9.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 35 / Lucas Piedrahita

 

Qué hermoso acto entrar en el Catastro Municipal o en la Iglesia de San Alberto Magno o en el local de la Asociación de Minusválidos de Guerra con una cuchara en la mano, llevarla de la mano izquierda a la derecha, acariciarla apreciativamente, ver a la señora Peláez, al señor Bermúdez, al joven poeta laureado Cástor Villacisneros, autor de perlas del arte de enganchar versos, mirar la cuchara confiada a los dedos, una o dos veces, intensamente, como en trance, pero nadie dice una palabra o hablan distraídamente de otras cosas y se despiden con aprendida cortesía. Escuchar a Glorita Luján comenzar una conversación sobre el fin de semana tan estupendo que ha pasado con un novio reciente al que le encanta la doma ecuestre y los sellos magiares de principios del siglo XX, pero Glorita no ha recalado en la cuchara, anda embobada con su novio jinete, con su novio filatélico, y no recala en la cuchara, que está en mi mano derecha como un postizo de metal muy brillante, derramada dedos abajo, formando un todo inútil. La mano. La cuchara. Glorita. El miedo a que nadie preste atención a mi cuchara. Podría estar el día entero con ella en la mano. Sujetarla con los dientes. Visitar a mamá. Decirle qué bien cocinas la carrillada, las setas, el arroz con bogavante. Ir a la boda de Luisa Fernanda, la que izó mi novata hombría al olimpo de los espasmos en el verano de los quince años. Acudir más tarde al convite, no soltar en ningún momento la cuchara. Departir con Juanito Alcántara sobre el principio de incertidumbre de Heisenberg, sobre la soledad de los ancianos en las residencias, sobre la noche estrellada de Van Gogh. Cambiar la cuchara de mano de cuando en cuando. Primero una vez cada hora o cada cinco minutos o incesantemente. Como en trance. Como un ejercicio malabar invisible. El primo Severo no se agacha si se cae. Por gordo, por perro, por ciego, por sordo. Me la devuelve con una sonrisa. Ten, tu cuchara, primo Lucas. Los Piedrahita somos así desde hace siglos. Nuestro escudo heráldico es barroco y hechiza a quien lo mira. Es hermoso este día con mi cuchara en mi mano izquierda. Con mi cuchara en mi mano derecha. Si hubiese elegido un cuchillo, me habrían cercado. Todo se habría conducido más trágicamente. A lo mejor, es una conjetura verosímil visto el decurso de los acontecimientos, la cuchara no existe y es una invención de mi ocio. Llegado el momento de deshacerme de la cuchara, si es que alguna encontrara, la dejaría caer con mansa complacencia. Con mimo casi. Ha sido un día muy bonito. Mamá me mira. Se acerca.


- Hijo, ya no veo la cuchara que has llevado todo el día.Todo lo acabas perdiendo.

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