19.9.22

262/365 Louise Glück


Louise Glück dijo haber nacido hace mucho tiempo y no tener nadie al que pedir que le recuerde cómo era de bebé. Es el silencio el que la obliga y la conmueve, el que dicta las palabras, el que ocupa los huecos entre ellas. Debió ó haber sido pequeña, pero antes (cuando no había aspirado aire alguno y no conocía ni la luz ni el frío) flotó dentro de su madre. Ella piensa en ese estado como el que de pronto considera su niñez, la adolescencia o la etapa adulta, cuando los paisajes se desmoronan o cuando el tiempo hace cruento acto de presencia y nos hace pensar en su artero caudal de certezas. Glück tiene esa severidad que parece sencilla y hasta toma palabras sencillas para expresarse, pero basta ahondar para encontrar páramos yertos, matrimonios rotos, cielos grises y conversaciones rotas. 

Dijo que lo que no se mueve aprende a mirar. Un árbol, tomado como si fuese un hombre, nunca será ciego, ni una nube, tomada como si fuese otro hombre, sabe del primor del paisaje. 

Dijo haberse convertido sin temor en la anciana que temía. El libro en que aparece esa idea deslumbrante tenía el paradójico título de Vita Nova. 

Dijo entender la ecuación de una larga vida tras haber despejado todas las incógnitas.

Dijo no temer al amor ni a la muerte. 

Dijo que "hay una grieta en el alma humana / que no fue construida para pertenecer / por completo a la vida". 

Dijo que el viento sobre el almendro en flor es el gran tema de la poesía.

Dijo, "en el descenso hacia el valle", tener una vida dulce. Sin niebla, "fértil, apacible". Podía mirar al mundo por primera vez. Hasta podía tocarlo. 

Dijo haber renunciado a escribir para escuchar ópera y cuidar su jardín. No lo hizo durante años. Cuando la muerte de su padre no ocupó su cabeza, se consideró nuevamente poeta y anheló que el arte (la palabra que más amaba) condujera su existencia y la recondujera de nuevo al mundo.

Dijo no haber tejido un corazón sino haberlo ido desmadejándolo, cambiando las capas, retozando los dedos en sus pliegues, perdiendo su compostura y ganándola, hasta que pudiera decir que era enteramente suyo.

Dijo haber aprendido a nombrar la belleza observando las flores. Cada una sugería un poema. El libro era el jardín que desatendió.

Dijo creer entender cómo se vive en un corazón helado: “Entre sombras, arrastrándose sobre la roca fría, / bajo las copas inmensas de los arces”. 

Dijo contar con las palabras justas. Es la memoria la que las surte. Está lo narrativo y lo poético, lo tenue y lo reveladoramentte trágico. 

Dijo tener a Dios para que la ayudara a “ascender a lo hondo”. El alma se convida de cuerpo. La carne es un salmo. 

Dijo que lo la trajo al mundo lo sacará de él. “Nuestra nave / se mece en el agua teñida del puerto”. Nos espera. Caronte en su Hades, paciente y sabio. 

Dijo no tener dinero cuando alguien le acercó la noticia de que el Nóbel de Literatura le suponía casi un millón de euros. 



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