3.9.07

El señor de la guerra: Sangre, pólvora y democracia








"Hay 550 millones de armas de fuego en circulación. Eso significa que hay un arma de fuego por cada 12 personas del planeta. La pregunta es: ¿Cómo armamos a las otras 11?."





El señor de la guerra debió ser concebida como un documental acogido a ese nuevo género de cine de denuncia que privilegia el mensaje sobre el discurso narrativo y sacrifica las formas clásicas por un concatenado demoledor sobre las injusticias del mundo o sobre la aberrante escalada armamentística que acabará despanzurrando este mundo nuestro otrora tan azul. El gris es el color de esta cinta del neozelandés Andrew Niccol (Gattaca, Nicole): un gris aséptico, un gris que no nos hace hervir la sangre ante la oscura trama de intereses y conspiraciones a la que asistimos porque el tono de la cinta es tímido, escasamente arriesgado, aunque tenga suficientes argumentos como para ponernos al día sobre la mafia del tráfico de armas y las hipócritas justificaciones de los Estados Democráticos, tan al tanto del desmán que ellos mismos provocan.
Quizá hubiese bastado el prodigioso arranque: la vida de una bala desde que es facturada hasta que se aloja en la frente de un niño africano. Así de crudo. Esos minutos, formidablemente ensamblados en los créditos, compendian el espíritu del film, un viaje subjetivo, simbólico, de lo que está por venir. El resto sobra. O, al menos, no añade información: Niccol se limita a ilustrar con imágenes, técnicamente impecables, la biografía de un traficante de armas. Abandona la opción de profundizar en la psicología y se abastece de una munición plástica irreprochable que mueve al espectador a considerar muy seriamente el ametrallado aluvión de consideraciones morales sobre la guerra y sus daños y beneficios colaterales.
La ficción alojada en la etiqueta de "hechos reales" confirma que estamos ante un ejercicio de denuncia naïf: acierta a explicitar la barbarie que retrata, pero se queda lastimosamente corto en lo que, a la vista de los medios desplegados, no hubiese costado mucho mayor esfuerzo: hacer un película entretenida y no un documental tan impostado como éste.
La historia de Yuri Orlov (un satisfactorio Nicolas Cage, aleluya) es la historia del último tramo del finiquitado siglo XX: cinismo e hipocresía a manos llenas. Así que el film puede quedar, para las enciclopedias, como un demoledor documento sobre un espinoso asunto, pero no la película redonda que podía haber sido. Carente de brío, desangelado, huérfano de la emoción presupuestada como necesaria para sobrellevar el caudal de información sensible, El señor de la guerra descarria su noble propósito y se alía en ese cine social, pretencioso que no dura en la memoria y acaba arrumbado en el anaquel de los proyectos fallidos.

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