El propósito de la literatura es alucinatorio. El lector es un fantasma. No se sabe que esté, no se tiene conciencia de que comparezca. Un abismo separa a la palabra desde que alguien la escribe hasta que otro la lee. La escritura es una enfermedad dulce.
El propósito de la realidad es alucinatorio. El que la registra es un fantasma. No se sabe que esté, no se tiene conciencia de que comparezca. Un abismo separa a la palabra desde que alguien la pronuncia hasta que otro la escucha.
Escribir es una enfermedad dulce.
Hablar es una enfermedad dulce.
El hecho matricial (con su mapa de agujas marcando un mapa mudo) es la ignorancia. Nada sabemos, nada puede saberse. Todo es una tentativa débil de algo frágil.
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