10.1.24

Elogio de la belleza


 La belleza aturde. La emoción pura, ese placer no transferible al mecánico y limitado discurso del verbo, nos hace (no albergo duda alguna) mejores personas. Da igual qué canon la auspicie, sobre qué fundamento se erija. Lo de aturdir no sufre mudanza. Se produce la misma sensación invariablemente: la de fragilidad, la de plenitud, juntamente ambas sin que una guíe la otra. Hay quien se conmueve al escuchar un aria de Verdi y quien lo hace cuando observa la lluvia demorarse en un cristal o un fotograma de Grace Kelly. Al final el resultado es el mismo y, llegado el momento, el que se extasía viendo cuadros de pintura flamenca puede comprender al que se arroba en la contemplación del expresionismo. Los dos se dejan impregnar por la misma misteriosa sustancia. Es el fuego interior el que mantiene prendida la luz. No se extingue. Cuando se viene abajo, hay un restitución lenta o súbita, pero de nuevo fulge la llama y se aviva el calor del alma. Es eso. Calor del alma. La belleza es el fuego que hace de vivir un oficio fabuloso. También el amor. Tal vez el amor sea una forma de belleza. Si se mira con detalle, maquina su trama con idénticos procedimientos. Ceguera, deslumbramiento, esa fragilidad y esa plenitud con la que se comprenden cosas que no alcanzaríamos si faltaran. Conserva la belleza vestigios de un incendio antiguo. Concurre en ella la luz, trae un misterio sin lenguaje, un rumor en el aire. 

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