2.10.20

Un milagro

 


Hace tiempo que leo improvisadamente, sin cuidar si el sitio es el propicio o si concurren en él circunstancias que favorecen la lectura o la entorpecen y hacen costosa y distraída. También hace mucho que tengo la certeza de que leer es cancelar la realidad y avituallarse (a veces promiscuamente, con voracidad y agradecimiento) de otra. Cuenta que luego hay un camino de regreso. Salir de una novela (ahora Centroeuropa, espléndido Vicente Luis Mora) es mucho más difícil que entrar en ella. He leído las suficientes como para reconocer esa dificultad. No me incomoda esa carga posterior, la busco más bien, la hago mía y entablo con ella un pequeño diálogo, no siempre plácido. K. dice que leer te encanalla un poco, y es probable que tenga razón y la literatura extraiga de uno la parte que la realidad no siempre consigue. Entiendo (en lo que alcanzo) que las historias a las que nos aferramos (las de ficción, las impostadas, las que están fuera de la trama de lo real, lo tangible) superan la mediocridad (déjenme ese pesimismo) de las que habitualmente nos circundan, las del ir y venir diario, las del trabajo o las de casa, que son (por más que sean familiares) más o menos repetidas, desarrollándose con un patrón previsto y finalizadas sin que intermedie las más de las veces novedad alguna que las haga extraordinarias. En otras ocasiones, la ficción es de una calidad inferior a lo real, no le llega, apenas roza su hondura y su capacidad de asombro. Así suele suceder de vez en cuando. No es que la vida no sea deleitosa (me encanta esa palabra): lo que sucede es que el ingenio narrativo de los novelistas (benditos ellos, creo que van muchos paréntesis en un texto tan corto) supera la normalidad imperante, que te hace avanzar sin sorpresas, hacer un día lo que hiciste el anterior y, más que probablemente, lo que harás el siguiente. Leer es una actividad de riesgo, cómo no iba a serlo: no sales indemne. Caso de que salgas airoso, plantéate qué hubo de malo en lo leído, qué parte no se envalentonó y te hizo estremecerte o enternecerte o conducirte a ese territorio mágico de los milagros. La literatura es un milagro. No sé cuántos libros tengo ni cuántos de esos libros no he leído aún, aunque tenga la decencia privada de leer casi todo lo que adquiero. Hay, sin embargo, novelas que me esperan, qué dulce porvenir: aguardan, esperan que al abrirlos cobren repentina existencia. Antes de eso, como dejó escrito mi buen Borges, los libros son objetos entre los objetos.  Veo ahora esas novelas no abiertas en sus baldas y las reconozco más mías que las recorridas y vividas, todas las que me depararon momentos de inusitado y boscoso placer. Es que hay un bosque en cada libro. Vas a ciegas y acabas perdido. No sabes quién te saldrá en un descuido y hará que tu perspectiva de las cosas mute y sea otra, no la antigua y transitada. Todo con ese aire de cuento con sorpresa y pequeña o grande enseñanza. Como la vida misma. 

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