2.9.22

245/365 Gerardo Diego

 



No es fácil ser un árbol. Se tiene que disponer de la verdad de la luz y contener la velocidad de la tierra. Cierta la voz que reclama el manso decir del aire, vuelo hecho cosecha en la orfandad de lo hondo, quise vaciar mi alma, deshacerla en un susurro que ocupara el desnudo lejano de un abrazo, pero el sueño dictaba una brisa antigua que no era mía y la vigilia era un ángel sutilísimo con el que mis manos entretenían la tarde. Tampoco es fácil mirar la danza cenital de esas nubes que no saben nada del fuego loco ni de la raíz sensata. Basta la ciega música del aire para ser árbol. Una vez que la has escuchado, en cuanto has notado su presencia alada, te escucha la tierra. Eres su heraldo. 

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