27.10.10

Tetas o cultura


La cultura se está convirtiendo, en estos tiempos de soberbia y de abundancia estéril, en un objeto de consumo masivo, en algo vendible, pero escaso en valor o en riqueza. Esta frivolización no conviene muy a pesar de que, en principio, sin hurgar en exceso en sus consecuencias a largo plazo, este aligeramiento de los contenidos, esta banalización de la forma, pueda hacer pensar que sí, que algo bueno saldrá de todo y, al menos, el espectador iletrado o el lector ignorante podrá beneficiarse de un nomenclátor nuevo con el que acceder a una vida social más plena. Todo es mentira. No se trata de que se lea más y de que importe poco qué se lea: una indigestión literaria de templarios, códices ocultos y vírgenes negras que fueron abducidas por una orden secreta puede arruinar la sensibilidad (y el sentido común) tanto o más que la ausencia de lectura alguna. Tal vez únicamente sea la idea ancestral de no aburrirnos: de ocupar buenamente el tiempo como se pueda. Ahí abdican mis argumentos: formidable aquél que se pierde en las conjuras vaticanas y en los recetarios de autoayuda de bolsillo a lo Bucay. ¿Cómo vamos a llegar con nuestra indignación y estropearle la sentada, el disfrute elemental y primario, el goce de la palabra revelada?
Pero la literatura y el cine y la música (que entra en lid) ofrecen siempre algo más: ese algo es la sustancia de la felicidad absoluta, el numen de la dicha, la celebración de los sentidos en una orgía plenipotenciaria de emociones y de conocimiento. Si prescindimos de ese último componente (el conocimiento) las novelitas ñoñas del corazón ametralladas por cualquier dama tejana de setenta años pueden configurar a su antojo el bagaje cultural de cualquier persona. Mi tío Alberto leía a Marcial Lafuente Estefanía y a Clark Carrados, héroes de cierta subliteratura de tono cinematográfico, exenta de hondura y untada de una épica asombrosa y un autocomplaciente sentido de la vacuidad. ¿Era un buen lector? No lo dudo. Leía, al cabo, leía con ardor como a veces cree leer quien se enfanga en más altas torres, en Musil (mi amigo K. ahí anda) o en Vargas Llosa, ahora tan nombrado.
El cine, a menudo, se contagia de estas veleidades comerciales: demasiadas veces. Vende basura a 24 fotogramas por segundo y del mismo modo en que un glotón de hamburguesas grasientas firma su sentencia de obeso y engrosa la lista de enfermos me pregunto yo si el consumidor de cine basura (fast food movies) también engordará y obturará el filtro de la sensibilidad, el finísimo hilo que separa la belleza de la mediocridad, el trabajo honrado y abonado al Arte (esa cosa tan maravillosa y tan palizada) de la faena vergonzante. Me pregunto si la juventud narcotizada por la tremebunda oferta de bodrios de bronca digital y revuelos hormonales (de Casi 300 a Ghost Rider, de Spanish movie a -oh espanto- Híncame el diente) podrá en edad adulta sentarse en un cómodo butacón (nada de cine en pantalla grande por desgracia) a deleitarse con La diligencia, Tempestad sobre Washington o El ladrón de bicicletas.
¿Dónde está el interruptor que conmuta la estulticia y abre la inteligencia? ¿Será posible que un día los clientes de ese cine palomitero y ligero como pompas de jabón barato accedan a dejarse embaucar por Fritz Lang, por Ernst Lubitsch o por William Wyler? ¿Podrá ser que un cliente habitual de David Lynch o de Roberto Rosselini hocique su cinefilia en un Michael Bay o en un Santiago Segura, perlas las dos de un cine que se vende, pero que no cuaja en la memoria? La pregunta va más lejos: ¿Si no hay tiros no hay esperanza? ¿Si no hay tetas no hay paraíso?
Quizá la respuesta esté a mano. Basta el enamoramiento, el deslumbramiento, la evidencia tangible de que la belleza existe y se llama Las uvas de la ira, Con la muerte en los talones, Casablanca, Perdición o Pulp Fiction. Porque no sólo de bondades blancas y sentimientos purísimos vive el cinéfilo. Pulp Fiction es el puente entre un cine y otro igual que el jazz suavón de George Benson me condujo a mí de Kenny G. a John Coltrane. O igual que Stephen King unió a Joseph Berna (otro incunable de las ediciones de préstamo) con Truman Capote.
Así que no buscad la pureza, oh lectores cómplices. Dejad paso al espúreo viento del asombro: ése que deja que la imaginación planee y se pose (libre te quiero, pero mía, dijo el poeta) allá donde le plazca, pero quiera el azar o la suma de muchos azares que los artistas creen, hagan su trabajo en paz, edifiquen el templo de la belleza y del conocimiento para que los usuarios (consumidores, al cabo) dispongamos del muestrario a punto, en bandeja, dispuesto a ser devorado sin más retórica que el hambre y las ganas de darnos gusto, un gusto supremo. Y si el lector no es cómplice y considera que esta reflexión es una evidencia de mi enfermizo idilio con mis vicios pues no seré yo quien le contradiga. Vicioso en evidencia, y que me entierre un acomodador en una hipotética (no son tan buenas) fila siete, ya talludito y muy incapaz de seguir la historia, pero emocionado por pisar un cine y sentir su oscuridad. Vale también un libro. Vale un disco. De eso se alimenta mi espíritu y ahí es donde me engordo. Y os aseguro que eso es cierto sin dobleces ni retórica. Así que: ¿Tetas o cultura? ¿Un nivel intermedio?
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Qué es una disyuntiva? Yo, entonces, tetas. Estoy bruto. Me perdonarás. Rafa

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Bruto a ratos, por días, por semanas, bruto una vida entera. Se puede ir compaginando, digo yo. Russ Meyer compaginaba. Te perdono.

alex dijo...

Las tetas son cultura, Emilio. Desde Meyer hasta el tío Jess. Ya decía Fellini que cuando se ponía a escribir un guión lo decoraba con dibujos de tetas y culos. Era lo único que hacía brotar su creatividad.

Marcial Lafuente Estefanía es cultura y entretiene. Mis hermanos leían sus novelas de cubiertas cuarteadas por el uso y me inculcaron el placer de dejarme llevar por una buena historia. Vargas Llosa es cultura que aburre casi siempre. Michael Bay es es anticristo y Segura su versión cañí buenrollera. Recuperar la esencia del cine clásico y procurar que un adolescente disfrute con "La Diligencia" o (subamos el listón) "Lirios Rotos" es misión imposible, Emilio. Su época (la televisión en su prime time) ya pasó. Ahora su reducto es el dvd o las filmotecas. La esperanza ha cambiado de color.

Chica_webcam dijo...

El otro día salía en algún noticiero que los jovenes de entre 18 y 25 años están considerados algo así como generaciones perdidas porque no tienen cultura ni interes. Eso dice mucho a tu pregunta. Todos quieren tetas y que viva la Pepa.
Besos de Lulu