9.8.23

Elogio del bustrófedon

La lectura y la escritura heredan de la tradición grecolatina el avance de izquierda a derecha y, una vez se ha alcanzado el final de la línea, se produce el salto absurdo de comenzar la siguiente de la misma manera. Se leería más aprisa si canceláramos ese artificio y el vector de las letras y de los fonemas trazara una especie de trayecto en el que el ojo no interrumpe la línea y prosigue de manera natural, no forzada a depositar la mirada en un lugar del texto opuesto absolutamente. De prosperar este modo de lectoescritura, el ojo no haría la cabriola de buscar un nuevo punto de partida, sino que fluiría más armónicamente. El utópico sistema de lectura total consistiría en una línea que no se descabalgara de su senda cuando sobrevenga el fin del espacio impuesto por el tamaño de la hoja en la que se lee, pero los problemas, más que ópticos, serían de otra índole, no siendo este texto el que desenvuelva esa madeja imposible. 

Rosseau censuraba este tipo de escritura, llamada bustrófeda, al privilegiar al lector sobre el mismo escritor: la mano se fatigaría menos desanclándose al ocupar el inicio de la línea inferior que continuando en el final de esa línea, aunque esté más cerca de la última posición que ocupó. Uno es levógiro y luego dextrógiro por imperativos meramente logísticos, podríamos decir. Vamos a la derecha y volvemos a la izquierda como el buey cuando se le conmine a arar y dibuja los surcos en la tierra. De hecho, es el significado de "bustrófedon" o hecho palabra aguda (bustrofedón) para comodidad fonética, nacido del griego antiguo: "al modo del giro del buey". Habría más sabiduría en el proceder del labriego que en la de la los sabios doctores de la antigüedad y su dictamen sobre cómo tendríamos que leer, aunque si hubiesen elegido el bustrófedon tendrían que habernos instruido en el feliz y juguetón arte del palíndromo, puesto que escribir la línea par precisaría que se transcribiera trocando el orden natural de las letras. He dicho natural. Tal vez esa naturalidad no sea sino una convención. No hay naturalidad en la restitución de lo escrito o de lo leído, sino patrones consensuados, senderos marcados por los que la palabra se justifica y establece su campo de influencia. 

Lo bustrofédico es una frivolidad de la que se extrae una enseñanza meramente lúdica. No tienen estos juegos mayor enjundia que la mera transcripción, una distracción paleológica. El buey griego se asocia en el vocblo a un sufijo (strophe) que da la estrofa literaria. Su raíz indoeuropea significa "dar vueltas". El lenguaje es un bucle. Nosotros decidimos qué camino tomar, cuál desechar. La ludolingüística es, más que nada, un desafío, una tentativa de potencia verbal, un juego en el que ganan todos los que participan. Se puede probar la eficacia lectora de la figura aludida con los primeros cuatro versos del poema de Antonio Machado, que quedaría así:

Al olmo viejo, hendido por el rayo,
odirdop datim us ne y,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
odilas nah saveun sajoh sanugla.

Los hermeneutas gozarán con la deconstrucción gramatical o semántica, pero el común hablante, si entra en la propuesta, tendrá disfrute similar, descubrirá que las palabras son herramientas y podemos manejarlas con instrucciones nuevas. Aquellos odres albergarán vinos nuevos para que la experiencia de la ingesta varíe. El viciado registro de la comunicación se refrescaría, haría que la dificultad no espantase o que nos cuestionemos de continuo la legitimidad del uso de las palabras y aceptáramos el atrevimiento de interrogar su a veces inamovible (casi arrogante) dignidad antigua. El lenguaje será subversivo o no será, aunque estas incursiones en la diversión no cancelen el imperio de la norma y dejen que se crea única divinidad de este cielo maravilloso. 


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