3.12.23

Elogio del torrezno en catorce aforismos




La medición organoléptica de un torrezno es indistinguible de cualquier afloramiento místico. 

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En boca, el crujir del torrezno es de naturaleza sinfónica. Se pueden escuchar las cuerdas, las maderas, los metales, la percusión. Contrabajos, oboes, trombones, timbales rivalizan por ocupar la entera atención de los sentidos. 

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La Inteligencia Artificial es ajena al hechizo del torrezno. No hay en todas las disciplinas computacionales combinación alguna de algoritmos que faculte al corazón de la máquina a bombear la sangre del éxtasis gustativo. 

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La elocuencia del torrezno se faja en su corteza hinchada, salada y dorada, en su moteado de burbujas, en la veta de carne magra, en su lujuria grasienta. Su cuerpo bastardo es sustancia primeriza y pura. El delirio que causa rivaliza con la manzana que codició Adán en el paraíso. No hubo serpiente ladina, ni demonio que la instruya; es la divinidad misma la que ofreció el pecado en forma de panceta primitiva.

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Quien aprecia las singularidades gustativas del torrezno pierde la voluntad, es abducido en cuerpo y alma, se sabe elegido por los dioses para fundar en la tierra una iglesia consagrada al culto a la panza del cerdo.

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Un torrezno bien saboreado denota hasta la presencia de los ásperos taninos en la cáscara de la bellota. Esa contrariedad no malogra el esplendor de la carne, su oratoria apabullante. 

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La maledicencia castiga al torrezno, penaliza su ingesta, lo hace presidir infames catálogos de imprudencias gastronómicas, lo empareja a cualquier veneno que desgobernara el sano balance cardiovascular. Las grasas saturadas, que ni el cerdo ni el hombre procesan, tienen la peor literatura posible, están demonizadas, elevadas al paroxismo del puritanismo culinario, pero el verdadero gourmet desoye las admoniciones, se reafirma en su loco paganismo, alardea de su vicio. 

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Confitado a altas temperaturas, laminado con exquisito esmero, servido como plato de alta cocina, acompañado con patatas revolconas, maridado con una cerveza de abadía o presentado en su más pulcra mismidad, el torrezno da siempre la más generosa manifestación de su primorosa materia. 

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El malditismo le sienta bien al torrezno. Cuantas más campañas se fragüen para amonestar su ingesta, mayor será la adhesión de los parroquianos sancionados. 

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Torrezno y colesterol son términos antitéticos. También cielo e infierno o sangre y ceniza. La verdadera poesía que ha creado el hombre bebe de estas fuentes disímiles. Todo lo que sube termina por bajar. Los extremos se tocan. Hay una rica variedad en el refranero popular. Uno sentencia: "Torreznos sin vino, como olla sin tocino". 

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Rehabilitar el torrezno como fuente inagotable de placer sensorial debería ser labor de poetas. Poco se ha escrito sobre esa materia deleitosa. La ciencia, tan desmotivadora a veces, debería comedirse en su labor didáctica, desdecirse cuando convenga, ora bendecirlo, ora denostarlo, pero que el torrezno sea palabra de uso frecuente. 

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El cuchillo, al hendir con tierna vehemencia su carne jugosa, hace que el torrezno crepite, abra su rosado sublime, se dé como una novia en la noche de bodas. Cuando se incurre en glotonerías, se puede prescindir del troceado y proceder a hacerlo reposar en la boca sin que intermedien los preámbulos galantes. 

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Si la caligrafía árabe, la ebanistería bosnia, el teatro de sombras chino o el arpa irlandesa son patrimonio inmaterial de la humanidad, no encuentro razón que prescinda del torrezno.  

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El torrezno es un francotirador de grasas y de proteínas. Su ausencia de fibra, hidratos de carbono, complejos vitamínicos, sales minerales lo alejan de una dieta saludable, pero cada trozo que se ingiere nos reconcilia con la vida. La Organización Mundial de la Salud es una institución de notorio predicamento en la sociedad, pero no comprende los íntimos mecanismos de la felicidad humana. 






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