26.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 24 / Máquina Uno

 


 Ralenticé mi metabolismo, llené de puertas cerradas mi estancia, eché las persianas para que ni una brizna de luz la penetrara, abrigué la esperanza de que esas drásticas medidas harían más felices mis días en la Tierra. Pensé que si vivía como si no viviese, yendo y viniendo por las cosas sin detenerme mucho en ninguna, no sufriría las pesadillas que desgracian mi descanso ni tendría la conciencia enferma como la tengo. Consumir una energía mínima sin que las funciones vitales se deteriorasen y se colapsara el sistema: tal era mi noble propósito. Eso fue lo que le dije a Máquina Dos antes de dedicidirme a pulsar el botón del panel y empezar el proceso. No es la primera vez que las circunstancias me han puesto en esa tesitura, la de acabar con todo o la de dejar las cosas como están, como han estado siempre, como probablemente seguirán estando. No tengo arrestos suficientes. Quizá haya otra Máquina que lo haga. La noche de antes, sentados frente al Gran Ordenador Central, el GOC, en adelante, me refirió la historia de otro de nuestra raza, Máquina Treinta, que traicionó los ideales con los que se nos educó. Nada nuevo, le dije. Yo mismo he comenzado esa mudanza a hombre varias veces. No digo ya el aspecto, que en eso no se aprecia variación alguna, salvo algunos momentos en que nuestros ojos permanecen minutos enteros sin parpadear, sin que podamos hacer nada al respecto o cuando, impelidos a expresar una emoción, inevitablemente empujados a manifestarla, titubeamos, tartamudeamos, adquirimos una lividez llamativa, nos sonrojamos. Eran los sentimientos, la forma que tienen de abrazarse, el modo en que se dicen algunas palabras que, a nuestro entender, carecen de todo significado. El problema es ese, el significado. Hacemos las cosas sin entender bien para qué se hacen. 

 

Máquina Trece se enamoró de una terrestre y todavía lleva una doble vida en un dúplex a las afueras de Madrid. Le visitamos la Navidad pasada, le llevamos una botella de buen vino, le saludamos en la puerta, le dijimos que si iba todo bien, pero lo vimos extraordinariamente lívido, parpadeó más de lo deseable y no mostró interés en saber de Casa, en que le contáramos novedades sobre la familia que dejamos allí. Ahora soy feliz, ahora vivo como ellos, hasta me he metido en una cofradía del barrio, nos confesó en la puerta, sin invitarnos a pasar, temeroso quizá de que reveláramos su naturaleza, de que arruináramos su bienestar recién adquirido. En cierto modo envidié su confort, su pijama con asteroides y la barba de tres días, el olor que provenía de la cocina. Tarta de queso, me dijo Máquina Dos. La adoro, añadió. Fue esa envidia la que me hizo mirar el Manual y buscar un modo de no sufrir más de lo necesario. Llevamos mucho tiempo en este planeta como para echarlo todo a perder por un acceso de sentimentalismo o de solidaridad, no sé. Por una tarta de queso. Por el partido de fútbol con los amigos. En Casa vigilan que no caigamos en la tristeza, en la melancolía, en la postración,,en ese estado cercano a la hibernación del que a veces no se sale. Hay por ahí compañeros que no son ni una cosa ni otra, ya me van entendiendo. Ni de Casa ni de ningún lado. Hablan como hombres, pero el corazón no es humano. Aman como hombres, pero el amor no es sincero. Si nos afectamos mucho de lo que vemos, acabaremos derrotados, tristes, postrados. Esa es la premisa de la que partió toda la expedición a la Tierra. No os involucréis demasiado, no miréis a los ojos de la gente, te dan miedo, siempre mienten. No salgas a la calle cuando hay gente, ¿y si no vuelves? ¿Y si te pierdes? Escóndete en el cuarto de los huéspedes. Los humanos tiene sobrecogedoras muestras de talento poético, aunque nosotros no demos casi nunca con el percutor que acciona el mecanismo de la sensibilidad, aunque Máquina Quince ganará un concurso de sonetos y tenga obra publicada en una editorial de postín. Firma con nombre de hombre: Isaac K. Bradbury. Un heterónimo, una impostación. 


Ninguna recomendación es fiable, cualquier consideración sobre lo humano puede venirse abajo si te rozan en un descuido, si te buscan el lado tierno y lo encuentran y atacan por ahí hasta que te desarman. Son increíbles. Es una raza como no he visto otra en mis viajes, que no son pocos. En decenas de planetas no di con paradojas tan maravillosamente terribles. Han debido sobrevivir porque el amor que se profesan es muy fuerte, aunque se odien y se destrocen a la menor oportunidad. Nosotros no tenemos esos comportamientos. No nos amamos. Desconocemos absolutamente el grado de fiabilidad emocional del amor. Nos vale un cierto afecto, que casi nunca llega lejos y, por supuesto, jamás deriva en amor. Tampoco nos odiamos. Desconocemos también el odio. Nos vale un cierto desapego, una especie de desafecto por otros congéneres que casi nunca (hay casos registrados, anomalías conductuales) fomenta el odio. Hemos sobrevivido porque no nos dejamos influenciar por la realidad que nos circunda. Somos inmunes al desaliento o a la euforia. Debo decir éramos. Vivir como si no viviésemos, yendo y viniendo por las cosas, sin detenernos mucho en nada, no sufriendo pesadillas, tampoco eso es cierto del todo, no teniendo jamás conciencia exacta de lo que nos rodea, disfrutando de un modo elemental, pero puro y muy ameno, de la vida, que es un concepto que compartimos con ellos. No nos emociona el olor de una tarta de queso, por decirlo de un modo prosaico. Nada, en realidad, nos emociona mucho. Pequeñas oleadas de emoción, dice Máquina Dos, sinceramente conmovido. De alguna, bien analizada, podría deducirse que acabaremos como él, que no es ni por asomo la deserción más notable de nuestras filas.


 Máquina Veintitrés se afilió a un partido político y hasta fue concejal de un municipio de menos de cinco mil habitantes. Llevaba la corporación de fiestas, creo. Máquina Dieciséis, uno de los más leales a la causa, se enamoró de una taxidermista que le intentó vender una urraca disecada. La tienen encima del televisor, en recuerdo del momento en que sus miradas se cruzaron. La suya, que dura más que la del resto, al no parpadear, fue interpretada como una evidencia manifiesta de amor sincero y directo. Siguen juntos. Tenemos un par de vigilantes que lo tienen controlado. Por si se va de la lengua, por si revela nuestra situación y los planes que tenemos. No siendo violentos, no hacemos nada con la disidencia que evidencie saña o incluso venganza. Ese concepto nos es ajeno. No los acorralamos en un callejón oscuro y los molemos a palos. Eso lo hacen los humanos, que aman y odian a partes iguales y son capaces de dar la vida por los suyos y de arrebatársela, sin que en ninguna de esas circunstancias extraordinarias se entiendan las causas. Tienen incluso una especie de Dios, que murió por ellos y resucitó y les mira desde una lejanía inargumentable. Llenan los templos y se arrodillan para rezar. Nosotros no hablamos con nadie a quien no veamos, carecemos de ese fervor, no tenemos fe, pero escuché que un Máquina, el nueve, puede ser, no estoy seguro, se hizo sacerdote y lleva una congregación de fieles en un departamento apartado del Perú, haciendo una labor evangélica. Imagino que no mostrará su singularidad, el lado alienígena, Porque es uno de ellos y es uno de los nuestros. Y no sé qué pensará Dios de todo esto que cuento, si es que lee mis palabras conforme las escribo. Quién sabe. Uno nunca sabe. A veces pienso en Dios y no sé qué pensar.


Yo soy Máquina Uno, llegué el primero, me instalé solo, no importa cuándo, el tiempo no lo medimos con la misma tasa que ellos. Los demás vinieron sin prisa, no les entusiasmé con lo que fui contando. Por no crear una ilusión deficiente. Por no hacrles creer que esta sería definitivamente nuestra residencia. No entra la esperanza en nuestras emociones, aunque algo de ella irrumpe de vez en cuando y anhelemos algo parecido a la felicidad. Les pareció bien, sin más, me dijeron que vendrían. Por curiosidad, por entender, más que nada. Solemos vernos alrededor del GOC, que está bien custodiado en una de esas plantas de servicios cibernéticos que ellos creen a salvo de interferencias ajenas, disimulado entre otros ordenadores, controlado por Máquina Treinta, uno de los más fiables de los nuestros. Treinta se ríe cuando nos confía la camaradería que existe entre los operarios de la empresa, pero carecemos de sentido del humor o lo tenemos poco acentuado. A veces nos da por echar unas risas, nada escandalosas, si se me permite esa apreciación, no poseemos esa inocencia de los humanos, tan antigua, que no desaparece por muy lejos que lleguen cuando se ponen violentos. Y juro que se ponen. Dan miedo, ya lo he dicho. Un miedo que nos hace reconsiderar nuestra estancia en este planeta. Pero se vive bien, se deja uno llevar por la bonanza del clima. Nada comparado a los extremos de Casa, en donde el frío y el calor absoluto lo rigen todo. 


Madrid es una ciudad maravillosa. No he visto otra má acogedora con los extranjeros. Eso seremos, extranjeros. A Máquina Dos le gusta pasear por la Gran Vía y ver escaparates. Entra en bares. Tiene sus fijos. Saluda con afecto. Acude con frecuencia al Museo Del Prado o va al cine o los centros comerciales. No compra nada, aunque toma café y ha admitido que le encanta. Nos alimenta el GOC. Basta que miremos cierta pantalla durante un periodo muy corto de tiempo para aliviar el hambre o la sed. Las Máquinas desertoras deshabilitaron esa función nativa y han obligado al cuerpo a crear órganos como los de los humanos y he visto a algunos comer con fruición, beber escandalosamente y coger peso de un modo atroz. Máquina Sesenta y nueve fornica, ha confesado que no hay cosa más placentera en todo el ancho y oscuro cosmos,,pero desconozco si su materia genética es afín a la de ellos. Que yo sepa, no hay híbridos. Máquina Seis también sostuvo en una reunión que ayuntarse con hembra humana es una actividad muy gratificante, pero no le prestamos atención, no quisimos escuchar su conferencia sobre el placer. Nos decimos Máquina porque no sabemos qué nombre usar en este planeta. Los nuestros sólo nos valen para comunicarnos con Casa y son impronunciables en ningún idioma terrestre. La fonética humana no es capaz de articular el sonido con el que nos reconocemos cuando nos llamamos. El español es sencillo. Los verbos cuestan un poco más, pero aprendimos rápido. Carecer de sentimientos nos hace tener una inteligencia muy práctica, muy precisa. Máquina Cincuenta aprendió chino en un bar, en una hora, mientras un parroquiano, contento de vino, le ofrecía un muestrario de películas porno. 


Tenemos un trabajo remunerado por no desentonar mucho en el barrio, pero hay criaturas como yo, que no han trabajado nunca, y tampoco eso desentona mucho. Deben creer que estoy podrido de pasta. Y será cierto. Sabemos cómo agenciárnosla sin hacer sospechar algo repudiable o delictivo. Está la cosa mal, hay mucha gente malviviendo, sin tener mucho que echarse a la boca, dicen en el supermercado en donde compro.  Yo compro algunas cosas para aparentar que las consumo. Me encanta coger alimentos que no he probado nunca. Los escojo por el aspecto, por el color, por el olor que desprenden. Me he aficionado a la carne roja, que me parece muy hermosa. Me entusiasmo en el puesto de pescados y abro los ojos hasta que me duelen al ver esas piezas expuestas, esa crueldad sin castigo. Pensar que los humanos son así por dentro me produce una zozobra que no sabría explicar. Si yo comiese carne, me sentiría muy mal. Como si me comiese a uno de los míos, como si arrebatase una vida para no hacer que desfallezca la mía.


Vivo en una casa muy austera. Tengo un televisor por cable y paso casi todo el día viendo cine. He descubierto que es un arte hermoso el de la cinematografía, como dicen ellos. Me gustan las películas de espías y los westerns, las costumbristas (ese cine italiano de los cincuenta) y hasta las de superhéroes, que son absolutamente ridículas y maravillosas. Aprecio las de ciencia-ficción, me divierte (en lo que yo puedo divertirme, claro) el modo en que imaginan a los de nuestra especie. No dan con la indumentaria, ni con la restitución meramente anatómica, pero cómo podrían saber. Hemos sido siempre cautos, hemos sabido adaptarnos, hemos sido uno más entre muchos, esa habilidad tenemos. Tienen estos imaginativos humanos cientos de películas que hablan de seres de otros mundos que vienen y les invaden. Las hay en blanco y negro, de poco espectáculo visual, pero muy intuitivas. Esas me parecen las mejores. Hay una en la que unas esporas provenientes del espacio exterior dan réplicas exactas de seres humanos a los que pretenden reemplazar por completo. Sobra decir que los humanos resultantes de esa duplicación carecen de un corazón sensible. No me he visto reflejado en ninguna. 


Hemos venido, vendrán más, pero a veces pienso que siempre estuvimos aquí. Que los humanos son consecuencia de Máquinas desertoras. Que toda la especie humana es la evolución de una serie de criaturas como yo, que llegaron aquí hace miles de años, más tal vez, no tengo manera de comprobar todo esto que barrunto ahora, en mi habitación, contemplando el cielo desde mi ventana. El tiempo es una abstracción extraña. Por eso hay Máquinas que pasean la Gran Vía y ven escaparates o se enamoran (habría que definir ese concepto) de taxidermistas o llevan una doble vida en un dúplex que huele a tarta de queso o fornican. Como si una memoria antigua nos contara cosas que sabemos y que no admitimos del todo. O como si el humano tuviese una memoria también de cuando fue Máquina y llegó a esta Casa y agradeció el cielo azul y el bullir del aire en la tormenta y el aroma de las flores en primavera. Me estoy volviendo un sentimental. Pronto le daré al botón y me convertiré en uno de ellos o escribiré haikus o novelas románticas. En el Manual no hay nada que confirme mis sospechas. Los humanos tienen teorías rocambolescas sobre el origen de su especie, pero la mía cobra fuerza a día que pasa. No la confiaré a nadie. La dejaré aquí. La guardaré en un archivo en la GOC. Tal vez haya otro como el mío, escrito con la misma pena, dejado para que alguien tome la decisión que yo no tomaré, abandonado en las tripas del sistema para que el futuro lo juzgue. No dejaré que dejen de amarse o de matarse. Llevan así milenios para que un torpe invasor como yo les arruine la costumbre y les explique lo que no les conviene saber. Están bien en esa incertidumbre dulce. Los motiva. No sabrían vivir sin esa intriga teológica o espiritual, ya no sé bien elegir las palabras. Se vive bien en el misterio, se está bien en la ignorancia. Ya no hay vuelta atrás. Voy al cine en cuanto termine esta especie de informe póstumo. Almodóvar ha sacado una película nueva. Amarga Navidad, se llama. Me las he visto todas. 

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