13.1.24

Dibucedario socrático 2024 / L de Lluvia


 A veces llueve como si no lo hubiera hecho nunca. No porque la afirmación se sostenga estadísticamente y de verdad la lluvia sucediera primerizamente, sino porque sentimos que irrumpe con novicio milagro, haciendo que cerremos los ojos y dejemos que nos empape o dancemos alocadamente bajo su manto o brinquemos como niños en un juego o cantemos como Gene Kelly alrededor de una farola. Llueve siempre con propósito, pero al final es nuestro el motivo. Se privilegia cierta bondad agrícola y se solaza el campesino al ver alegre el campo del que depende, pero la lluvia, vestida con el corazón de quien la anhela, ofrecida en el aire sin que el aire la toque, juramentada como un regalo antiguo que persevera y se sublima, es un trozo de quien la ve tras unos cristales o de quien sale a la calle y la celebra. Bendita lluvia que conmueve el alma. Somos seres pluviométricos, cada uno a su manera. El cielo, al caer sobre nuestras cabezas, nos renueva, nos iza, nos convierte en criaturas hechas de pura gratitud, de limpia felicidad. No se explica lo amado, no se buscan las palabras que lo verifican en el comercio de las palabras, no podría jamás verterse con el mismo afán con el que ella, la dulce lluvia, intima con nosotros, dadivosamente. Y sin embargo, he aquí a Mochuelo asombrado del festín corporal del pobre Sócrates. Dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno parece que no den para tanto. Todo ese dramatismo (ese jolgorio, ese atolondramiento) es inefable, es lírico, es humano. 

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