9.10.20

Vanidad

 


“El orgullo es una fiera solitaria que ruge en el desierto; la vanidad, un loro que parlotea de rama en rama a la vista de todos”

                                                                        Gustave Flaubert

Hay cierta vanidad sobre la que no cabe retórica ni la cubre la opinión ajena, la solicitada o la que aporte quien improvisadamente la vierta. Más que un alto sentido de uno mismo, un envanecimiento sobrevenido o trabajado, esa vanidad es una consecuencia sencilla de estima personal, por lo que no tiene como ingredientes ni a la arrogancia ni a la soberbia, no se pavonea de nada, no precisa del concurso de ninguna de las ocurrencias de la pompa que en ocasiones nos impulsa a darnos la importancia de la que pudiéramos carecer. En la creencia de que estará mal visto que pequeños de vanidad, la censuramos, apartamos su cuota nociva de endiosamiento, pero hay certezas ineludibles, pequeños indicadores de que en ciertas disciplinas tenemos un magisterio del que presumir y con el que valernos cuando las circunstancias evidencien otras disciplinas en las que somos torpes y no damos mucho. Hay muchas de esas, no podría uno hacer recuento de ellas. Aparecen en casa, en el trabajo, cuando hacemos vida social. Podemos hasta considerar que la parte onírica posea su desfallecimiento y no alcance el esplendor de otras, no es cosa comprobable, aunque también habrá gente cuyos sueños tengan una brillantez mayor, como si comparáramos una sinfonía de Mahler con una canción de verano de Georgie Dann. Una vez ha caído la conciencia en la debilidad de pensar en sí misma, cuesta hacer que detraiga ese onanismo intelectual o moral o estético. Se hace con él, se recrea en contemplarlo. Las veces en que aprecia un roto o un descosido en ese traje recién adquirido no son relevantes. No se puede ser sublime sin interrupción, como quería Baudelaire. En el momento en que exhibimos una flaqueza, se nos restriega y registra, por si no cometemos ninguna otra y deba constar esa anomalía en nuestra extraordinaria pericia. Porque en realidad no hay vanidad alguna. Lo que se nos da bien es casi siempre fruto de la constancia. Es a ella a quien le debemos esa brizna de genio. No valdría si cayese de otro lado el mérito: no se regala, no cae del cielo como una bendición divina que decidió elegirnos, no obedece a la inspiración aleatoria que planea como un pájaro que buscara sin suerte un árbol en el que montar nido. Así que la vanidad (la ocasional y censurable) podría ser buena a efectos estrictamente de sanidad mental. Yo sé que eso lo hago bien, me da igual que esté mal que lo diga, podría ser la frase pensada. He aquí al genio como una emanación de quien lo posee, no él mismo, sino una extensión de la que no siempre tiene propiedad ni dominio y lo faculta para tocar el piano o para hacer arroz caldoso o para escribir sonetos o para hacer en un escenario los monólogos más difíciles de Shakespeare con mayor destreza que otros, que tal vez poseen habilidades distintas, quién no tiene alguna y sabe de su existencia y la mima con el ardor del que sabe su condición de tesoro. Quedará en mecanismo de defensa, en recurso para cuando se tuerza la querencia que uno se dispensa y haya que encontrar con qué enmendar el roto al que en ocasiones propende el alma. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Acepto constancia, Emilio, trabajo y dedicación pero yo escribo de vez en cuando y ni por un asomo escribo como tú ni se me ocurren las cosas que a ti se te ocurren, así que... permíteme con la confianza que te tengo que no te crea. Mentira. Bien escrito, pero estás engañando al personal. Qué placer leerte, qué orgullo...

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