30.10.10

Tuenti, Facebook, Twitter, Flickr, Myspace, Hi5, Xing

Acabo de abrirme un disco duro virtual en el que alojo mi yo escindido. Ahí reside la parte de mí que no sé dónde llevar o la parte de mí a la que siempre es posible acudir y de donde extraer algo relevante. Anoche presumí de disco duro virtual hasta que un amigo me pidió que revelara su contenido. Le dije que hasta ahora unas fotos y un disco de blues. Es la verdad de las mentiras, el lado oscuro del lado limpio: es la extrañeza pura que la tecnología ofrece, a modo de golosina inocente, para confundir al pueblo, que está vacío, sobrealimentado, convencido de ser el pueblo elegido y de estar en el mejor de los mundos posibles. Está el pueblo desorientado, pero facebook puede recuperar la unidad del rebaño y hacer que el mundo parezca una comunidad sana de vecinos con todas las ventanas abiertas, limpios de culpa, dispuestos a abrirse también el corazón si hace falta para que los demás, en gesto compartido, solidaria y festivamente, se abran también el antaño cerrado suyo. Esta hipercultura, tatuada de vínculos binarios, convertida en un pulsador universal llamado google, está desorientando al personal sencillo: lo está arrojando al lodazal de la incomunicación, pero con la etiqueta de que se le está empujando (arrojar es excesivo) a justo lo contrario, a un mundo perfecto en el que todo está al alcance y todos estamos conectados. Y hay una parte de verdad en esta mentira consensuada: estamos construyendo un nuevo mundo. Un mundo con un par de fotos de un viaje que hice y un disco de blues del delta. Quizá sólo eso. Seguimos alerta.
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Los versos de Miguel Hernández inundan la Red




"Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta al que hemos ido recordando en Internet con numerosas actividades. Hagamos que la red se inunde con sus versos."

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

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29.10.10

Clásicos en la escuela


(link) «... no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después tus clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela

Ítalo Calvino, Por qué leer los clásicos, Barcelona, Círculo de Lectores, 1993, p. 17

La cultura entera debería ser un acto de amor. Debajo de ese amor, el que la deguste, quien se deje invadir por ella, encontrará goces primarios, caricias perplejas, profundas marcas que le transformarán y comprobará que, una vez iniciado, consciente ya de la herencia que está a punto de serle entregada, sólo queda el abandono, la irrenunciable certidumbre de ese amor insobornable.

La cultura entera debería ser un acto de amor. Leer a los clásicos gobierna en cierto modo toda la lectura que les precede. Antes de caer en
Valente, haber caído en Góngora. Antes de caer en Roberto Bolaño, haber caído en Chesterton. Lo que escribe uno es justamente la consecuencia de todos los libros que existen. La trama de la escritura se asiente sobre todos los libros que existen. Pero existen demasiados libros. Está el libro como un recipiente infame de literatura menor, creada sin respeto hacia quien lee, editada por mercaderes únicamente interesados en sus finanzas. Entonces el que escribe debe driblar la basura que se le cierne. Debe hurgar en las letras ajenas y hacer cribas infinitas hasta que encuentre la lectura definitiva, ésa que guiará todas las demás.

La cultura entera debería ser un acto de amor. Los amantes, enfermizos. La entrega, absoluta. Leer es un acto deliberado de amor. Pero hay amores pervertidos, amores que desarman al corazón y lo convierten en un músculo zafio. Hay amores terribles que malean lo que, en esencia, es bueno y es noble. Amores de los que uno no sale jamás o sale herido o sale insensible.

La buena literatura no es la que uno decide que es buena literatura. La buena literatura se sabe defender a sí misma. Los libros buenos buscan al lector y ya no consienten que se fugue. Consienten, en todo caso, infidelidades con otros libros buenos. Saltar de
Poe a Kavafis. Ir de Gil de Biedma a Marzal.

Es clásico el libro que parece siempre recién escrito. Cervantes estaba anoche poblando de su
Alonso Quijano con fantasmas y ensoñaciones. Melville acaba de enloquecer a su Ahab. El escritor clásico está reescribiendo su libro de continuo. Cada lector lo resucita y lo obliga a sentarse a manuscribirlo de nuevo. Con ternura. Con mimo de padre que está contemplando al hijo recién traído al mundo.

La cultura en la escuela es un acto de amor guiado. Se le deben dar al escolar clásicos, pero no conviene aturdirlo. El amor a la cultura es un deslumbramiento y es al profesor al que le incumbe el oficio de reproducir en el espacio abierto del aula las circunstancias que facilitan el idilio. Sólo eso. El buen profesor es el que crea lectores. Buenos o malos. Después se pulirán. Luego encontrarán su libro magistral, el que abrirá lujurioso paso a los otros. A la escuela se le encomienda la enseñaza de la lectura. Debería añadirse a ese empeño el logro del amor a la lectura. Si una triunfa y la otra se malogra, la escuela habrá perdido su batalla principal: crear ciudadanos sensibles, sensibles y formados, especialmente sensibles a la belleza y a la inteligencia. Los libros custodian belleza. Leer es una aventura. La escuela, urgida por las prisas, metida en fiebres numéricas, abandona (las más de las veces) el cometido de la aventura. En ella, en su desparpajo sentimental, está el tránsito de la vida. En los libros, en las historias que cuentan, está también la vida. Hay más vida en La isla del tesoro que muchos planes de estudios.

El canon, que proviene del griego, es la vara, es la norma, es el conducto. El canon incluye a
Joseph Conrad y excluye a Jorge Bucay. El canon literario es un arma de muchos filos. Bloom ha vendido muchos libros y ha dado muchas conferencias alrededor del suyo, pero es sencillamente uno y, además, uno sumamente conflictivo porque elude la totalidad de la literatura y se recrea en hacer un nomanclátor de los clásicos cercanos. Como una especie de lista vecinal en donde no cabe lo que no vemos al alcance. Henry James es un clásico, pero Otra vuelta de tuerca no es un libro que deba leerse hasta que haya sido procesado a Poe. Incluso a Lovecraft. El canon es un bucle. Vuelve a un lugar. Se gusta en los merodeos. Está feliz en su función de lazo sentimental entre siglos. La escuela está ahí para conocer el canon, cribarlo, ofrecer al joven lector una porción digerible de cultura. Todavía recuerdo al profesor obstinado que se ocupó de borrar de mi lista de clásicos del futuro a La regenta, ese tocho de Clarín al que accedí mal y al que nunca he podido regresar sin el dolor causado antaño. Puestos a hacer mal la oferta, que no haya oferta. Duele que haya todavía profesores que se consideren veladores de la cultura, agentes activos de su difusión y luego carezca del hábito privado de la lectura. No leer, en quien da cultura a los demás, no es un acto de amor. Pero hay amores terribles...

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"Un sueño"



En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma del círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sob
re un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.
Un sueño, JLB





28.10.10

El libro / Redux

"Todo lector es el elegido de un libro"
Edmond Jabés


Cada libro, en cierto modo, es la historia particular del lector que lo abre. No existe como libro hasta que alguien formula el rito de su imposición a la realidad. Antes de ese acto mágico el libro es un objeto entre los objetos, como diría Borges, un fantasma, como diría Cela, que precisa un público para dejar de serlo. Jabés, el autor de la formidable cita que abre esta historia, va siempre más allá: viene a decir que el libro no sólo elige al lector sino que crea al escritor. El aburrido trabajo de contable de Kafka o de Pessoa seguro que consentía libros secretos dentro del abrigo. El otoño es propicio para esas escaramuzas. El libro se convierte así en un objeto clandestino, en un espejo furtivo de nuestra propia incertidumbre ante la vida. Se trata, al cabo, de nunca ir solo. El lector es una especie de enemigo acérrimo de la soledad. Busca siempre refugios, lugares donde otros desamparados facultaron las actas de una cofradía única, ajena al tráfago de las prisas del mundo vertiginoso que hemos inventando. El cófrade secreto, héroe de sus fugas, cómplice de la bondad del botín, no precisa correligionarios que le aplaudan los gestos, los títulos y los pie de página abiertos en cada capítulo, en cada pequeño verso.




"De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.En César y Cleopatra de Shaw, cuando se habla de la biblioteca de Alejandría se dice que es la memoria de la humanidad. Eso es el libro y es algo más también, la imaginación. Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro.Yo he pensado, alguna vez, escribir una historia del libro. No desde el punto de vista físico. No me interesan los libros físicamente (sobre todo los libros de los bibliófilos, que suelen ser desmesurados), sino las diversas valoraciones que el libro ha recibido. He sido anticipado por Spengler, en su Decadencia de Occidente, donde hay páginas preciosas sobre el libro. Con alguna observación personal, pienso atenerme a lo que dice Spengler.Los antiguos no profesaban nuestro culto del libro ‑cosa que me sorprende; veían en el libro un sucedáneo de la palabra oral. Aqella frase que se cita siempre: Scripta maner verba volat, no significa que la palabra oral sea efímera, sino que la palabra escrita es algo duradero y muerto. En cambio, la palabra oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales.Tomaremos el primer caso: Pitágoras. Sabemos que Pitágoras no escribió deliberadamente. No escribió porque no quiso atarse a una palabra escrita. Sintió, sin duda, aquello de que la letra mata y el espíritu vivifica, que vendría después en la Biblia. El debió sentir eso, no quiso atarse a una palabra escrita; por eso Aristóteles no habla nunca de Pitágoras, sino de los pitagóricos. Nos dice, por ejemplo, que los pitagóricos profesaban la creencia, el dogma, del eterno retorno, que muy tardíamente descubriría Nietzsche. Es decir, la idea del tiempo cíclico, que fue refutada por San Agustín en La ciudad de Dios. San Agustín dice con una hermosa metáfora que la cruz de Cristo nos salva del laberinto circular de los estoicos. La idea de un tiempo cíclico fue rozada también por Hume, por Blanqui... y por tantos otros.Pitágoras no escribió voluntariamente, quería que su pensamiento viviese más allá de su muerte corporal, en la mente de sus discípulos. Aquí vino aquello de (yo no sé griego, trataré de decirlo en latín) Magister dixit (el maestro lo ha dicho). Esto no significa que estuvieran atados porque el maestro lo había dicho; por el contrario, afirma la libertad de seguir pensando el pensamiento inicial del maestro.No sabemos si inició la doctrina del tiempo cíclico, pero sí sabemos que sus discípulos la profesaban. Pitágoras muere corporalmente y ellos, por una suerte de transmigración ‑esto le hubiera gustado a Pitágoras‑ siguen pensando y repensando su pensamiento, y cuando se les reprocha el decir algo nuevo, se refugian en aquella fórmula: el maestro lo ha dicho (Magister dixit).Pero tenemos otros ejemplos. Tenemos el alto ejemplo de Platón, cuando dice que los libros son como efigies (puede haber estado pensando en esculturas o en cuadros), que uno cree que están vivas, pero si se les pregunta algo no contestan. Entonces, para corregir esa mudez de los libros, inventa el diálogo platónico. Es decir, Platón se multiplica en muchos personajes: Sócrates, Gorgias y los demás. También podemos pensar que Platón quería consolarse de la muerte de Sócrates pensando que Sócrates seguía viviendo. Frente a todo problema él se decía: ¿qué hubiera dicho Sócrates de esto? Así, de algún modo, fue la inmortalidad de Sócrates, quien no dejó nada escrito, y también un maestro oral. De Cristo sabemos que escribió una sola vez algunas palabras que la arena se encargó de borrar. No escribió otra cosa que sepamos. El Buda fue también un maestro oral; quedan sus prédicas. Luego tenemos una frase de San Anselmo: Poner un libro en manos de un ignorante es tan peligroso como poner una espada en manos de un niño. Se pensaba así de los libros. En todo Oriente existe aún el concepto de que un libro no debe revelar las cosas; un libro debe, simplemente, ayudarnos a descubrirlas. A pesar de mi ignorancia del hebreo, he estudiado algo de la Cábala y he leído las versiones inglesas y alemanas del Zohar (El libro del esplendor), El Séfer Yezira (El libro de las relaciones). Sé que esos libros no están escritos para ser entendidos, están hechos para ser interpretados, son acicates para que el lector siga el pensamiento. La antigüedad clásica no tuvo nuestro respeto del libro, aunque sabemos que Alejandro de Macedonia tenía bajo su almohada la Ilíada y la espada, esas dos armas. Había gran respeto por Homero, pero no se lo consideraba un escritor sagrado en el sentido que hoy le damos a la palabra. No se pensaba que la Ilíada y la Odisea fueran textos sagrados, eran libros respetados, pero también podían ser atacados.Platón pudo desterrar a los poetas de su República sin caer en la sospecha de herejía. De estos testimonios de los antiguos contra el libro podemos agregar uno muy curioso de Séneca. En una de sus admirables epístolas a Lucilio hay una dirigida contra un individuo muy vanidoso, de quien dice que tenía una biblioteca de cien volúmenes; y quién ‑se pregunta Séneca‑ puede tener tiempo para leer cien volúmenes. Ahora, en cambio, se aprecian las bibliotecas numerosas.En la antigüedad hay algo que nos cuesta entender, que no se parece a nuestro culto del libro. Se ve siempre en el libro a un sucedáneo de la palabra oral, pero luego llega del Oriente un concepto nuevo, del todo extraño a la antigüedad clásica: el del libro sagrado. Vamos a tomar dos ejemplos, empezando por el más tardío: los musulmanes. Estos piensan que el Corán es anterior a la creación, anterior a la lengua árabe; es uno de los atributos de Dios, no una obra de Dios; es como su misericordia o su justicia. En el Corán se habla en forma asaz misteriosa de la madre del libro. La madre del libro es un ejemplar del Corán escrito en el cielo. Vendría a ser el arquetipo platónico del Corán, y ese mismo libro ‑lo dice el Corán, ese libro está escrito en el cielo, que es atributo de Dios y anterior a la creación. Esto lo proclaman los sulems o doctores musulmanes.Luego tenemos otros ejemplos más cercanos a nosotros: la Biblia o, más concretamente, la Torá o el Pentateuco. Se considera que esos libros fueron dictados por el Espíritu Santo. Esto es un hecho curioso: la atribución de libros de diversos autores y edades a un solo espíritu; pero en la Biblia misma se dice que el Espíritu sopla donde quiere. Los hebreos tuvieron la idea de juntar diversas obras literarias de diversas épocas y de formar con ellas un solo libro, cuyo título es Torá (Biblia en griego). Todos estos libros se atribuyen a un solo autor: el Espíritu.A Bernard Shaw le preguntaron una vez si creía que el Espíritu Santo había escrito la Biblia. Y contestó: Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu. Es decir, un libro tiene que ir más allá de la intención de su autor. La intención del autor es una pobre cosa humana, falible, pero en el libro tiene que haber más. El Quijote, por ejemplo, es más que una sátira de los libros de caballería. Es un texto absoluto en el cual no interviene, absolutamente para nada, el azar.Pensemos en las consecuencias de esta idea. Por ejemplo, si yo digo: Corrientes aguas, puras, cristalinas, árboles que os estáis mirando en ellas verde prado, de fresca sombra lleno es evidente que los tres versos constan de once sílabas. Ha sido querido por el autor, es voluntario.Pero, qué es eso comparado con una obra escrita por el Espíritu, qué es eso comparado con el concepto de la Divinidad que condesciende a la literatura y dicta un libro. En ese libro nada puede ser casual, todo tiene que estar justificado, tienen que estar justificadas las letras. Se entiende, por ejemplo, que el principio de la Biblia: Bereshit baraelohim comienza con una B porque eso corresponde a bendecir. Se trata de un libro en el que nada es casual, absolutamente nada. Eso nos lleva a la Cábala, nos lleva al estudio de las letras, a un libro sagrado dictado por la divinidad que viene a ser lo contrario de lo que los antiguos pensaban. Estos pensaban en la musa de modo bastante vago.Canta, musa, la cólera de Aquiles, dice Homero al principio de la Ilíada. Ahí, la musa corresponde a la inspiración. En cambio, si se piensa en el Espíritu, se piensa en algo más concreto y más fuerte: Dios, que condesciende a la literatura. Dios, que escribe un libro; en ese libro nada es casual: ni el número de las letras ni la cantidad de sílabas de cada versículo, ni el hecho de que podamos hacer juegos de palabras con las letras, de que podamos tomar el valor numérico de las letras. Todo ha sido ya considerado.El segundo gran concepto del libro ‑repito‑ es que pueda ser una obra divina. Quizá esté más cerca de lo que nosotros sentimos ahora que de la idea del libro que tenían los antiguos: es decir, un mero sucedáneo de la palabra oral. Luego decae la creencia en un libro sagrado y es reemplazada por otras creencias. Por aquella, por ejemplo, de que cada país está representado por un libro. Recordemos que los musulmanes denominan a los israelitas, la gente del libro; recordemos aquella frase de Heinrich Heine sobre aquella nación cuya patria era un libro: la Biblia, los judíos. Tenemos entonces un nuevo concepto, el de que cada país tiene que ser representado por un libro; en todo caso, por un autor que puede serlo de muchos libros.Es curioso ‑no creo que esto haya sido observado hasta ahora‑ que los países hayan elegido individuos que no se parecen demasiado a ellos. Uno piensa, por ejemplo, que Inglaterra hubiera elegido al doctor Johnson como representante; pero no, Inglaterra ha elegido a Shakespeare, y Shakespeare es ‑digámoslo así‑ el menos inglés de los escritores ingleses. Lo típico de Inglaterra es el understatement, es el decir un poco menos de las cosas. En cambio, Shakespeare tendía a la hipérbole en la metáfora, y no nos sorprendería nada que Shakespeare hubiera sido italiano o judío, por ejemplo.Otro caso es el de Alemania; un país admirable, tan fácilmente fanático, elige precisamente a un hombre tolerante, que no es fanático, y a quien no le importa demasiado el concepto de patria; elige a Goethe. Alemania está representada por Goethe.En Francia no se ha elegido un autor, pero se tiende a Hugo. Desde luego, siento una gran admiración por Hugo, pero Hugo no es típicamente francés. Hugo es extranjero en Francia; Hugo, con esas grandes decoraciones, con esas vastas metáforas, no es típico de Francia.Otro caso aún más curioso es el de España. España podría haber sido representada por Lope, por Calderón, por Quevedo. Pues no. España está representada por Miguel de Cervantes. Cervantes es un hombre contemporáneo de la Inquisición, pero es tolerante, es un hombre que no tiene ni las virtudes ni los vicios españoles.Es como si cada país pensara que tiene que ser representado por alguien distinto, por alguien que puede ser, un poco, una suerte de remedio, una suerte de triaca, una suerte de contraveneno de sus defectos. Nosotros hubiéramos podido elegir el Facundo de Sarmiento, que es nuestro libro, pero no; nosotros, con nuestra historia militar, nuestra historia de espada, hemos elegido como libro la crónica de un desertor, hemos elegido el Martín Fierro, que si bien merece ser elegido como libro, ¿como pensar que nuestra historia está representada por un desertor de la conquista del desierto? Sin embargo, es así; como si cada país sintiera esa necesidad.Sobre el libro han escrito de un modo tan brillante tantos escritores. Yo quiero referirme a unos pocos. Primero me referiré a Montaigne, que dedica uno de sus ensayos al libro. En ese ensayo hay una frase memorable: No hago nada sin alegría. Montaigne apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso. Dice que si él encuentra un pasaje difícil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad.Recuerdo que hace muchos años se realizó una encuesta sobre qué es la pintura. Le preguntaron a mi hermana Norah y contestó que la pintura es el arte de dar alegría con formas y colores. Yo diría que la literatura es también una forma de la alegría. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente, porque su obra requiere un esfuerzo.Un libro no debe requerir un esfuerro, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Pienso que Montaigne tiene razón. Luego enumera los autores que le gustan. Cita a Virgilio, dice preferir las Geórgicas a la Eneida; yo prefiero la Eneida, pero eso no tiene nada que ver. Montaigne habla de los libros con pasión, pero dice que aunque los libros son una felicidad, son, sin embargo, un placer lánguido.Emerson lo contradice ‑es el otro gran trabajo sobre los libros que existe‑. En esa conferencia, Emerson dice que una biblioteca es una especie de gabinete mágico. En ese gabinete están encantados los mejores espíritus de la humanidad, pero esperan nuestra palabra para salir de su mudez. Tenemos que abrir el libro, entonces ellos despiertan. Dice que podemos contar con la compañía de los mejores hombres que la humanidad ha producido, pero que no los buscamos y preferimos leer comentarios, críticas y no vamos a lo que ellos dicen.Yo he sido profesor de literatura inglesa, durante veinte años, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Siempre les he dicho a mis estudiantes que tengan poca bibliografía, que no lean críticas, que lean directamente los libros; entenderán poco, quizá, pero siempre gozarán y estarán oyendo la voz de alguien. Yo diría que lo más importante de un autor es su entonación, lo más importante de un libro es la voz del autor, esa voz que llega a nosotros.Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras, y creo que una forma de felicidad es la lectura; otra forma de felicidad menor es la creación poética, o lo que llamamos creación, que es una mezcla de olvido y recuerdo de lo que hemos leído.Emerson coincide con Montaigne en el hecho de que debemos leer únicamente lo que nos agrada, que un libro tiene que ser una forma de felicidad. Le debemos tanto a las letras. Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído. Yo tengo ese culto del libro. Puedo decirlo de un modo que puede parecer patético y no quiero que sea patético; quiero que sea como una confidencia que les realizo a cada uno de ustedes; no a todos, pero sí a cada uno, porque todos es una abstracción y cada uno es verdadero.Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros. Los otros días me regalaron una edición del año 1966 de la Enciclopedia de Brokhause. Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes con una letra gótica que no puedo leer, con los mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo, el libro estaba ahí. Yo sentía como una gravitación amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres.Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible. Se dirá qué diferencia puede haber entre un libro y un periódico o un disco. La diferencia es que un periódico se lee para el olvido, un disco se oye asimismo para el olvido, es algo mecánico y por lo tanto frívolo. Un libro se lee para la memoria.El concepto de un libro sagrado, del Corán o de la Biblia, o de los Vedas ‑donde también se expresa que los Vedas crean el mundo‑, puede haber pasado, pero el libro tiene todavía cierta santidad que debemos tratar de no perder. Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estético. ¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas; pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez.Heráclito dijo (lo he repetido demasiadas veces) que nadie baja dos veces al mismo río. Nadie baja dos veces al mismo río porque las aguas cambian, pero lo más terrible es que nosotros somos no menos fluidos que el río. Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra. Además, los libros están cargados de pasado.He hablado en contra de la crítica y voy a desdecirme (pero qué importa desdecirme). Hamlet no es exactamente el Hamlet que Shakespeare concibió a principios del sigio XVII, Hamlet es el Hamlet de Coleridge, de Goethe y de Bradley. Hamlet ha sido renacido. Lo mismo pasa con el Quijote. Igual sucede con Lugones y Martínez Estrada, el Martín Fierro no es el mismo. Los lectores han ido enriqueciendo el libro.Si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros. Por eso conviene mantener el culto del libro. El libro puede estar lleno de erratas, podemos no estar de acuerdo con las opiniones del autor, pero todavía conserva algo sagrado, algo divino, no con respeto superticioso, pero sí con el deseo de encontrar felicidad, de encontrar sabiduría.Eso es lo que quería decirles hoy."
24 de mayo de 1978. En Borges oral, 1980.

Más Miles




So what

El hecho de que haya días en los que no oiga ni una sola nota de Miles Davis no incomoda mi absoluta rendición a su genio, no modifica la certidumbre de que está a mi lado, atento a que le llame. Este obrero estajanovista de mirada perdida y apasionados diálogos con su alma a través de la trompeta hizo cientos de discos, se hizo acompañar de cientos de sidemen e influyó a cientos de músicos que influyeron a cientos de músicos. Una especie de facebook sin números binarios de por medio. Él anduvo siempre arriba, presidiendo la comunidad del jazz como llave para abrir la nueva sensibilidad del ciudadano moderno. Porque el jazz es la música clásica de nuestros tiempos igual que antaño el Barroco lo fue en los suyos. Escribir sobre Miles Davis es un placer: uno no necesita acudir a otro sitio que no sea el corazón y es ese músculo el que consiente las palabras y da la medida exacta del amor que se puede profesar por un músico.
Es cierto que hoy no he escuchado a Miles Davis, pero sé que no tardaré mucho. Tal vez mañana cargue mi bendito Ipod con A Kind of blue, el mejor disco de la Historia, (So What, Freddie Freeloader, Blue In Green, All Blues y Flamenco Sketches), y escuche So what, los ocho minutos más maravillosos que este cronista de sus vicios haya escuchado. Haré todo eso y me perderé como suelo en la perfección. Existe. Dura ocho minutos. John Coltrane "Cannonball" Adderley ,Bill Evans , Wynton Kelly...

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27.10.10

Tetas o cultura


La cultura se está convirtiendo, en estos tiempos de soberbia y de abundancia estéril, en un objeto de consumo masivo, en algo vendible, pero escaso en valor o en riqueza. Esta frivolización no conviene muy a pesar de que, en principio, sin hurgar en exceso en sus consecuencias a largo plazo, este aligeramiento de los contenidos, esta banalización de la forma, pueda hacer pensar que sí, que algo bueno saldrá de todo y, al menos, el espectador iletrado o el lector ignorante podrá beneficiarse de un nomenclátor nuevo con el que acceder a una vida social más plena. Todo es mentira. No se trata de que se lea más y de que importe poco qué se lea: una indigestión literaria de templarios, códices ocultos y vírgenes negras que fueron abducidas por una orden secreta puede arruinar la sensibilidad (y el sentido común) tanto o más que la ausencia de lectura alguna. Tal vez únicamente sea la idea ancestral de no aburrirnos: de ocupar buenamente el tiempo como se pueda. Ahí abdican mis argumentos: formidable aquél que se pierde en las conjuras vaticanas y en los recetarios de autoayuda de bolsillo a lo Bucay. ¿Cómo vamos a llegar con nuestra indignación y estropearle la sentada, el disfrute elemental y primario, el goce de la palabra revelada?
Pero la literatura y el cine y la música (que entra en lid) ofrecen siempre algo más: ese algo es la sustancia de la felicidad absoluta, el numen de la dicha, la celebración de los sentidos en una orgía plenipotenciaria de emociones y de conocimiento. Si prescindimos de ese último componente (el conocimiento) las novelitas ñoñas del corazón ametralladas por cualquier dama tejana de setenta años pueden configurar a su antojo el bagaje cultural de cualquier persona. Mi tío Alberto leía a Marcial Lafuente Estefanía y a Clark Carrados, héroes de cierta subliteratura de tono cinematográfico, exenta de hondura y untada de una épica asombrosa y un autocomplaciente sentido de la vacuidad. ¿Era un buen lector? No lo dudo. Leía, al cabo, leía con ardor como a veces cree leer quien se enfanga en más altas torres, en Musil (mi amigo K. ahí anda) o en Vargas Llosa, ahora tan nombrado.
El cine, a menudo, se contagia de estas veleidades comerciales: demasiadas veces. Vende basura a 24 fotogramas por segundo y del mismo modo en que un glotón de hamburguesas grasientas firma su sentencia de obeso y engrosa la lista de enfermos me pregunto yo si el consumidor de cine basura (fast food movies) también engordará y obturará el filtro de la sensibilidad, el finísimo hilo que separa la belleza de la mediocridad, el trabajo honrado y abonado al Arte (esa cosa tan maravillosa y tan palizada) de la faena vergonzante. Me pregunto si la juventud narcotizada por la tremebunda oferta de bodrios de bronca digital y revuelos hormonales (de Casi 300 a Ghost Rider, de Spanish movie a -oh espanto- Híncame el diente) podrá en edad adulta sentarse en un cómodo butacón (nada de cine en pantalla grande por desgracia) a deleitarse con La diligencia, Tempestad sobre Washington o El ladrón de bicicletas.
¿Dónde está el interruptor que conmuta la estulticia y abre la inteligencia? ¿Será posible que un día los clientes de ese cine palomitero y ligero como pompas de jabón barato accedan a dejarse embaucar por Fritz Lang, por Ernst Lubitsch o por William Wyler? ¿Podrá ser que un cliente habitual de David Lynch o de Roberto Rosselini hocique su cinefilia en un Michael Bay o en un Santiago Segura, perlas las dos de un cine que se vende, pero que no cuaja en la memoria? La pregunta va más lejos: ¿Si no hay tiros no hay esperanza? ¿Si no hay tetas no hay paraíso?
Quizá la respuesta esté a mano. Basta el enamoramiento, el deslumbramiento, la evidencia tangible de que la belleza existe y se llama Las uvas de la ira, Con la muerte en los talones, Casablanca, Perdición o Pulp Fiction. Porque no sólo de bondades blancas y sentimientos purísimos vive el cinéfilo. Pulp Fiction es el puente entre un cine y otro igual que el jazz suavón de George Benson me condujo a mí de Kenny G. a John Coltrane. O igual que Stephen King unió a Joseph Berna (otro incunable de las ediciones de préstamo) con Truman Capote.
Así que no buscad la pureza, oh lectores cómplices. Dejad paso al espúreo viento del asombro: ése que deja que la imaginación planee y se pose (libre te quiero, pero mía, dijo el poeta) allá donde le plazca, pero quiera el azar o la suma de muchos azares que los artistas creen, hagan su trabajo en paz, edifiquen el templo de la belleza y del conocimiento para que los usuarios (consumidores, al cabo) dispongamos del muestrario a punto, en bandeja, dispuesto a ser devorado sin más retórica que el hambre y las ganas de darnos gusto, un gusto supremo. Y si el lector no es cómplice y considera que esta reflexión es una evidencia de mi enfermizo idilio con mis vicios pues no seré yo quien le contradiga. Vicioso en evidencia, y que me entierre un acomodador en una hipotética (no son tan buenas) fila siete, ya talludito y muy incapaz de seguir la historia, pero emocionado por pisar un cine y sentir su oscuridad. Vale también un libro. Vale un disco. De eso se alimenta mi espíritu y ahí es donde me engordo. Y os aseguro que eso es cierto sin dobleces ni retórica. Así que: ¿Tetas o cultura? ¿Un nivel intermedio?
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26.10.10

Frank Kafka, Marc Almond



Anoche, una vez más, releí La metamorfosis. Kafka es un autor adictivo. Yo al menos vuelvo a su prosa concisa y pura. Suelo acudir con más frecuencia cuando la realidad me aturde: ahí es en donde encuentro consuelo, en la contemplación del caos, en la certidumbre de que la vida es un delirio sin argumento, una especie de juego sin propósito, una trampa maravillosa, pero trampa al cabo. Se lee a Kafka con el asombro con que no se lee a otros autores. Como si Kafka, en sí mismo, fuese un género. Lo fue y en grado extremo cuando el azar me dejó en prenda un solitario libro con el que amenizar tardes enormes sin empeño, tardes castrenses en donde el único instrumento de mi ocio era un walkman con una escasa cinta (un recopilatorio doméstico de Marc Almond) y ese volumen maravilloso. Creo que hubiese dado lo mismo que Kafka fuese Cortázar o Kipling o Joyce, autores que empezaba a conocer a fondo entonces y cuyas primeras lecturas me turbaban. Reconozco que a Joyce lo miraba con recelo. Stephen Dedalus, aún hoy, no reclama mis atenciones. Me aburría enormemente Ulysses, y veinte años más tarde todavía no he logrado afinar mi asombro, conducirlo al disfrute y caer en la cuenta de que Joyce escribía para mí. Tengo a veces esa sensación: que el autor me habla y que yo le escucho. Que hay entre ambos una armonía tácita, un secreto hermoso que está siendo desvelado, una historia que sucedió para que yo la conociera. Pero veinte años son muchos, y ya no tengo ni la cinta de Almond. Me contento con manuscribir (un insecto no escribe en word) el texto de Samsa. De otro modo. Innecesariamente.



Ser Samsa
Lo peor que puede sucederle a uno es acostarse siendo José o Federico o Juan Alberto y despertarse siendo Gregorio Samsa. Y esto es lo que a mí me ha pasado. Creo haberlo superado, pero mi vida no se ha rebajado del caos y del desmán absoluto y convivo con lo deforme, con lo anómalo, con todo lo abominable desde aquella indigna mañana. Me cuesta escribir porque Samsa tenía las extremidades romas y cortas. Agarro el bolígrafo con dificultad y la tinta concede a la caligrafía una coreografía arcana e imposible de manchas y de palabras ilegibles. Tanto así me sucede con la comida o con el sueño. El cuerpo no se me adapta del todo a las convenciones del mobiliario y los instrumentos habilitados para aprehender los alimentos se me antojan objetos infernales en la maraña caótica de mis dedos. Cuando me vi como Samsa en el espejo, lloré. Pedí que a la mañana siguiente no amaneciera Samsa de nuevo sino que despertase muerto o ángel o ropa arrugada al pie de la cama. Una frívola anuencia de que eso no iba a pasar fue apoderándose de mí durante el día. Al anochecer, consentí ser Samsa porque quizá el alma era en entero todavía mía y ahí adentro no obraba la deformidad ni era dominio de lo grotesco. El alma, en ocasiones, en la fiebre, en el vértigo, se mantiene pura. Visto Samsa en el espejo, Samsa era hermoso. Profanado, vulnerado, hecho esta viscosa y abyecta conjunción de carne y de huesos, yo también soy hermoso. Hoy he caído enfermo. Apenas como. Las manos se han obstinado en negarme la naturaleza para la que están hechas. El cuerpo se me abomba. No queda comida en la alacena. La que hubiera tampoco podría comerla. Presumo que esta noche dejaré de ser yo y de ser Samsa. Esta página torpe escoltará mi tránsito al olvido. Este arrebato narrativo, torpe y desaliñado de encanto, trivial y siamés de otro, me escolta al sueño.

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¿Crisis, qué crisis?


Salvo que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas, como temía Asterix, nada hay que perturbe nuestra innato gracejo patrio, ése que manifiesta su absoluta confianza en la calma después de la tormenta, aunque estos rayos que se ciernen sobre el planeta vayan escombrando unos cuantos búnkers antaño bien seguros y hayan puesto patas arriba cierta forma de ver la vida. En La Sexta, en uno de esos programitas de tarde una buena señora ha atribuído la estrepitosa situación económica que padecemos a unos manirrotos. Supongo que se refiere a nuestro Gobierno o alguno foráneo que, en la caída, ha arrastrado al resto.
La complejidad del caos queda para los exégetas del caos, viene a decir la mujer. A mí que me registren, añade. Eso de sentenciar y despachar en un plisplás los asuntos más graves y menos rebajables a sentencias es cosa muy hispánica, aliñada con el desparpajo fonético de quien de pronto ve la posibilidad de arreglar el mundo frente a un micrófono y que el país entero aprecie la hondura de su empeño. El transeúnte prudente, senequista de profesión íntima, tercia por la vía menos agresiva y larga sobre el desplome brutal de la Bolsa o el tsunami de las empresas, que de pronto se desprenden de su contacto con el suelo y vuelan como si fuesen pájaros. Pero la cosa pinta negra y no hace falta ser economista para temer que alguna nube disoluta del bendito cielo caiga sobre nuestra cabezas y nos abra una brecha en la confianza ciega en nuestros gobernantes. Quise decir nos abra una brecha mayor, una honda hasta el desmayo sináptico. Y entonces es cuando me acuerdo yo de la egregia portada de aquel disco de los setenta de Supertramp. ¿Crisis, qué crisis?

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25.10.10

Zetapé


Lo fácil sería ahora la crítica feroz. Quizá porque los argumentos no fomentan la indulgencia. Los argumentos son los números que dinamitan por ahí como mecha para prender quién sabe qué cataclismo electoral, pero me temo que el gesto ensimismado es transferible al próximo inquilino monclovita. Esa crítica casi sangrienta la ejercen con oficio algunos gremios de la prensa y la jalean, en plan tabernario, en la mesa camilla de las casas, en lo privado de cada uno, sin un plan escrito, a bocajarro, recorriendo sin rubor las faltas de los que mandan. Debe ser difícil capear este empacho de desafecto hacia una persona. Me imagino que en esa misma intimidad, en el refugio que todos construímos para aislarnos de la realidad, el actor principal de este obra tenebrista tendrá su flaqueza doméstica, sus ratos de estupor, su fiebre, su vértigo inconsolable. Afuera la calle bulle, hierve, rompe en cánticos demenciales, en manifestaciones, en soflamas, en todas esas expresiones públicas de rabia que el pueblo, cuando se le aprieta, airea con furia. No es que el sistema falle o que esto sea principio de algún fin apocalíptico: todo volverá a fluir, todo se conducirá otra vez por cauces de normalidad y habrá tal vez otro al que confiar la promesa del bienestar y a quien culpar de la pandemia por llegar. Porque la política es un bucle y los errores antiguos vuelven (casi siempre) vestidos de errores nuevos. No es en modo alguno este texto una vindicación amable de la figura de ZP. Tampoco una pulla. Es una forma de explicar el gesto contraído, el rigor que evidencia. La fotografía cuenta lo que no se ve. Todas las fotografías, miradas atentamente, cuentan historias. La de este hombre es una de épicas fracasadas y de horizontes quebrados por la vil plata, que lo ha arruinado todo. Queda año y medio para ver en qué queda este desaire popular. Carnaza semántica para los tertulianos. Eso tal vez.

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24.10.10

Una esclavitud gozosa

Gorka Lejarcegi (El País, 24-10-2010)


Hace falta muy poco para escribir. Habrá quien me contradiga. Al Nobel Vargas Llosa le basta poco. La escritura es una esclavitud gozosa, ha dejado dicho en una entrevista, una de tantas de las que tiene a raíz del premio o alguna de las cientos que ha recibido en su vida. Escribir es una esclavitud y hay gozo. Una especie de masoquismo ilustrado. Uno que encuentra argumentos a poco que la mano coja el bolígrafo y el folio en blanco te mire adentro y te pide que lo emborrones. A falta de la clásica hoja vírgen, un buen procesador de texto. Da igual el formato. Importa la entrega. A Vargas Llosa o al más sencillo de los escribidores. Es una esclavitud maravillosa. En lo personal, he escrito en bares, en las barras de los bares, rodeado de gente desconocida, gozosamente perdido entre ellos. He escrito cuando debía y cuando no. He escrito páginas que he tirado (cientos) y he escrito páginas que tengo guardadas como un tesoro privado. He escrito a diario (casi) en este blog desde hace más de mil quinientos días. He escrito sin razón y con ella. Y no me imagino sin escribir. No soy yo mismo (caso de que sea algo) sin dejar palabras hilvanadas con otras de modo que cuenten algo. A veces cuentan poquísimo y otras, aunque sólo me lo parezca a mí, cuentan prodigios. Míos, invisibles, prodigios domésticos. En eso estamos.

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23.10.10

Mentiras (necesarias)


Fernando Savater
decía en un librito muy ameno (El mito nacionalista) que las doctrinas políticas se escudan en falsedades astutas que pronto adquieren la popularidad suficiente como para ser atractivas y concitar el beneplácito y la adhesión del ciudadano soberano. Que la verdad, en política, no despierta nunca entusiasmo alguno, sino interesadas afinidades, complicidades de taberna o, a lo sumo, cercanías teóricas. Algo así viene a suceder en la vida, que es una espcie de madre amantísima de la política y es (inevitablemente) secuaz inteligente de sus prodigios y de sus debilidades.
Si siempre anduviésemos con la verdad, con la estricta verdad, la vida sería insoportable. Hay que impregnarla de una razonable ración de engaño. Toda la literatura se ampara en esta reflexión: el escritor traza una línea entre la realidad y la ficción y se encarama (ufano) a su prosa para contemplar con la debida distancia el paisaje narrado. Vivir, tal vez, consiste en un formidable y trabajoso slalon entre lo que es cierto y lo que no debe serlo, entre las certidumbres absolutas y las mentiras necesarias. En base a ese criterio, vamos tirando, con más o menos fortuna, ganando en experiencias y perdiendo en todo lo demás. Porque en lo demás acabamos siempre perdiendo.
Hay quien acepta este pacto y se deja engatusar por el engaño y quien, en la discusión con uno mismo, se tortura, se pierde, malgasta los días y las noches en la inútil empresa de razonarlo todo y darse el gusto (imprudente) de ordenarlo y creerse que algo de lo aprendido verdaderamente vale la pena. Ahí está el filósofo, que es un escritor más ensimismado de la cuenta. Por eso conviene que finjamos que todo va bien: que tal vez algo no marcha, pero que incluso esa inconveniencia formal está prevista y no debe alarmar ni fomentar el desencanto.
El escritor tiene un refugio extra al común de los mortales: su diálogo con la Eternidad, con todos los demás escritores que le han precedido en el jaleoso y febril decurso de los siglos. Cuando alguien escribe sobre la inmortalidad, Heráclito o Borges le miran. Cuando se escribe sobre la belleza, asiste Don Juan Ramón Jiménez o Ruben Darío. La mentira es un buen lugar para vivir en el mundo. Al menos, en lo libresco. Salinger no ignoraba este máxima. La literatura es un material fungible, hermosamente imperfecto, eventualmente útil, pero también es un artefacto de consumo, un bien más de la golosa cadena de montaje de la gran bestia capitalista. La literatura es entonces el simulacro de libertad dentro del estricto territorio de actuación en donde se nos ha permitido actuar. Sea cual sea. El escritor cruza esa frontera: va y viene por ella. Sólo él está autorizado. Los demás asisten a la ceremonia. Sólo eso. Buenas noches. Paso a desaturdirme. Un viernes excesivo. Me entrego al sueño.


22.10.10

La soledad / La tristeza


Hay pruebas irrefutables de que la soledad existe, pruebas que condenan la ignorancia en un asunto tan serio. Indicios fiables de su presencia casi perversa. En soledad, sin quien nos acompañe o nos ame o incluso nos vigile, el tiempo renuncia al patrón que le asignamos, el tiempo es un fardo hueco, el tiempo es un espejo en el que nadie nos mira.

La soledad refugia meticulosamente su pereza en el paisaje, empozoña el cuerpo, consiente ese abandono tan grato con el que apuramos las tardes cuando el esplendor de la memoria hace próspero inventario de las pasiones, del amor marrado y del eco hecho puro polen en la garganta quemada por un whisky de malta.

Hay pruebas irrefutables de que la tristeza existe: cómo exhibe su lenta orfebrería de sombras, cómo apura el silencio mientras afuera la luz declina su peso formidable sobre la claridad interior de las cosas.

La tristeza tutela nuestra ingreso en el vacío, escolta la luz hacia la sombra, penetra con esmero en el interior del corazón y lo quema.

Hay indicios fiables, números asignados al caos recién alumbrado.

21.10.10

El ángel exterminador: Un "Lost" ateo



El azar no obsequió a Buñuel con la fe: tampoco convino. Esa suerte de intolerancia en materia teológica conformó una obra única que vino a representar, en parte, el convulso panorama político e ideológico de la España de la que Don Luis fue forzado a huir. Todo ese agitado ideario de apostasía militante y anarquía estética tienen están formidablemente escritas en El ángel exterminador, que vale tanto como vehículo estrictamente cinematográfico que como perfil de una personalidad compleja tallada en la adversidad y en cierta escuela de libre pensamiento y casi irrepetible talento ( Lorca, Dalí, Alberti ).
La habilidad enorme de Buñuel ( y el riesgo infinito que contrae ) es hacer verosímil una situación enteramente absurda, rayana en la sinrazón: un nutrido grupo de comensales, invitados por los burgueses Nóbile no pueden ( de forma literal ) salir de una habitación por más que ninguna evidencia física les impida un acto tan elemental y simple. El curso natural de esos días de encierro les reviste de un salvaje instinto de supervivencia que choca frontalmente con el protocolo y las educadas y civilizadas maneras que exhibían antes del desastramiento de la situación.

"Durante el rodaje de «Viridiana» me encontré con el escritor José Bergamín, quien me dijo que se proponía escribir una obra de teatro con el título de «El ángel exterminador».Yo le dije que era un título magnífico y que si iba por la calle y lo veía anunciado, entraría a ver el espectáculo. Como Bergamín jamás escribió la obra, le escribí pidiéndole los derechos del título. Me respondió que no necesitaba pedírselos, pueto que esas palabras aparecían en el Apocalipsis." Así explicaba Buñuel el origen del título.
El ángel exterminador es la crónica de una naufragio. De hecho la obra en la que libremente se basa se llamaba " Los naúfragos de la calle Providencia", nunca escrita, pero prefigurada en la mente de Buñuel y de Luis Alcoriza, su mano derecha en toda la experiencia mejicana. Y debemos entender la película como un naufragio y cómo los supervivientes deben aprender a comunicarse para lograr salir del encierro y abandonar la isla / la habitación. Hubiese sido mejor hacer la historia en Inglaterra (contaba Buñuel) por cuanto la sociedad allí es extremadamente educada, en un sentido aristocrático del término, y toda esa educación y refinamiento convenía muchísimo a la trama del film, que venía a ser la simple idea de que, en condiciones adecuadas, el ser humano es capaz de lo más perverso, aunque se le atribuyan ( por naturaleza, por cultura ) las cosas más sublimes. Nada nuevo.
El ángel exterminador es un retrato de la decadencia humana, pero tamizada por evidencias surrealistas. Quizá el pánico, el temor a la muerte o la soledad sean residuos de una forma surrealista de entender la realidad. Hay filósofos cuya absoluta escritura gira en torno a la idea de lo absurdo que es la muerte: la vida es una inercia, vivir es un continuo, y no un continuo que puede ser ( ilógicamente ) fragmentado, mutilado. Los invitados son seres deplorables, superiores en un sentido casi nazi del término: todo el esfuerzo de Buñuel escudriña hasta lo imposible el aborregamiento de una aristocracia culta, embebecida y altanera, que desprecia toda forma ajena a su beneficio, a su estricto protocolo.
Puede parecer una tomadura de pelo a quien asista a la película con un exceso de espíritu crítico ( o cinéfilo ). Hay que querer ir más allá y entender que Buñuel hizo una bufonada, una astracanada, un descenso al bochorno de que el mundo tenga gentuza encopetada que mira de refilón a los demás por el mero hecho de se distintos.
Este siglo XXI recién alumbrado ya ha pergeñado el término "otredad", que es un palabro, un recurso semántico horroroso para designar la evidencia del otro, su injerencia en nuestro mundo, que puede ( al cabo ) ser también el suyo. Película indispensable para hacer después mesa-camilla de sano diálogo: da igual que nos haya gustado mucho, poco o que consideremos que es un verdadero coñazo insoportable. Todo se acepta. Igual tiene un poco de todo eso y aglutina cine de altura y aburrimiento inconmensurable. A mí me ha llenado de gozo la revisión ( muchos antes después ) de una película que vi en tiempos de universidad, con la cabeza comida por fiebres gongorinas y un exaltado sentido de la injusticia del mundo. Ahora son otros tiempos o son siempre los mismos y se travisten para confundir nuestro aturdimiento generacional. Me sigue pareciendo cine maravilloso.

20.10.10

La reina de África


A mi amigo K. le pareció durante un tiempo la mejor película de la Historia del Cine. Como el cine es un asunto más íntimo que otra cosa y sé que ha visto la tira de películas, no le llevé la contraria. Las pasiones no se dejan explicar. En todo caso, habida cuenta del extremo fervor con que se entrega a ese vicio, sólo puede uno tomar nota, verla tal vez. Hace tiempo que en materia de vicios (el cine es uno y grande) no dudo de la valía de los ajenos. Los míos son inquebrantables. Algunos, vistos en detalle, insostenibles. K. me cuenta que vio La reina de África en un pase que organizó una Caja de Ahorros de la que no viene ahora al caso dar información. Era un ciclo de John Huston y servían el programa por la tarde, llegando con prisa el verano, en la hora en que Córdoba es una sucursal del mismo infierno. En esa misma tanda de films, yo vi La vida de Brian. Me perdí la cinta de John Huston y me conformé con verla en televisión. Lo malo de ver cine en la tele es que nunca puedes programar esos vicios y estás expuesto a los tejemanejes de un programador externo.

Uno de los placeres más grandes que he tenido en mi vida, al menos en asuntos de este corte, fue poder decidir qué ver. Quizá no me esté explicando lo suficientemente bien. Decidir qué ver consiste en entrar en un videoclub y perderte entre las estanterías durante mucho tiempo. Afuera puede llover o hacer un sol de justicia teológica pero tú estás frente a una oferta masiva de placeres. Sabes que vas a volver a casa con una copia en VHS (era otros tiempos, ya saben) de la última película de Scorsese, pongo por caso. Que la vas a ver cuando quieras y que podrás detenarla si para redondear el júbilo te apetece abrirte una cerveza, servirte un whisky o comerte unas avellanas cordobesas. Luego, conforme los años te curten y te hacen perder las aristas románticas, olvidas que entrar en un videoclub es uno de los placeres más grandes que un aficionado al cine puede tener. El mío, al que todavía voy en cuanto puedo, está muy diligentemente gobernado por mis amigos Juan y Conchi. Me conocen y saben que puedo tirarme horas en sus pasillos. Viendo carátulas. Buscando información. Respirando cine. Es cierto que últimamente voy menos y que esa ausencia me duele. Es cierto que todo se está yendo al carajo (tierra caliente pa' sembrar ajo, decía mi abuela) merced a ese otro vicio que consiste en saquear el limbo infinito de la red y alimentar la cinefilia en casa, en pijama, en golosa banda ancha. Todo es muy complicado. O muy sencillo y lo que hay es poco empeño en querer entenderlo. El caso es que he visto el fotograma de La reina de África y he pensado en K. y en Juan y en Conchi y en el primer video que compré (un Sony carísimo que todavía conservo en formidable estado) y en las primeras películas que alquilé. Placeres irrenunciables. Todo esa belleza se está perdiendo un poco. Estamos romos. Pensar en La reina de África me ha hecho pensar qué fácil es hacerse con ella, con una copia incluso en decentísimo formato, y verla a capricho. Todo es excesivamente fácil. Todo es sencillo. Todo está ahí, esperándonos. Nos estamos desprendiendo de las aristas. Incluso de las románticas.


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El perímetro

Moseid, Lying figure


Vivir uno en sus cosas y apenas prestar atención a las ajenas tiene su punto de vértigo. Puede llegar el momento en que te apetezca quedarte dentro para siempre o te de el punto, salgas, y entonces ya no desees regresar al interior.
Lo ideal, dice mi amigo K., es hacer funambulismo entre la realidad y tu cerebro. Si te das un atracón de una, te revuelcas en la otra. O viceversa. Él dice que necesita mucha calle para regresar luego a casa y sentirse a gusto en ese vaciadero doméstico, en ese refugio aceptado. Es el perímetro invisible. Cada uno establece el suyo. Eso de las líneas crea compartimentos más o menos estancos, reductos, búnkers de lo mundano, pequeños o grandes refugios en los que dejarse vivir. Contrariamente a lo que este pensamiento pueda parecer, hay júbilo dentro y es razonable que lo haya afuera. Los días se presentan antojadizos. Los hay grises, reventones de fatalismo, y los hay exultantes como una resaca de besos.
El perímetro, me ha confesado K., se puede desmontar. Lo malo es que luego, cuando la realidad te atropella en exceso, no sepas montarlo como estaba y dejes ranuras, lugares por donde el frío y los relojes te van anestesiando el alma. Accesos fáciles para que los demás te manejen, urdan tu sencilla rendición y no seas, a pesar del esfuerzo, tú mismo. Ser uno mismo cuesta a veces mucho. Se puede vivir una vida entera y ser otro o ser muchos, pero jamás (en ningún caso) uno mismo. Y a lo mejor es lo que hay que hacer: ser los otros, ser los demás, ser atropellada y entusiásticamente todos los que nos circundan, un poco de unos y de otros, hasta conformar un ser presentable, en parte individual, pero disperso y diverso en los adentros. Sin interior. Sólo perímetro.

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Calendario


Una bonanza antigua llena en ocasiones el sueño. Fuegos de artificio a la caída de la tarde. Un rumor muy dulce de sábado de infancia en las calles sin nombre de los juegos. Andamiaje torpe de los años en el que persiste como un incendio sin brida la belleza.

19.10.10

Ergo

Tienta el azar
duras comisiones de sangre.
Descienden, muy secretas,
al centro mismo de la palabra
y rescatan
la semilla, el fugaz
numen de todas las cosas.

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18.10.10

Peter Pan is in love



Incurre
a veces el amor en rampas, cae
entonces en la cuenta del vértigo,
broncamente amarra las riendas
antes del roto,
pero luego abre decidida altura
y zurce a besos
los harapos del aire.