21.10.26

Mis ojos de anime




La verdad duele más que la fe. Convierte nuestra obediencia en algo bello. El alma es un anomalía en la matriz del tiempo. El arte es una advertencia. Dios es un libro vacío. Nacer con dos corazones, con dos sexos, con dos almas. Un corazón para niños con un porvenir lírico, otro para niños que susurran coordenadas. Un sexo para la vigilia, otro para el sueño. Un alma para Dios, otra para las metáforas. La poesía como conducto de respiración. La matemática como exorcismo. Los elegidos fueron los que guardaron sus secretos en disquetes. El gobierno entierra lo que no entiende. Tiene un ejército de disidentes bajo tierra. El algoritmo escucha y devora esperanzas, ilusiones, un libro del porvenir, mientras las cenizas del universo vuelan como polillas hacia un punto de luz que se desvanece si lo miras, que permanece si lo ignoras. El amor es una danza perversa, de arrumacos y nicotina. La diversión termina donde empieza la memoria. La velocidad es una mentira que contamos a los mapas. Mi padre medía el tiempo en cigarrillos. Dos cajetillas eran dos días. El humo tenía un aire pastoral, un eco talado con hacha de oro. Cuando dejó de fumar, se perdió, adquirió la condición de fantasma. Guardo sus cenizas en una lata de galletas. Como si algo en mis huesos aún buscara la cerradura perfecta. Como si se pudiera entrar en la tristeza y salir indemne. La tristeza es la ceniza cuando nadie recuerda el fuego. Duele más la tristeza que la muerte. Hay que contar hasta cien con los ojos vueltos hacia adentro. Ahí el humo de las palabras, ahí el temblor con su muñeca rota. Mi padre sabía el nombre de todos los poetas del veintisiete. Cuando la voz le abandonó, recitaba versos con el tumulto de la sangre que recorría la pierna que le amputaron. Le hablaba a la sangre inventada. Yo fui un soldado en las guerras del Peloponeso. Yo fui el que besó a Ava Gardner en un cine de verano de San Andrés. La sangre no es de escuchar. Corre a ciegas. A veces se ensimisma. Se la ve extasiarse en un pulso del reloj del corazón. Como el ritmo circadiano del alma: glándulas, hormonas, luz, sombra, sueño. Como la maquinaria terca del olvido al cerrar puertas, ventanas, libros, hombres, mujeres, paisajes. Como un solo de trompeta de Chet Baker en un tugurio de Amsterdam en mil novecintos setenta y ocho. Chet comprende la niebla, sabe del aire talado y hecho añicos, ha puesto la mano en el roto de las catedrales para sentir el corazón infinito del tiempo, pero ha llegado el ángel negro de los suburbios con su espada de fuego, con su pendencia antigua de heraldo de la abundancia y ha escrito un salmo sin luz en el vientre de todas las mujeres para que los hijos manifiesten el desquicio de los muertos. Ellos anticipan el futuro con su silencio sin salmos. Un muerto es el fracaso de su ángel, dijo el poeta. Chet deambula por las avenidas de Europa sin saber que ha muerto. Puedes verlo sentado en un banco al sol en el invierno de su alma, que es una trompeta rota a la que todavía profesa la más alta de sus devociones. Aplica la boca con esmero y cree hacerla sonar, pero la música solo suena en su memoria, que es una habitación que se está comiendo la niebla. Pero Chet se ha desvanecido completamente. La verdad duele más que la añoranza, más que el dolor. Duele saber, su marca en la memoria. No tenemos con qué gobernarla. Comparece sin que podamos rendir una intendencia. Es ajena, es inventada, es frágil. Arena a la que asedia el viento. Agua sin cauce que la ciña a la tierra y la doblegue. La vida de los poetas es arena y agua. Todos los poetas creen en Dios, que es un verbo sin transubstanciarse, una especie de eco de un eco ágrafo que todavía percute en el éter. A mi padre la metafísica le importaba lo justo. Él era de ver santos en las iglesias y padecer su padecimiento sin interrogarles, sin exhibir una brizna de incertidumbre, de sentarse en un banco y no pensar sino dejarse ir, me lo dijo una vez. Emilio, no hay lugar más hermoso. Allí te sientes hospitalario contigo mismo, con el aire, con la luz. 

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