“Una mujer pembote micciona erguida para emular a su hombre, para emular al hijo, al abuelo. El orín caliente resbalado muslo abajo las protege de algunas enfermedades tropicales. Una mujer pembote que no miccione erguida para emular a sus varones termina atacada por una caterva asombrosa de males que deterioran extraordinariamente su salud con furia incontenida. Se le descuelgan los pechos a temprana edad y la lozanía del rostro muda en un caos de sombras y arrugas. Las mujeres pembote, al desposarse, juran que no traerán mujeres al mundo. Si caen en el error de alumbrarlas, juran que las educarán conforme las educaron a ellas y con arreglo a los designios de su dios, que es un árbol milenario que preside la montaña y habla un idioma del que solo se conocen blasfemias. El árbol divinizado no consiente que las féminas de la tribu miccionen, como sucede en otros poblados, en cuclillas. Las virtudes del orín caliente derramado muslo abajo hasta el mismo pie ha producido una rica literatura de transmisión oral (los pembote son ágrafos) que se recita en plenilunios para conciliar más gratamente el sueño en una suerte de nana ancestral y ruidosa que también posee la facultad de espantar demonios, despertar en los adultos el apetito carnal y ahuyentar fieras de la jungla. Otro episodio de consecuencias literarias es aquel que fomenta la banalización absoluta del sexo. La mujer pembote propende a buscar hombre estable que la colme de hijos, pero vive en lícita mancebía lúbrica y fornica con impudor y algarabía con cualquiera hombre que la halague. Es pieza habitual ver un corrillo de muchachos que observa a una pareja entregada, en una sombra, a la vera de un cauce, al amor. Esperan turno. Cuando la mujer pembote deja de ser fértil, se la destierra a la linde del poblado donde crece, asalvajado, el cuyandú, la flor de los deseos. Masticada, hace que vuelva el menstruo para que todo sea como antes y el destierro concluya. El hombre pembote tiene el único deber de satisfacer sexualmente a la mujer pembote. Un collar estrambótico al cuello delata al hombre incompetente, de hombría precaria, invisible a veces. Cuando el conquistador extremeño Ricardo de Guzmán devastó, hacia 1.540, la aldea pembote, unas cuantas mujeres lograron huir y fundaron, río arriba, un poblado. Los hombres, con el tiempo, fueron obligados a miccionar en cuclillas para emular a sus hembras y el árbol-dios fue cortado y quemadas una a una todas sus caprichosas cortezas. Yo, Blas Nuño de la Vega, llevo los últimos tal vez diez años, aquí el tiempo se cuenta en cosechas o en graznidos de ciertos pájaros, en la aldea emancipada de las mujeres pembote. Más por mi edad, provecta y achacosa, que por mis hábitos religiosos, a veces huidizos, no tengo el delirio de la carne, por más que el corazón dé en encabritarse cuando una mujer pembote se me acerca y tienta y la sangre que me recorre sea un escándalo de vivo fuego. Me entrego a mis lecturas, pues traje a este retiro libros de mi congregación y alguna novela pecaminosa que encontré en el galeón que nos trajo a este hermoso continente. Entretengo los días viendo crecer la selva. Ella es la que los enloquece a todos. Creo que ya se ha fijado en mí. Mi Dios es un rival que debe ser sacrificado. Flaquean mis fuerzas, siento en el pecho un dolor…
(Apunte sin cerrar del diario del abad Nuño de la Vega. Hacia 1774)
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