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El poema / El poema no existe, empieza a desvanecerse en cuanto el poeta o el lector lo concluyen, da de sí hasta que se pronuncia. Entonces adquiere la inconsistencia de la que luego podrá hablarse cuando se nos requiera dar explicaciones y no tengamos con qué decir o con qué escribir y parezca que ni siquiera hemos leído el libro que leímos. Es precisamente esa inconsistencia, esa fragilidad, esa galleta que se ha hecho reblandecido al mojarla en el café y nos ha salpicado la camisa. Debiera la poesía desdecirse, arrimarse la cualidad del fantasma y no mostrarse jamás, aunque advirtamos su presencia de antemano. Debiéramos saber que ningún modo al que confiemos el recado de intimar con ella rendirá detalle alguno sobre cualquier cosa que creamos haber percibido, apreciado, entendido. De alguna manera, es menos tangible si pretendemos agotarla. Se goza, he aquí el propósito primero de esta nota sobre "Manual para sacar un conejo de la chistera " de Juan Ramón Mansilla, mientras se lee. Cabe la posibilidad de que nada perdure, salvo ella misma, entera ella, la poesía, el poema, algunos versos incluso, sueltos ellos, comprometidos a no abandonar nuestra cabeza nunca e irrumpir a su antojo cuando les apatezca. Eso es lo primero que pensé mientras leía el Manual. Que no sería un viaje de ida y vuelta, sino que me quedaría dentro y yo mismo sería el viaje, el inicio, el fin, el camino.
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La teoría de las palabras / No debería tener un libro de poesía propósito alguno. Se le tendría que pedir únicamente que nos acompañara y, en el trayecto de su lectura, hacer que no nos sintamos tan solos. Haría que lo malo no cundiese o que la imposibilidad de ser enteramente feliz no nos cause mayor estrago que el sobrevenido al comprobar que no se tiene propiedad alguna sobre el sueño que tuvimos, malograda al imponerse la vigilia, tan evidente. Creo que esto lo he pensado muchas veces y quizá alguna vez lo haya dicho (lo haya escrito), pero leer el Manual es reconfortante, da ganas de leer más, da ganas de escribir (si eres de los que a poco que se te motive te lanzas y no pones brida a la criatura recién azuzada contra el silencio). Debo decir que no he escrito un poema desde hace meses. Me hubiese gustado haber escrito el Manual. Hubiese sido el libro que querría haber escrito. Como esa cosa es imposible (no soy Pierre Menard ni estoy en la cabeza de Borges) me aplicaré en contar todo lo que de ese libro se me vaya ocurriendo. Lo haré conforme lo vaya leyendo o cuando haya concluido o días más tarde (alguna semana incluso). Las palabras deben salir despacio, aunque cuando la primera irrumpe las demás se atropellan, pugnan por imponerse a la realidad, quieren danzar, anhelan que se las lee o, más modestamente, que sea posible que al autor no le incomoden en demasía y permita que se queden un tiempo.
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Vencejos / Las palabras traen "olor a siega reciente", traen moras, verano, toda esa elocuencia que el pájaro recibió al tender su cuerpo en el aire hecho "el nido más nuestro" y aplicarse en el recado del vuelo. Luego está el paisaje. La tierra diciendo y desdiciéndose, ocupando la extensión avara de la palabra con la que se la nombre y de la que se precave. Por si un día todo deviene sequedad, invierno con el abuelo fumando, dejando de fumar. Todo es ese temblor con el que "los pequeños cadáveres" de las "ranas que golpean la tierra".
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Dios da leche / Que Dios dé leche no debería causar estupor alguno. Un auriga borracho (leo de nuevo, reescribo) hace que piense "en el rastro que deja en la nieve". Es la nomenclatura de la luz. El desayuno tras el que la luz se desvanece porque Dios se ha echado a dormir. No hay noticia suya, no se le espera y, sin embargo, "la leche de dios es sencilla como las preguntas / de un niño en un viaje". Hay que escuchar a las piedras. Ellas sostienen la memoria de las cosas. También ella es de una sencillez que apabulla. Como Dios, que debe ser pequeño, asustadizo, una especie de piedra primigenia en lo hondo de un tazón de leche a primera hora de la mañana.
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La muerte de las moscas / La lluvia del invierno / El poema puede ser un desatino lúdico, una chanza, un decir de moscas que prefieren la casa como nicho en lugar de la calle. Les importuna el viento, les agrada la confianza de un refugio, el olor al café, la cercanía de unos libros, la inminencia de lo que una mosca podría entender como un hogar. El poeta hace un dribbling metafísico: "Cuando mueren las moscas nadie sabe adonde van". Son criaturas menesterosas, el don de lo pequeño ante la opulencia del aire y
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El conejo imposible / Ruiz Mansilla escribe "Manual para sacar un conejo de la chistera" sin que se tenga idea sobre si de verdad anhelaba dar con el conejo y cogerlo de las orejas, impuesto a la realidad, extraído del limbo de lo sobrenatural, de lo mágico perfecto. Pero hay que entender que lo importante no es el acto en sí, el de ofrecer el conejo a la audiencia, sino la voluntad de que cualquiera que observe el número en el escenario cavile para sí, fatigue otra idea extraordinaria: la de si la irrupción del conejo no causaría mayor asombro y se pidiera más. La poesía hace eso: hacer que se desee más, que lo tangible no cuente, que sea infinitamente más interesante no encontrar conejo alguno. Que el amable público entienda que lo buscado en esa representación es la posibilidad del conejo, no el animal en sí, que es irrelevante, que no cuenta.
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Maletas / Siempre pensé en trenes y en habitaciones de hotel al pensar en maletas. Se me ocurría que el viaje era inverosímil. No habría un lugar en donde abrirla y sacar su contenido. Una maleta no tiene que ser abierta. Más que un objeto útil, es un artificio de la imaginación. Cuando digo que no existen las maletas (tampoco los conejos) me refiero a que ninguna llega a ser considerada maleta hasta que se pierde. Entonces cobra sentido su existencia. Es lo que le sucede al poema. Empieza a tener entidad cuando no nos acordamos de sus palabras, cuando pensamos en la ropa contenida en su cóncava generosidad, cuando creemos percibir una especie de temblor (inefable siempre) que nos evoca el peso de la vida, el trajín de ir de un sitio a otro, la sensación de que algo nos hemos dejado en algún lado o de que algo nos terminaremos dejando. No preguntes "de dónde vienes". "Una maleta solo pregunta a dónde vas".
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Cuando la luz del amor empieza a brillar a través de sus ojos / Un tren medita descarrilar en el sueño de alguien. Las Supremes cantaban. César cruzaba el Rubicón. Eso fue hace tanto tiempo. No saber si nevó ese día (diez de enero, uno de abril) o si madre te dijo algo importante de lo que no guardas recuerdo alguno o si en alguna ciudad del septentrión llueve como si se acabara de inventar la lluvia y se probase de esta manera y de esta otra. Una de las cosas que fascinan de la poesía de Ruiz Mansilla es esa incertidumbre absoluta, ese decir sin que lo dicho tenga que significar algo y, sin embargo, todo acaba ensamblando. Las palabras en su danza se convidan de aire. La música. El fulgor de lo que se nos escapa.
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Terminar el poema, terminar la vida / Hay autorretratos amables: se dan las facciones previsibles, ninguna que evidencie algún roto interior, el peso de los fracasos, el olor de toda la mugre, la sangre avanzando a mordiscos. Se tienen hijos, se cambia el domicilio, enferma uno, escribe poemas, se duerme poco, lee mucho, paga su hipoteca, se ama también. A mí lo que me gusta es que un poeta sea capaz de contar lo más acendradamente humano (echar barriga, llenar maletas, vaciarlas, tener hijos, tener o no tatuajes) y, al tiempo, expresar un sentimiento universal que, las más de las veces, no podría ser contado si no se echara mano de todas esas pequeñas cosas, tan pequeñas algunas, tan de poco interés, con las que vamos construyendo la persona que somos o que nos dejan ser. Esa es la poesía de Mansilla, ese es su mérito absoluto.
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Los zíngaros / Qué podrá decirse cuando todo haya acabado, me pregunto. Cómo dar cuenta de lo vivido, de lo que pudo vivirse. Contarán los detalles, imagino. Tendrá uno la imagen de una llave "con la que abrir una puerta", aunque no haya puerta, ni siquiera llave, si me apuro. "La infancia viaja en el carromato de los zíngaros, / enciende una lámpara de aceite / y moja en leche migas de pan". Ahí esta todo, poeta. Esa es la poesía. Yo soy de los que piensan que escribir poesía (leer poesía) es hacer receunto (baldío, muchas veces) de lo diminuto, de todas esas pequeñas cosas con las que vamos haciendo camino (estoy pensando en Serrat y en Machado, inevitablemente). Todo lo que está diciendo adiós. Porque nos vamos despidiendo constantemente. Todo es un decir adiós a cada instante, pero el poeta (este poeta) fija una imagen: un carromato, un poema que es un "plumón disperso en la acera". Palabras que explican (tratan de explicar) el porqué "de una mancha de mora en la camisa".
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La muerte del padre / Se echa en falta al padre cuando no está. Se reproducen en la cabeza, es falsa esa súbita comparecencia, las conversaciones que no se tuvieron. Se esmera uno en echarle de menos, en estar bien, a pesar de su ausencia. Recuerda, más por añoranza que por otra cosa, el tiempo compartido. Se acuerda de que tenía una mano cerrada al morir. Se tienen esas cosas. El puño. La tensión. La esperanza de que la fuerza traiga una fuerza nueva y no se muera la sangre."Apretaba semillas en el puño / para sembrar de espliego los linderos de la muerte".
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Pan, huevos, cebolleta / La madre sienta a los hijos a la mesa. Humilde banquete, celebración de la rutina. Tú aquí, tú allí. Los sitios están concedidos. La escena parece una cosa teatralizada, pero era la vida la que nos guiaba, la que daba el nombre a las cosas. Qué verdad era estar juntos. "Mi padre, mi hermano y yo". Era el cielo. Lo dice el poeta. Nadie lo supo, ni la madre lo supo. Ella era la que había escrito la trama, pero no podíamos pedirle que restituyera las palabras. No leerá el poema del hijo. Si lo hace, sabrá. Tendrá de nuevo el amor a mano.
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Grullas / Saber que las grullas rezan. Que son "sílabas de una oración". Será nuestro el reino si mantenemos los ojos cerrados, escribe el poeta. Habrá un dios, aunque nunca sepamos qué luz lo abraza, qué río nos hará volar para encontrar un sentido al agua.
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Contarse uno / Creo que lo que más me gusta de la poesía es la imposibilidad de que algo de lo que nos ofrece se comprenda. Sucede el mundo para que un gallo muera y no muera, dé algo para que los hijos sepan cómo era vivir entonces. El padre viniendo del trabajo. "... el claxon al volver a casa...". Lo que hace de escribir algo relevante es que uno pueda registrar lo que de verdad cuenta. Que el desamparo de la memoria no nos abata del todo. Que podamos escuchar el ruido del tiempo cuando se empecina en que no escuchemos.
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Te beso, mi hígado / Todo lo que puede uno decir debería ser dicho. "Los dedos de Plutón hundiéndose en el muslo de Proserpina". Bernini hacer mármol de la carne. Mozart está melancólico y le escribe a su hermana: "pequeño pulmón, te beso, mi hígado". Mientras que yo estoy aquí escribiendo sobre un poema (Lo real, Manual para sacar un conejo de una chistera, Juan Ramón Mansilla") el mundo fluye, el mundo se agita, aletea, se le ve morir y nacer de nuevo. Como un muerto imposible. Como si vivir fuese un juego. Como si algo pudiese contenerse en un verso.
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Los esclavos de Puerto Príncipe / De lo que no existe qué podría decirse. De un bombón en una mesa o un lápiz (copio con esmero) o del alma de los muertos. Nunca he sobrevolado los Alpes y, sin embargo, he visto las montañas blancas, el precipicio del tiempo, toda la elocuencia del Danubio (qué lejos está, qué ciego su cauce) a primera hora de la mañana. "Hay que ser precavidos. Doblar la esquina de la página". Espera el futuro. La locura del hombre frente al hombre. El amor, oh, mi amor, no puede confiarse a las palabras. "Aquí no hay quien crea a los dioses".
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Cala Chica / Qué mar hay tras el mar, qué amar tras el amor. Serán herida la voz que nombra a la piedra y la piedra misma. La tierra se arroga el derecho a hablar. Están el espejuelo y la aulaga. Qué fonética más hermosa, qué inquietud al pronunciar espejuelo, aulaga. Me oigo decirlas. Las repite después. Para que queden. Por no quedar fuera. Por seguir algún tipo de rito del que no sé mucho o al que me entrego sin esperar nada. Como el tiempo. Como vivir como un ciempiés, vuelvo a citar al poeta. Él sabe del idioma de las piedras, él conoce la música de la esperanza.
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De Job / Pierde el que piensa en perder. Dentro de la cabeza de Dios "huele a sandía y brillan al sol escamas de peces". A mí me parece bien que pasen estas cosas. Quién diría que son falsas. Un milagro está a punto de comparecer. Esa inminencia escribe el poema. Es el cántico del hombre cuando se sabe hombre o cuando cree que podría haber sido posible llegar a ser hombre alguna vez. Porque no hay nada fiable en ese oficio: en el del anhelo de serlo, en el vuelo de unos pájaros, en la rendición (pìadosa, melancólica) de una criatura sencilla cuando se encomienda registrar lo sencillo. Pienso en Job, pienso en mí, pienso en ser.
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El frío, la infancia / Cómo me gustan los poemas que me hacen volver a la infancia. Saber por ellos que "la memoria es un pájaro / en la copa de un árbol en llamas". Hay versos que nos reconcilian con nosotros mismos. No sirve para mucho ese reconciliarse. Se pierden de nuevo los detalles, la minuciosa rendición de los años de entonces, cuando niños. No sabemos para qué sirve el tiempo. Tampoco se esmera en darnos alguna explicación sobre el motivo del frío. Pero hace frío después de leer. Tengo frío.
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Para que exista el aire / Para que exista el aire debe existir Dios, pero tenemos los pulmones rotos, tenemos el corazón roto, tenemos la vida rota. Respiramos para que la luz vibre al mecer la semilla del aire. El poeta Mansilla sabe qué es el frío. Nos lo cuenta y no se sabe bien qué nos contó, una vez contado. Me digo estas cosas para volver a leer. Para dar con la evidencia. La poesía es siempre un regreso. Hay que leer el poema cien veces, doscientas. En una de ellas recibimos una claridad, una contundencia semántica, léxica, espiritual, sobrenatural. Dura un instante. Luego muere un momento.
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Uncirse / "La calima" es un poema excepcional. Trata de lo que nunca sucede, de lo que conduce a la esperanza también. Para que el aire atraviese el aire y la tierra sea tierra sin que ni el aire ni la tierra sepan el oficio y deseen ser lluvia. De ahí el petricor, la danza de la luz en los esponsales del agua y de la tierra.
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De ángeles familiares, de mecánica cuántica / Nunca hay que confiar en los ángeles, en los magos, en los poetas. Vine el ángel, vino el mago, vino el poeta. Tuvimos la desviación exacta para que la línea no fuera la predecible. La sintaxis es un ejercito ciego. Todo es elusivo, ilusorio, evanescente, fragmentario, inefable: lo visto muchas veces hecho asunto inédito, hecho fulgor. Esa es la poesía del Manual, ahí está y, al tiempo, no está nunca. Se diluye, se desvanece, alcanza el rango de lo fantasmal. Como un cuento sobrenatural. No vamos a ningún sitio, no venimos de ningún sitio. Pareciera que siempre hemos estado sentados en la misma butaca y que el mismo mago (el mismo poeta, el mismo ángel) hace sus maniobras circenses. El conejo está, el conejo está. Como el gato de Schrdinger. Se advierte la tragedia, que es una operación doméstica. "Nada que decir, nada por hacer".
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Todas los poemas posibles / Leyendo "Manual para sacar un conejo de la chistera" tiene uno la convicción de que es de algo vivido de lo que se lee. Que es de uno de quien se habla. Que el camino de ida y el de vuelta lo andamos conforme leemos. Esa sensación de inexplicable cotidianidad. Porque la realidad que esgrime (todo libro de poesía da una) no difiere de la que podamos considerar propia. "Lo que crece de nuestras manos / tiene el deber de cantar" (Resolución). Da igual que estamos en la grupa de un "ángel negro". Todos lo son, al cabo. Ninguno es puro sin interrupción. Ni la vida lo es. Somos el poeta, lo somos al modo en que el fuego es el árbol en su lecho de muerte o somos el humo tras haber ido a tomar la "ültima clase de historia" y tener el monte cerca y perdernos adrede, felices en el extravío.
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Lugares donde no se ha estado nunca / El corazón: nunca hemos residido en él. Tampoco sabemos qué dicen las inscripciones, las palabras celosas de su significado. "Puede ser el río que quedó varado en el ayer" (Nochevieja en el Nilo). Siempre viene esa imagen: la del río fluyendo, la del tiempo reacio a que se le confine en un reloj o en un verso. La niebla del tiempo, su sed de cauce. Y qué festejo habitar la casa que somos: su "sol de mediodía", su "taza de leche", los "cuartos vacíos", pero (más que nada, con enfebrecida hambre) el dibujo de "las migas de pan" en el trayecto que va de un día a otro. Yo creo (estoy por creer, este libro es para creyentes) que todos los poemas tratan sobre el tiempo, sobre la mecánica de los versos al sucederse o al medir qué herida harán en quien los lee con el loable propósito de dar con algo relevante. Y no lo hay y todo es relevancia, milagro. "El poema si es zurdo se escribe a contraluz" (Poética y Cía.). La poesía es levógira, inexacta, completamente inútil.
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Un Pollock / Con qué llenar el día, salvo contigo. Al leer a Juan Ramón Mansilla sucede algo extremedamente curioso, y razonablemente lógico (perdonen la insistencia, la reiteración) también: uno desea (ya lo he dicho) imponerse la tarea de seguir la tarea que él se encomendó y darle vuelo nuevo. Porque es de volar de lo que se trata, al fin y al cabo: de hierba, de hormiga, de pájaro (Cuaderno de arte).
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La decantación de la sombra / La poesía es una decantanción sublime. Se advierte en el volcado sutil de los versos de este libro. Está la caída del árbol. Ahí la manzana resolutiva, la devoción a las leyes de la física, la observancia de un protocolo hasta que ya no es manzana: ha retirado su oficio antiguo, es otra cosa, pero no manzana. Pero hay que "subir al árbol". Contemplar desde la copa el invierno. "Ser invierno" (Cómo ser y cómo no ser manzana)
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"Camino como si escribiera el principio de una frase" / Estar tentado de volar, escribe el poeta. Caminar como si se empezara a escribir. Yo leo como si me costara caminar, pero "nunca esrtuve más tentado de volar" (Monólogo del funambulista).
28
Chet / Es posible que Dios desafine para que todos sus ángeles pierdan el compás. Hay frases que justsifican un libro entero.
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"Almendra lagarto" / (Tapiz de la tarde) Se escribe sobre la ceniza. Está ahí para que la registremos. Es tan solo preguntarse del porqué de todos los pájaros caídos en desgracia, sujetos a la tierra, hechos raíz o almendra o lagarto. También cáscara, cotiledón. Es la primera vez que leo la palabra cotiledón en un poema. Eso también es poesía.
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Con la sección sin título / Hay una cita de Homero, de la Ilíada. Otra de Carl Phillips y otra más de Wislawa Szymborska. He estado un rato tratando de componer un sentido al hecho de que esas tres citas prologuen una parte del libro. Tendría que dar con el motivo para que todo fluye más tarde con más benevolente ahínco. No doy con ninguna conclusión fiable. No me ayudan los dioses antiguos, ni la luz cuando desmenuza la nieve, ni el morir de un gato. Con todo, sigo pensando.
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Hipótesis sobre la propiedad transitiva del verbo / "En un agujero el viento sopla y todo es canto". La naturaleza del viento es la contención, a pesar de su fiebre de aire. Un agujero puede contener otro. El viento es muchos vientos. La palabra deja un rastro de piedra o de grumo, pero es la piel la que al final permanece. Da igual que se agriete o que exhiba un apresto roto, como de frase repetida muchas veces y hueca. Estamos a expensas de lo que las palabras erigen como ventana o como agujero. El poeta mide la distancia que hay entre lo que sabe y lo que cree saber o entre lo que se le ha confiado y lo que espera que se le entregue para que pueda escribir el poema. No podrá ser escrito, ya lo hemos dicho aquí. El poema no existe, empieza a desvanecerse en cuanto el poeta o el lector lo concluyen, da de sí hasta que se pronuncia.
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Qué es un mapa / No será otra cosa que un rumor de algo sin peso. Se nos verá en su trama. Podrán poner el dedo sobre nuestra cabeza o hacernos caer una vez y otra hasta que parezca que nunca hemos estado en pie y seamos "ríos minúsculos que no llegan al mar". (Geografía) Pero el mar es el morir. Un mapa es una evidencia de la locuacidad del aire. Se ha dejado pesar el aire. Está en la mano que tantea su volumen invisible, su condición de fantasma.
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Mientras el poeta tenga en el pecho toda la vasta extensión de la luz sol / Lo mejor es no estar nunca solo ante la muerte. Morirse es lo último. En la espera de que llegue la muerte, en el trayecto que va de la metáfora hasta la metáfora, pisamos charcos, miramos hacia atrás, como la mujer de Lot (Verano de 2024) y pedimos sin saber que algo estamos pidiendo que alguien escriba una elegía a los gorriones o a Platón o a la calima canalla de junio en la que el cuerpo empieza a comprender el cansancio del frío.
34
El poeta Juan Ramón Mansilla y sus dos caballos / Siempre quise tener un Citröen. Me hubiese gustado mucho pronunciar la marca del coche cuando se me preguntara. Hacer que las sílabas atronasen o darles una sutil danza en el aire para que quien escuchara apreciese mi adoración absoluta hacia ese coche. Yo creo (sigo pensando, dando tumbos, yendo de aquí para allá, ese es el propósito de este escrito) que no cuenta tener un coche, ni la tierra misma, ni un cuerpo al que cuidar y del que sentirnos moderamente orgullosos. Cómo podría alguien presumir de algo tan falible, tan ocupado por el deterioro. También se podría decir que tenemos un bosque. Cómo no va a ser eso posible. Basta pensar: tengo un bosque. Decimos: tengo un hijo, tengo un disco de John Coltrane, tengo almendras, tengo frío. "Los árboles son ajenos a la tierra". ( Bosques). Yo mismo me he sentido de pronto ajeno a mí mismo. Como un bosque. Como un Citröen.
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La escritura no huele / Todo lo que escribimos es frágil, apenas un silencio que precede o antecede a otro. Una piedra, placebo de la eternidad. "Entonces, preguntó ella, ¿miente el poema / cuando habla de amor". No, me atrevo a decir que no. Porque ningún poema es de amor. El amor no tiene nada que lo haga firme al modo en que es firme un árbol o una piedra de los que nada se sabe y están sin que nosotros debamos tener conciencia de su estancia. Un poema no existe. Ni catorce. Este libro (magnífico, dejadme ya por fin decirlo) de Juan Ramón Mansilla es algo extraordinariamente paradójico. Por un lado da de sí cuanto puede dar de sí un libro de poemas y, por otro, no alcanza a adquirir la consistencia de algo corpóreo, de fácil transporte, de sencilla acomodo en la realidad. Qué díficil debe ser tener algo de lo que partir, debió pensar el poeta Mansilla. Qué haré, qué libro haré, cómo podré insistir en mi convicción de que estoy haciendo un libro que van a leer y del que se van a sacar conclusiones, una, dos, trece.
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Celan / La lengua de la poesía es el pan, es la lengua, es el aire, es el atardecer. También lo que no se puede meter en una caja y, sin embargo, debe meterse y saber que estará ahí para que alguien la abra y sepa. La poesía es algo de lo que no se puede saber nunca mucho. Como de vivir. "Alguien llega de afuera / embala sus libros en una caja. / Deja la caja en un cuarto. / Y se va". (Leyendo a Paul Celan) Eso pasará cuando pasen un mes o dos o tres años. No me acordaré de este libro, pero será ver un conejo (he nombrado al conejo, pero podría haber nombrado ceniza, hueco, Chet o polvo) para que de pronto todo vuelva a hoy, último día de marzo, en el que escribo y me desahogo.
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Cosas en una nevera / Qué habrá para que un poeta decide poner un título u otro., qué artificio o qué luz o qué volunto harán que unas palabras prosperen y otras no. Tal vez deba prepararse el escenario. Fijar un atrezo, ninguno. "Elegir la impedimenta más acorde a la tramoya". (Manuel para sacar un conejo de una chistera). Algo que me ha gustado mucho y con lo que llevo parte del día en la cabeza (cuando podría estar en cien otras cosas): "abrir la nevera, sacar un naipe o una zanahoria". Es la nevera el depositorio que nunca hubiésemos esperado. Un homenaje al frío. Al afinador de los pianos del tiempo. El poeta (ya acabo) se propuso hacer una receta. Dio los ingredientes, las instrucciones (sofreír, verter, dejar cocer, triturar, usar cuchara de palo, le cito una vez más). Y esperar a que el conejo irrumpa, a que la magia (las metáforas, la poesía, el decir sentido) irrumpa.
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Coda / No he sabido escribir una reseña sobre este estupendo libro de Juan Ramón Mansilla. Lo fui leyendo y fui dejando notas conforme la escritura fue avanzando (se lo dije el otro día a Paco Caro al final de una larga conversación telefónica). El escribir sobre lo leído lo hacía más cercano que la única ocupación de su lectura. Fueron las notas cayendo, las fui guardando. No las he corregido. Tal vez debiera. Albergo la esperanza de que el lector se decida a buscar el libro. Yo soy el accidental acicate, la enzima, el inductor. Si este extravío sirve para que alguien lo busca (lo lea, lo sienta, lo crea) esta reseña inverosímil habrá valido la pena. Hago aquí constar el más que entusiasmado (y maravilloso) prólog que Rafael Escobar hace en las primeras páginas.

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