La acrimonia es la aspereza de las cosas, especialmente al gusto o al olfato. También el desabrimiento en el carácter o en el trato.
Creo recordar que la primera vez que la leí fue en un texto de Borges en el que hacía mención del tabaco y su agradable dureza al "enardecer gustosamente la garganta". En el tesoro pintoresca de nuestra boscosa lengua hay palabras que poseen la expresiva rotundidad de lo inefable. Dan, desde su misma fonética, una brusquedad que incita a que se deslengüe la mesura y uno se manifieste crudamente, precipitado a arrepentirse más tarde, pero feliz por envalentonarse, por convidarse de ese gusto a metal fiero que da lo acre. El acrimonista no siempre se desdice. Los hay que se jactan con copiosa verborrea, también malairada, de facundia tosca, de pura mala baba semántica. Es término emparentado en ocasiones con lo mordaz o lo malicioso. No siempre lo azuza el ingenio, aunque se aplaude que haya quien se maneje en esa caústica, incisiva mordiente, rayana con el sarcasmo, con (dejenme que me explaye) con lo vitriólico, que no deja de ser ácido sulfúrico. Es acrimonia vocablo que puede cauterizar a otros. Hay palabras que se despeñan y lastiman. Otras, pagadas de sí, jamás sucumben, se izan, adquieren el rigor de la piedra o del plomo. Quien se acostumbra a la acrimonia carece por completo de ternura, es refractario a lo blando o a lo permeable. No sé si he visto yo mucha acrimonia en gente cercana, con la que convive, es probable que alguien haya habido al que la memoria, con la diligencia habitual, ha retirado de su acervo léxico. Tampoco podría asegurar que, en alguna ocasión, quién sabe obligado por qué circunstancias, me he dejado yo mismo llevar por la ira o por el mal humor y mi boca (nunca yo) ha proferido frases hirientes, del tipo que nada más ser pronunciadas queman el aire y se percibe ese olor a podrido o a muerto. Hoy, sin embargo, me he percatado de que abundan los que así se manejan. Los vemos en televisión a diario, ocupan textos sesudos en la prensa. Entre la dura costra de su vocabulario, embutido en ella también, advertimos (todos gente de buen corazón los que hacemos tal cosa, advertir) que ni siquiera saben las consecuencias de sus bravatas, la insensatez de su discurso, los graves males que esas alocuciones traen al mundo. Digo al mundo, digo a esto que hemos ido construyendo para que la convivencia proceda de la inteligencia y del respeto y también de la belleza. Están enfermos de delirio, lo cual no puede medicarse bajo la forma de ningún fármaco conocido, sino con la defenestración de la poltrona en la que aposenten su grosero culo por la majestuosa y bendita instancia de las urnas. Pero hay pueblos que no ven el mal, hasta lo jalean. Ven en él un salvoconducto al bien al que absurdamente aspiran. Un bien izado sobre montañas de muertos. Un bien que nace con la boca tapada por la ceniza de todos los libros en que hubiese leyes. No hay ley cuando la acrimonia vence. Serán todos ellos, los que la detentan y practican, gente de mirar avieso, cuando no fúnebre. Sostengo que están muertos, aunque hagan sus bailecitos, den ruedas de prensa y hablen con ignorancia. Es que no hay inteligencia cuando acudimos al Armagedón. No se ve a Dios en el final de los días por la misma razón por la que es probable que tampoco se le viera en los primeros. Me enviaron hace poco uno de esos chistes hechos con personajes reales a los que se le escriben frases que no dijeron, como una IA muy de andar por casa, de nivel bajo, casi analógica. Se veía una escena de "Sopa de ganso", la película de los hermanos Marx. Gloria Teasdale, la siempre eficiente Margaret Dummond, le dice a Rufus T. Firefly, el siempre desternillante Groucho Marx, que cree que tal tipo (podrán deducir quién) ha sido enviado por Dios, a lo que su interlocutor contesta: "¿Por qué? ¿Se le acabaron las otras plagas?". Son tiempos ásperos, corto me he quedado. Parece que no hemos aprendido nada. Estamos como si acabáramos de empezar a repartirnos el fuego y los animales, la tierra y la lluvia. Como si todo lo avanzado, tantas cosas hubo, haya sido en balde. Hemos regresado al comienzo. Pronto descubriremos el lenguaje. Hay palabras que nos hacen sentir el pesismismo como el que siente un dolor en el pecho o le sobreviene una tos que no nos deja hasta que nos rompe la garganta y la voz.
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