12.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 11 / Ildefonso Gracián

 

 Ildefonso Gracián se había perdido de pequeño, pero dieron con él en un parque espantando palomas. Siendo mocetón, levantisco y un poco zangolotino, se perdió en unas malas amistades, pero le pilló una pareja de la Guardia Civil en un tris de desnucar un gato con un casco de cerveza mientras, ebrios, los compadres de parranda le jaleaban. Luego le sacas los ojos con las llaves de la moto, tío, le recomendó el que parecía líder espiritual de la pandilla. Hombre adulto ya, responsable y obrero, cabeza de familia, feligrés los domingos en una parroquia del barrio y afiliado a un sindicato, se perdió en una hipoteca, pero su suegra lo agarró justo antes de despeñarse por una mensualidad. Hace pocos días se extravió en uno de esos clubs de alterne donde la microbiología se aliña con ginebra de garrafón y la ropa huele más tarde a semen seco y a nicotina. Dio con él un cuñado crápula, al tanto de sus devaneos putañeros y al corriente de los propios, cuando visitó un local de la comarcal de la sierra de Albarracín al saber que allí andaba una fulana del Senegal que le enseñó todos los secretos de la carne cuando todavía no tenía ni barba.

Toda la vida así: perdido, encontrado. Espantando palomas, desnucando gatos, despeñándose en recibos de banco, enamoriscándose en locales de perdición.  Ahora anda por Sao Paulo o por Estocolmo, no se tiene idea certera. Lejos estará, a salvo. Se ha prometido no volver a perderse para que nadie tenga que encontrarlo. Se cuidará de dar con amistades prudentes, no visitará los parques cuando acuda un brote de ira, no lesionará a los gatos. No será Ildefonso de misa de doce, ni de movimientos obreros. Vivirá de alquiler. No necesitará rodearse de lujos, ni de propiedades. Buscará novia fiable, una que no sepa y de la que él tampoco quiera saber mucho, no hará falta que pasen por el registro civil y rubriquen su amor. Lo de traer más hijos al mundo no entrará en sus planes, que no son muchos. Y si al final se casa, procurará que el cuñado no sea crápula, viciosillo como él,  y pueda encontrarlo en un puticlú de comarcal fatigando rameras. Con tal de perderse uno, vale todo. En el fondo, el que se pierde anhela que se le encuentre. Cuánto más tiempo pase, con mayor ahínco se contentará, con más vehemente deseo imaginará el momento en que den con él y lo traigan de vuelta a casa. Se cree que nunca se ha marchado uno de ella. En lo más profundo del alma, jamás la abandonamos. 

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