15.4.21

La herencia del amor

 


De todas las maneras en que podría festejar el recuerdo de mi padre, que nos dejó hoy hace un año, he pensado que la que más le complacería a él sería la de hacer recuento de los ratos buenos que empleó en viajar. No he visto a nadie que le gustara más ni a nadie que, una vez regresado, se recreara con más vehemencia en contar el viaje y hacer ver a quien escuchara lo que se pierde al no animarse y plantarse en Cantabria o en Italia o en Sevilla, tampoco crean que fueron muchos los sitios. Ni el tiempo disponible (en una época) ni la abundancia económica (en otra) le permitió haber conocido lugares que secretamente amaba y de los que hablaba con emoción, exhibiendo en el timbre de la voz un pequeño arrullo de contenido orgullo. Era como si París existiese para que él ocupara un buen día sus calles y se demorase en alguna terraza. Hizo de viajar un propósito de vida. Y en esa expresión abreviada de su carácter no se incluía la necesidad de que se tuviese que viajar mucho para cumplirla: de verdad que bastaba poco. Él ya se encargaría de magnificarlo y hacerlo épico. Creo que he dado con la palabra: mi padre a la vida le pedía la épica que no había concurrido como él hubiese deseado en la suya. Dadme paseos por Roma, por favor. Dejadme a los pies del Teide. Qué bonito era Montecarlo. A mí no me importaría volver a Santiago de Compostela. Así se manifestó hasta en sus últimos momentos, cuando se le fue la voz y emitía palabras que no era posible comprender. Así que hoy se me ocurre que es esa parte suya la que me hace más feliz traer a mis recuerdos. No trae a cuenta rebuscar en cualquier otra que sólo nos impregne de tristeza. Porque claro que hoy es un día triste. De algún modo que no sé manejar, pensar en mi padre hace que la tristeza rebaje (mucho a veces) el ánimo con el que habitualmente me avituallo para elevar la cumbre de los días, y los hay levantiscos y hasta alguno (por mucho que uno manifieste su contrariedad o arrime las soluciones que lo salven) se presentan grises y también negros. No tocan hoy los días grises ni los días negros. No hacen nada, no tienen invitación en este día en casa. Es mi padre, el aficionado sencillo a tantas cosas, el viajero, el hombre ocupado en sus paseos y en sus cafés, en sus cigarrillos y en sus periódicos, el que hoy se presenta. Se alegraría de que a su nieta le hayan publicado un artículo para su doctorado o que al nieto las cosas le vayan mejor que nunca los estudios o a que al hijo le publiquen otro libro en breve. Eso de los libros era tal vez lo que más le alegraba. Amaba a su manera los libros. Pensaba que adentro se custodiaba la belleza y la memoria. Cualquier posible querencia mía hacia ellos proviene de él. Esa es su huella. Una de ellas. Le echamos de menos. Eso es lo que perdura de uno mismo: que los que se quedan aquí cuando se parte nos echen en falta y piensen en nosotros y festejen los ratos buenos compartidos, la herencia del amor, que es el patrimonio más grande que dejamos. 

1 comentario:

eli mendez dijo...

un texto que le rinde homenaje con mayusculas a ese padre..
.."mi padre a la vida le pedía la épica que no había concurrido como él hubiese deseado en la suya..."
Me parece muy bonito no solo el recuerdo sino la importancia de rescatar ese pensamiento, esa forma de ver la vida..
Amar los libros como custodios de la belleza y la memoria.. Me encanto!
Un abrazo

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