paz que he construido. Sucede entonces algo que me encanta: cojo una servilleta de papel, que es lo que está más a mano, y manuscribo unas ideas, palabras que Lynch, desde mi parte cómplice de la cabeza, me dicta como en confesión multimedia, pero las ideas se atropellan y las palabras se montan unas encima de otras hasta formar un grumo semántico impresentable a mis entendederas. Cuando no hay servilleta (es romántica la idea de la servilleta) tiro de móvil. Tengo que dejar que se arruinen los recuerdos de una oreja en un jardín. Que se vayan convirtiendo en algo de poco peso. Que la tierra se los coma. Tener dos lados desde donde escribir (tener cien, tener todos los lados, tener el Aleph para escribir) hace que alguno no convenido irrumpa y entonces te descubres mirando a un señor que no conoces de nada o es el señor desde alguna zona oscura y remota el que te habla a ti y te dice qué debes escribir, qué palabra se zurcirá a otra hasta que el traje quede a gusto de alguno de esos dos lados. Lynch era el bruñidor de todas esas imágenes surrealistas, el mentor de los fantasmas, el verdadero patrocinador de todos los sueños más locos. Está el antes, el ahora, el luego. De tener que escoger uno al que afiliarme, con el que sentirme conciliado con el mundo y conmigo mismo, elegiría el tiempo que no ha llegado aún, el previsto, en el que se puede depositar la confianza, la fe, a decir del creyente. Cuando uno sólo anhela mañana el presente se vuelve soportable. Es la naturaleza mágica de la fe. No pasa nada si hoy todo se desangela y emborrona, no me importa que se desquicie y se rompa: me conformo con la inminencia de la gracia, con la posibilidad (no me agüen la fiesta) de que una mañana de verano salga al jardín de mi casa (no tengo jardín, por cierto) y vea una comitiva de hormigas siguiendo el olor de una oreja. Está ahí, la oreja. Sola y sin dueño. Pronto será pasto de un millón de hormigas. No quedará nada suyo. La realidad es la posibilidad de que suceda o no suceda algo extraordinario. Tengo fe en lo invisible, en lo por venir, en la sustancia arcana, en la trama oscura que hace que el mundo gire y las piezas, en su locura, acaben por acoplarse. Cuesta en ocasiones entender el mecanismo por el que se acoplan. Lo pienso y lo razono y no encuentro razones, tampoco motivos. A veces hay que dejar de lado la lógica. No conviene siempre. Hay también belleza cuando no acude. Incluso hay lógica cuando ésta decae o cuando deliberadamente se la extirpa de la trama o cuando comprendes que se está bien en esa ilusión de coherencia, en ese limbo dulce, en esa vida embrionaria, perfecta. David Lynch hizo que la televisión adquiriera cotas de excelencia absolutas. Todo cambió tras Laura Palmer. Sí, es cierto, se puede decir que la primera temporada es sublime y la segunda, en ocasiones, bordea lo decadente, lo vacío, lo estrambótico, pero yo soy de los que aman lo decadente, lo vacío y lo estrambótico. Que la tercera entrega, m favorita, sin explicar nada, lo explique todo Amo a Lynch casi por encima de otras consideraciones cinematográficas. La turbación es ese estado de ánimo en donde te sientes confortado, dispuesto a que el fuego camine contigo. Fascina, en la espera, no saber, no tener ninguna información, sospechar que empezará de nuevo todo. Incluso estoy dispuesto a que me decepcione. Con tal de que vuelva. Por ver si encuentro otra vez esa sensación de plenitud y de extravío. Las dos cosas juntamente. Habrá quien sepa de qué hablo. Le echaremos de menos
Historietas de Sócrates y Mochuelo / 14
De la verdad qué se podrá decir, cuál de las disponibles contentará a todos, qué esgrimir para hacer que la nuestra se abra paso o para que las otras ni verdad parezcan, qué quebranto ocupará el pecho cuando la razón nos descabalgue de la grupa antigua de nuestra costumbre y nada cuadre ni conforte y las plegarias antes atendidas, las frívolas y las hondas, no tengan oído que las acoja y responda. Y no será fiable esa verdad de pronto invitada y alguien nos apeará de lo que quiera que con ella hayamos recabado para permanecer y medrar o para ejercer con desempeño el trasiego de la realidad, que es una advenediza ingrata las más de las veces, algo de lo que sabemos poco, una sustancia neblinosa, aunque la bendita luz nos convide a decir “la verdad es que yo…”, pontificando, aseguraría Mochuelo.
El íntimo cuchillo / El oro de las palabras
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