11.10.20

Paisaje de sombras


                                       Fotografía: Fernando Scianna


El precio de vivir es siempre barato, da igual que tardemos una vida en abonarlo y cueste en ocasiones encontrar con qué satisfacer la deuda. Somos sombras, ellas nos definen y explican. Su sinceridad es incuestionable, no se dejan sobornar, apenas rehuyen su trabajo larvado, apenas visible, pero cuando irrumpen y se ofrecen en toda su vasta extensión advertimos su elocuencia, el peso del trasiego al que las forzamos. Llegar a viejo es una bendición, no hay otro premio mayor que ése: saber intimar con uno mismo, sentirnos hospitalarios con nuestra memoria, dar por bueno que el olvido haya omitido pasajes de la trama, incluso los ricos en belleza y en alegría. Es el cuerpo el dictador que escribe la historia del país que somos. Perdemos provincias, se desvanecen las fronteras, pensamientos oscuros ocupan estancias donde antes reinó con esplendor la inocencia y la ignorancia. Cuanto más avanzamos, más grato es el camino. Tal vez las sombras tengan vida propia y dancen a espalda nuestra, sin que apreciemos la gracia de sus evoluciones, ni la música que las anima y confiere su halo de tiniebla. Tendrán su mapa invisible, su cartógrafo privado. Habremos dejado huella suya por los caminos que hemos transitado. Estarán ahí. Mezcladas con otras en un festín de recuerdos. 

Pandemia y lenguaje

 


El significado de logística que ha prevalecido o se ha impuesto a otros proviene del francés y da entender el lugar en el que se aloja el material que más tarde se confía a la venta, de ahí también la española "lonja", que viene a decir lo mismo. La etimología más antigua es griega y significa "calcular".  En cualquier caso, cunde en ambas un concepto matemático, afín a la lógica, que también echa mano del lexema, respetándolo. La madre francesa de la palabra invoca el sentido que hoy en día más impera, referido al suministro o a la intendencia en materiales de jurisprudencia militar o meramente comercial. En cambio, hay un desajuste ideológico en esa diatriba semántica: la logística se ha opuesto a la lógica en estos tiempos de zozobra y de relativismo moral, no se crea el amable lector que estoy usando argumentos papales: mi reflexión es mucho más mundana. No solo en filosofía se ha reemplazado la lógica por la logística, como pone El Roto a uno de sus ácidos personajes: también en la información. Es tanta la que tenemos a mano que se produce el efecto inverso de su propósito y la saturación nos embota y hace que perdamos la distancia precisa para comprenderla. Lo de cribarla tampoco es fácil: la propia esencia de las redes sociales contribuye a que prefiramos su propiedad a su conocimiento. La irrupción de la pandemia representa un caso extremo de información convertida en logística de combate. No hay metáforas: el objeto aludido y el real están en el mismo plano, cunde la estadística rancia y triste. Entrever una mera posibilidad de que podamos colar un sentido poético a esta pandemia se antoja una empresa ardua. Asistimos al espectáculo de la información, más que a su rendición cumplida y fiable. Se ha convertido en un circo el baile de números y la gestión de los gobiernos por minimizar el daño y, en último término, erradicar la causa que lo produjo. La lógica se ha desvanecido, la inteligencia ha muerto, en ese plan de decaimiento de la razón. Por otro lado, triunfa el sensacionalismo, la tertulia improvisada en la que todo el mundo tiene una cátedra bajo la lengua. Incluso la gente sensata que a veces acude a los programas de televisión o escribe en prensa o habla en la radio pasa desapercibida. No es posible procesar este tumulto de noticias. Sólo vemos cifras y mascarillas. La logística le ha puesto el pie en el cuello a la lógica y ha dejado caer todo su peso, el etimológico y el tangible. Las palabras se han despojado de su estructura profunda, la que nos enseñaban en el instituto, no sé si ahora ese concepto todavía está en los libros de texto. Todo es superficial y liviano. Pasan los días y el aire sigue irrespirable. Todo el aire. 



7.10.20

Sucedió una noche



Con la insistencia de ciertas costumbres que parecen no querer abandonarnos del todo, regreso a la revisión de películas en blanco y negro de los años treinta o cuarenta cuando, ya confinado el trajín del día, el remanso de la noche invita a dedicarse a cualquier cosa que no tenga parecido alguno con cuanto hemos hecho antes de que irrumpiera. Prefiguro que son películas que no he visto y, sin embargo, las escojo con absoluto certeza de lo que me darán, aunque se hayan escabullido en el tiempo trazos de su trama, líneas sueltas en los diálogos (antes recordaba muchos) o pequeñas impresiones sobre la pertinencia de la música. La memoria es amable conmigo y hace que ninguna de esas certidumbres prevalezca, asiente su condición de recuerdo. Lo bueno de olvidar es que puedes manipular la realidad para que se restituya la parte dañada o esquilmada. Y si la vida fluyera como uno de los guiones de las películas de Frank Capra, otro vida sería. Son impecables, avanzan sin que nada quede atrás, recogiendo y volviendo usar los trozos hasta conformar una masa compacta y única, una historia sólida (a pesar de la liviandad con la que se ofrece en apariencia) de la que no te apartas hasta que salen los títulos de crédito. 

6.10.20

Bonhomía

 Hay palabras que uno escucha y de las que no se zafa. Más aún: las pronuncia con pensada elocuencia, como si decirlas aliviara o de pronto adquiriera un significado no previsto, una especie de periferia de la palabra misma, una epifanía. Hoy irrumpió alguna, cuándo no; permaneció el día entero, larvada y casi con promiscua intención. No supo dónde calzarla, se me resistió, dejé que mi memoria la tutelase, pero no hay confianza en ella, de ahí que la registre nada más llegar a casa, la deje apuntada en una libreta pequeña, en la que apunto esas revelaciones privadas, cuáles no también, que dan al día un aporte del que carecía cuando a su antojadiza y caprichosa manera se pronunció.

Desmadrarse


                                                             Ernin Scott / Reuters

I
Ya no está bien visto divagar, irse por las ramas, alcanzar cierto tipo de desequilibrio narrativo en el que la periferia de lo contado desbanque a su núcleo duro y trascendente. Ahora hay que ir al grano, se debe ajustar el propósito y recabar las palabras que lo restituyan, las idóneas, sin dar una puntada a la que falte un hilo, evitando en lo posible despendolarse, salirse de madre. Traer a la madre cuando la situación se va de las manos es construcción semántica y moral antigua: incide en la bondad de quien nos trajo al mundo, en su condición de útero protector, en su tutelaje permanente. Es hermoso el español, tiene la posibilidad de modificar su patrón normativo y formular uno nuevo que satisfaga con más oficio las necesidades del usuario. En cuanto le pillamos el truco, nos engolosinamos con esa herramienta recién adquirida y nos desviamos a conciencia, a sabiendas de que hay un punto delincuente y dulce en contravenir los preceptos de la autoridad, qué placer lo clandestino y reprobable, concedernos esa licencia poética. Porque divagar entraña la irrupción del juego, la permisividad con la que manejamos las palabras. Hay que desconfiar de ellas, no dar por sentado lo que dicen, precaverse ante su supremacía, deshacer cualquier posible esclavitud y desbocarse (desmadrarse) con lo que tengamos más a mano. Luego está comedirse. Habrá dos tipos de personas: las que se desmadran y las que se comeden. Uno va a conveniencia de un perfil a otro. Hay días en que escoge exaltarse, bordear el cauce asignado, desafinar adrede. En otros, por corrección sentimental, se inclina el espíritu a la cautela, pero apenas prospera, acaba cansando, no dice nada perdurable, aburre. De hecho, sin entrar en materia, puesto que el propósito del texto es cinéticamente disperso, extraviarse es lo más parecido a la felicidad, permitid que divague. Desmadrado se vive mejor, añade K. Hay un imperativo biológico, una inercia, como si el destino nos marcase una ruta y la recorriésemos con absoluta convicción. En cierto modo, no vale nada de lo que acabo de exponer. No me ha salido un texto desquiciado, he desbarrado poco o nada, me he ajustado a un modo cartesiano de contar las cosas: hubiese sido mejor escribir un poema. La poesía es un alivio para las palabras: allí encuentren la sonoridad que anhelan, tal vez cierta aristocracia un poco descarriada, que ya no se conforma con tomar el té en salones victorianos, entre anaqueles con figuras de viejos soldados y libros de la Vieja Historia, sino que ha decidido emprender una salida al jardín y se ha encomendado la arriesgada misión de encontrar. No finge, no se justifica cuando decide divagar, irse por las ramas, alcanzar cierto tipo de desequilibrio estético o moral o narrativo o intelectual, lúdico siempre. Es hermoso el español, me repite nuevamente K. Te deja merodearlo, admite una franquicia de inconformistas y de insurrectos. Se deja zarandear, no se duele cuando se le zahiere y rebaja, pero ah infractores, no se os ocurra divagar demasiado, desmadrarse más de lo consensuado, abrir la pandora de ese libertinaje semántico en el que todo vale. 

II
En esas divagaciones del seso ocioso de una mañana de martes a poco de partir al trabajo, la imagen de Trump quitándose la mascarilla (épico, falso, ruin) me hace pensar en la importancia de un mensaje bien transmitido y en el peligro de quienes se desmadran adrede y prenden la mecha de la aniquilación (no sólo lingüística, ay), en todos los que manipulan y proceden sin modales ni mesura, destruyendo a su paso, alentando que quienes los fijan como modelo desbarren también. Trump, al saltarse los protocolos, ha escenificado (ese es el verbo repetido) una gesta impropia de un líder (lo es, pese a todo), rayana en el delito, aunque sea iconográfico. Porque está cayendo una bien gorda para que las palabras y los gestos confundan aún más a los confundidos y reine una especie de anarquía sanitaria en la que todos somos víctimas. De ahí que importe a veces comedirse, pensar qué decir, respetar la coherencia de las palabras cuando se matrimonian con armonía y dicen lo correcto, lo conveniente también. 

4.10.20

Pisar las calles nuevamente

 



                                                                Plaza de La Corredera, Córdoba

En el tumultuoso girar de las cosas, entre hacinarse o confinarse, prefiero la cercanía de los míos, el andar entre iguales, aunque no los conozca. Los pueblos crecen cuando concilian las calles con los deseos y las recorren con los mismos propósitos, da igual que no coincidan siempre. Siempre amé la muchedumbre. La misma religión es una floración extraída de ese germinar de personas. Compartir unas creencias, sentir familiares idénticas emociones, parecernos y sentirnos unidos, a pesar de no que no mediemos palabra con el viandante casual y ajeno. Sigo pensando que nos unen más cosas de las que nos separan, de ahí probablemente que no nos hayamos ido a la mierda todavía, aunque a veces todos los indicios apunten a esa escatológica dirección. Contribuyen estos tiempos de cápsulas y de burbujas, de unidades de convivencia y de enemigos invisibles a los que no hemos sabido aún derrotar y prosiguen en su loco afán de diezmarnos y dar al traste con cuanto alguna vez levantamos. Volveremos a pisar las calles nuevamente, cantó el poeta. No hay duda en eso. No basta con ocupar las aceras, no es únicamente recuperar el territorio sobrevenidamente abandonado: son los abrazos, es el roce, la comisión del amor haciendo y deshaciendo historias, las personales, las que nos hacen mejores. Desembozarnos, más que explicitar un cese de la pandemia, será un reingreso en la ternura. Seremos mejores, quién sabe, igual cala este destrozo que dura ya demasiado. Si rehuimos el trato, tendremos que darnos un tiempo para volver a ser lo que fuimos, que no suene eso a letra de ningún himno, por favor, pero habría que ponerle música y darle letra a la vida por venir, porque la de ahora no alcanza ni de lejos a la que nos conminaron a dejar. 

2.10.20

Un milagro

 


Hace tiempo que leo improvisadamente, sin cuidar si el sitio es el propicio o si concurren en él circunstancias que favorecen la lectura o la entorpecen y hacen costosa y distraída. También hace mucho que tengo la certeza de que leer es cancelar la realidad y avituallarse (a veces promiscuamente, con voracidad y agradecimiento) de otra. Cuenta que luego hay un camino de regreso. Salir de una novela (ahora Centroeuropa, espléndido Vicente Luis Mora) es mucho más difícil que entrar en ella. He leído las suficientes como para reconocer esa dificultad. No me incomoda esa carga posterior, la busco más bien, la hago mía y entablo con ella un pequeño diálogo, no siempre plácido. K. dice que leer te encanalla un poco, y es probable que tenga razón y la literatura extraiga de uno la parte que la realidad no siempre consigue. Entiendo (en lo que alcanzo) que las historias a las que nos aferramos (las de ficción, las impostadas, las que están fuera de la trama de lo real, lo tangible) superan la mediocridad (déjenme ese pesimismo) de las que habitualmente nos circundan, las del ir y venir diario, las del trabajo o las de casa, que son (por más que sean familiares) más o menos repetidas, desarrollándose con un patrón previsto y finalizadas sin que intermedie las más de las veces novedad alguna que las haga extraordinarias. En otras ocasiones, la ficción es de una calidad inferior a lo real, no le llega, apenas roza su hondura y su capacidad de asombro. Así suele suceder de vez en cuando. No es que la vida no sea deleitosa (me encanta esa palabra): lo que sucede es que el ingenio narrativo de los novelistas (benditos ellos, creo que van muchos paréntesis en un texto tan corto) supera la normalidad imperante, que te hace avanzar sin sorpresas, hacer un día lo que hiciste el anterior y, más que probablemente, lo que harás el siguiente. Leer es una actividad de riesgo, cómo no iba a serlo: no sales indemne. Caso de que salgas airoso, plantéate qué hubo de malo en lo leído, qué parte no se envalentonó y te hizo estremecerte o enternecerte o conducirte a ese territorio mágico de los milagros. La literatura es un milagro. No sé cuántos libros tengo ni cuántos de esos libros no he leído aún, aunque tenga la decencia privada de leer casi todo lo que adquiero. Hay, sin embargo, novelas que me esperan, qué dulce porvenir: aguardan, esperan que al abrirlos cobren repentina existencia. Antes de eso, como dejó escrito mi buen Borges, los libros son objetos entre los objetos.  Veo ahora esas novelas no abiertas en sus baldas y las reconozco más mías que las recorridas y vividas, todas las que me depararon momentos de inusitado y boscoso placer. Es que hay un bosque en cada libro. Vas a ciegas y acabas perdido. No sabes quién te saldrá en un descuido y hará que tu perspectiva de las cosas mute y sea otra, no la antigua y transitada. Todo con ese aire de cuento con sorpresa y pequeña o grande enseñanza. Como la vida misma. 

1.10.20

Un teatro


 Somos instrumentos de otros, servimos a causas de las que no sabemos mucho o incluso algunas invisibles, esas son las más temibles. También hay quien es instrumento nuestro y le participamos invitación a que se adhiera o se agencia uno la manera de que se involucre sin hacerle llegar la trama, escamoteando los motivos o tergiversándolos a beneficio propio. Por más que creamos tener criterio y no caer en ese utilitarismo, no hay quien lo eluda. Vale de poco encolerizarse, si percibes que eres peldaño de una escalera que no sabes a dónde conduce. Creo recordar ocasiones en las que serví sin cuestionamientos y otras (alguna menos perecedera) en la que pedí explicaciones y poder rehusar si no cuadraba la empresa ajena en la mía. Estos tiempos son de incertidumbre y de zozobra. Se nos pide que colaboremos en una tarea ardua, inasequible a poco que le prestamos atención. Accedemos a regañadientes o con mansedumbre. Ignoramos las dimensiones del teatro. Ningún alcance que interpongamos nos aclarará si somos parte del elenco, tramoya o público. Dudo que seamos actores principales. Eso queda para la vida privada, puede que alguna se nos permita todavía, pero también cabe ahí entender que unos hilos encima nuestra hacen que nos movamos y sintamos la ilusión de que tenemos voluntad y la hemos ejercido. 

30.9.20

Mirar


 

A ver se aprende retirando la confianza en que lo se ve. Parte uno de cierta extrañeza, aunque lo contemplado esté adquirido y no dé idea de que algo escondido deba aflorar. Sucede con rutinaria insistencia que todo lo que hemos visto con suficiencia ya no asombra (lo dejó escrito Vicente Aleixandre en uno de sus poemas). También que a fuerza de escuchar si el ruido del mar (si tenemos un piso en el paseo marítimo) hay un momento en que nuestra sensibilidad cancela ese ruido y lo incorporamos al trasiego de ruidos familiares, los que forman parte de nuestra banda sonora, como el de la lluvia cuando se precipita contra el suelo o el de la calle si la ocupan los coches y el runrún de la gente yendo y viniendo por sus cosas. Al arte se le debe dar siempre la condición de lo anómalo. Basta un punto de fuga al que adherirnos que el autor, a sabiendas o ajeno, dispuso en la disposición de sus materiales. Puede ser un poema o una obra escultórico, una fotografía o un vericueto en la forma de atacar el piano para que una nota no conduzca a otra prevista o esperada, sino excéntrica, de una extravagancia diminuta, pero asequible si prestamos atención. Es eso lo que a veces falta: la atención. No es fácil mirar, por más que estamos al tanto de lo que mirar produce. Lo que escasea es la sed de prodigios, las ganas de que los objetos nos hagan cuestionarnos su participación en el entramado de los objetos. En cuanto hemos entrado en ese juego (que no es fácil, que requiere adiestramiento) irrumpe una felicidad inédita, la del descubrimiento de la luz al incidir en una flor que hasta entonces había pasado desapercibida o la posición de un adjetivo en un verso o la manera en que una mujer se ajusta la mascarilla (hoy en el súper) porque las gomas le oprimen las orejas y no está a gusto. Hubo en ese gesto un principio de belleza que se desatiende, por lo común. No somos sensibles sin interrupción, tal vez convenga conducirnos con la inercia del que cree que todo está ya hecho y no hay mucha novedad a la que entregarse y en la que descubrirse. No tenemos idea de quiénes somos hasta que algo nos los revela y es entonces cuando percibimos esa epifanía. A veces ver duele. Lo visto posee una serie de valores que se conocen, están compartidos, dijo Barthes. Es esa mirada lúcida, no la acostumbrada, la que no se trabaja, ni se adecenta. Hay una circunstancia en lo que vemos que está agazapada o está oculta: no despunta, no desea relevancia, pero si damos con ella (cuando la hemos hecho propiedad nuestra) no existe nada más. Todo gira alrededor suya, todo lo que vemos es enteramente suyo. Puede ser el pliegue de una escultura helenística en un museo o una cabeza de toro en un cuadro de Picasso. Una manera de andar en alguien que se nos cruza o un amanecer en la ventana del dormitorio cuando el día se apremia en exhibirse y crees que algo maravilloso podría estar a punto de ocurrirte. Que algo maravilloso nos suceda, quizá baste mirar. 

Mis ojos de anime

La verdad duele más que la fe. Convierte nuestra obediencia en algo bello. El alma es un anomalía en la matriz del tiempo. El arte es una ad...