21.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 19 / Segundo Cascajo



 A Marina Sogo, por darme la primera imagen de la historia frente a una taza de caracoles


Segundo Cascajo comía pétalos de magnolia grandiflora cuando vio a Dios en la fronda cercana de un bosque de almeces. Se le acercó y le habló palabras que no entendió, pero que lo colmaran de una dicha inédita sin parecido a ninguna de las que su corta existencia le había deparado. La flor, macerada más tarde en cuenco bendecido por un archidiácono septuagenario, según se le informó, da brillo y alerta los sentidos hacia la pura efusión de la divinidad y se afinca en los ojos un milagro inasible al comercio de las palabras. Complacido por la contemplación, acogió la única ingesta de magnolias como dieta y experimentó una vivísima decoloración cutánea que su delirio atribuyó a las visitas de la divinidad. Al correr del tiempo, enfermo y feliz, ungido por una luz inverosímil, aceptó que la muerte se ocupara de él y así pudiera departir sin el estorbo de las humanas debilidades con el coro arcangélico, los alados serafines y, si condescendía el azar con su plétora de bondades, con Dios mismo. Ese hecho devendría en el oficio al que dedicaría la suma festiva de todas las unánimes eternidades. Al no ser agasajado con este anhelo puro, se aplicó con más denuedo en la afición a las magnolias. Se conminó entonces a manuscribir la sustancia de su espiritual empeño con el propósito de que la comparecencia de la palabra hiciera que hasta el cielo se poblara de milagros y se entreviera la morada eterna, el pelo blanco de los apóstoles (apostaría Segundo a que era blanco y largo como el de los profetas) y el ojo del Creador (debió haber escrito): "El Ojo del Creador"). El tiempo se las compuso para que la cruzada evangélica del señor Cascajo cundiera en la feligresía más impresionable, la que anda siempre a la espera de que una señal les imponga un camino o les censure otro. Así ganó la adhesión de convecinos iluminados por la posibilidad de recibir a Dios y sentir su divino abrazo. Segundo abrió una escuela de la que fue prócer entusiasmado a la que acudieron enfervorecidos discípulos. Agotado el suministro de magnolias, las reemplazó por petunias, atribuyéndoles virtudes teológicas de más hondo apresto. La muda floral no dio mayor luz, ni de esa súbita sustitución vertió reseña meritoria, pero los caminos del Señor son inescrutables, proclaman los crédulos: discurren a su antojadizo capricho, arguyen su propia trama, desoyen las súplicas, convocan inefables credos. Quienes ingirieron pétalos de petunia bajo la supervisión del versado Cascajo prorrumpieron en latines y en parábolas, la clara voz del Altísimo tomó las suyas y eran melifluas y sobrecogedoras las palabras. Extasiado, conmovido por la repentina eclosión de milagros, Segundo se atiborró de petunias. Las tragó del orto al ocaso sin que su boca cayera en el desmayo ni su ansia flaqueara lo más mínimo. A medianoche, aquejado de un insoportable dolor de tripa, encogido por los espasmos, el sobrevenido comedor de pétalos Segundo Cascajo dejó este mundo. Todos sus discípulos velaron su cuerpo hasta que al amanecer, cansados de rezos y de llanto, lo dejaron en el camastro y se repartieron la comarca para hacer evangelio floral y difundir las bondades de la botánica en las almas cándidas. 

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