29.10.10

Clásicos en la escuela


(link) «... no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después tus clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela

Ítalo Calvino, Por qué leer los clásicos, Barcelona, Círculo de Lectores, 1993, p. 17

La cultura entera debería ser un acto de amor. Debajo de ese amor, el que la deguste, quien se deje invadir por ella, encontrará goces primarios, caricias perplejas, profundas marcas que le transformarán y comprobará que, una vez iniciado, consciente ya de la herencia que está a punto de serle entregada, sólo queda el abandono, la irrenunciable certidumbre de ese amor insobornable.

La cultura entera debería ser un acto de amor. Leer a los clásicos gobierna en cierto modo toda la lectura que les precede. Antes de caer en
Valente, haber caído en Góngora. Antes de caer en Roberto Bolaño, haber caído en Chesterton. Lo que escribe uno es justamente la consecuencia de todos los libros que existen. La trama de la escritura se asiente sobre todos los libros que existen. Pero existen demasiados libros. Está el libro como un recipiente infame de literatura menor, creada sin respeto hacia quien lee, editada por mercaderes únicamente interesados en sus finanzas. Entonces el que escribe debe driblar la basura que se le cierne. Debe hurgar en las letras ajenas y hacer cribas infinitas hasta que encuentre la lectura definitiva, ésa que guiará todas las demás.

La cultura entera debería ser un acto de amor. Los amantes, enfermizos. La entrega, absoluta. Leer es un acto deliberado de amor. Pero hay amores pervertidos, amores que desarman al corazón y lo convierten en un músculo zafio. Hay amores terribles que malean lo que, en esencia, es bueno y es noble. Amores de los que uno no sale jamás o sale herido o sale insensible.

La buena literatura no es la que uno decide que es buena literatura. La buena literatura se sabe defender a sí misma. Los libros buenos buscan al lector y ya no consienten que se fugue. Consienten, en todo caso, infidelidades con otros libros buenos. Saltar de
Poe a Kavafis. Ir de Gil de Biedma a Marzal.

Es clásico el libro que parece siempre recién escrito. Cervantes estaba anoche poblando de su
Alonso Quijano con fantasmas y ensoñaciones. Melville acaba de enloquecer a su Ahab. El escritor clásico está reescribiendo su libro de continuo. Cada lector lo resucita y lo obliga a sentarse a manuscribirlo de nuevo. Con ternura. Con mimo de padre que está contemplando al hijo recién traído al mundo.

La cultura en la escuela es un acto de amor guiado. Se le deben dar al escolar clásicos, pero no conviene aturdirlo. El amor a la cultura es un deslumbramiento y es al profesor al que le incumbe el oficio de reproducir en el espacio abierto del aula las circunstancias que facilitan el idilio. Sólo eso. El buen profesor es el que crea lectores. Buenos o malos. Después se pulirán. Luego encontrarán su libro magistral, el que abrirá lujurioso paso a los otros. A la escuela se le encomienda la enseñaza de la lectura. Debería añadirse a ese empeño el logro del amor a la lectura. Si una triunfa y la otra se malogra, la escuela habrá perdido su batalla principal: crear ciudadanos sensibles, sensibles y formados, especialmente sensibles a la belleza y a la inteligencia. Los libros custodian belleza. Leer es una aventura. La escuela, urgida por las prisas, metida en fiebres numéricas, abandona (las más de las veces) el cometido de la aventura. En ella, en su desparpajo sentimental, está el tránsito de la vida. En los libros, en las historias que cuentan, está también la vida. Hay más vida en La isla del tesoro que muchos planes de estudios.

El canon, que proviene del griego, es la vara, es la norma, es el conducto. El canon incluye a
Joseph Conrad y excluye a Jorge Bucay. El canon literario es un arma de muchos filos. Bloom ha vendido muchos libros y ha dado muchas conferencias alrededor del suyo, pero es sencillamente uno y, además, uno sumamente conflictivo porque elude la totalidad de la literatura y se recrea en hacer un nomanclátor de los clásicos cercanos. Como una especie de lista vecinal en donde no cabe lo que no vemos al alcance. Henry James es un clásico, pero Otra vuelta de tuerca no es un libro que deba leerse hasta que haya sido procesado a Poe. Incluso a Lovecraft. El canon es un bucle. Vuelve a un lugar. Se gusta en los merodeos. Está feliz en su función de lazo sentimental entre siglos. La escuela está ahí para conocer el canon, cribarlo, ofrecer al joven lector una porción digerible de cultura. Todavía recuerdo al profesor obstinado que se ocupó de borrar de mi lista de clásicos del futuro a La regenta, ese tocho de Clarín al que accedí mal y al que nunca he podido regresar sin el dolor causado antaño. Puestos a hacer mal la oferta, que no haya oferta. Duele que haya todavía profesores que se consideren veladores de la cultura, agentes activos de su difusión y luego carezca del hábito privado de la lectura. No leer, en quien da cultura a los demás, no es un acto de amor. Pero hay amores terribles...

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay más vida en La isla del tesoro que en todas las matemáticas del mundo pero hay que compaginar ambas cosas, y la labor del profesor debe ser, lo haces ver muy bien, la creación de una digamos oferta, sobre la que los alumnos trabajen. Incluso la palabra trabajar huelga. Sobre la que los alumnos disfruten, creo yo. En fin, me parece un texto estupendo a raíz de la idea de Calvino. Estamos todos en el mismo barco, en la misma escuela.

José Alberto Jiménez Escuín
Maestro jubilado, jubiloso...

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Tuviste la profesión que ahora tengo yo. No sé, José Alberto, si un maestro es maestro toda la vida, hasta que se muere. Yo creo que no. Es un trabajo. Sólo eso. Pero es un trabajo mágico. Hay magia en la Isla del tesoro, hay vida, pero hay vida en la escuela, en el trato con los niños, en la idea de que estamos formando personas. Es precioso y no nos damos cuenta a veces. Jubilado jubiloso: no es la primera vez que lo oigo pero me encanta. Sigue así, compañero.