20.1.24

El síndrome Zelig

 



Hay gente de pronto forzado, afligidos sin que se atisbe motivo o extremadamente ceremoniosos o melindrosos o afectados sin causa visible que los empuje. Se conmueven con ligereza, dan de sí la pose que se espera. Lloran cuando hay llanto, ríen si risa, se duelen si el dolor les cerca o callan cuando aprecian que callar conviene. Son especie de espectro plano y asombroso sentido de la supervivencia. Los hay a espuertas, aunque no se mancomunen y erijan un local social con sus estatutos y plantilla burocrática. No tienen conciencia de su condición por lo que no se lamentan ni vanaglorian de proceder como lo hacen. En cierto sentido, no viven una sola vida, sino cien, mil, todas las que sobrevenidamente confluyan. Múltiples, ciegos, falsos, tampoco se aferran a una de sus vidas, pongamos que sea la que más les agradó o con la que se sintieron más felices. No deciden nada, no eligen cómo se comportarán, qué palabras o qué gestos habrá para congeniar como anhelan. Tal vez sea la mejor manera de pasar desapercibidos. Ser todos, ser nadie, no intervenir. Como fantasmas inversos,  son gente sin biografía, huérfanos de alma, pobres de espíritu. Plagian sin fatiga, existen en la tiniebla del simulacro. El crédulo que los escucha los suele tener en alta estima, no indaga en si son espontáneas sus emociones o están estudiadas, probadas, sancionadas o legítimas. Hace prevalecer la robusta empatía de sus intervenciones. La impostura se advierte a poco que se les frecuenta. Los más refinados tiran de oficio y cuesta desentrañar la farsa. Vienen a ser como el Leonard Zelig de Woody Allen, personaje camaleónico, dotado para mimetizarse. Tal vez sea un deseo sobrenatural por ser aceptado, tomado en cuenta, quién no se ha imaginado amado por todos, odiado por todos, presente de un modo tangible. Son eco, olvido, nada, como el resignado Borges cinceló en un hermoso poema. 

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