18.3.20

Hikikomori

Esta cuarentena domiciliaria tendrá sus escaramuzas felices, pequeños hallazgos imprevistos, dulces incursiones en los huecos que deje la monotonía. En Japón existe una cosa que se llama hikikomori. Consiste en enclaustrarse en una habitación y pasar allí semanas, meses los más osados, o los más imbéciles. Lo hacen los adolescentes, no hay adulto que condescienda a esa reducción de la vida, aunque sea como probatura, como el eremita, pero sin el aditamento místico, que le da un plus de elegancia o de belleza. Hay quien vive en una adolescencia perpetua y se declara insolvente para entender la realidad y se encapsula adrede. Hubo una época en mi vida (no recuerdo los detalles, solo la impresión que ha subsistido) en que deseaba aislarme del mundo. No creo que solo fuese cosa mía. Andaría yo también adolescente o entrando en la edad adulta, si es que llegó, no se sabe bien. En esos años, uno prueba, prueba como si probar fuese de verdad la consigna, la única; como si el mundo se acabase y anduviéramos catando lo que no se conoce, inclinando la voluntad a lo desconocido, por si no hubiese más días, por si el mundo se acabase de cuajo, ya ven qué cosa más desquiciada. No hace falta ser adolescente ni japonés para tener esas ideas excéntricas en la cabeza. Es la edad en la que todo se permita, tal vez la única. Luego hay que sentar esa cabeza, darle una tranquilidad, no permitir que se desquicia como solía. Ayer vi en televisión a un tonto antológico vestido de dinosaurio. Al parecer el hombre en cuestión, el dinosaurio improvisado, no tenía intenciones subversivas: iba a tirar la basura y decidió salir disfrazado. No sé si eso es punible. La manera en que uno sale a la calle no está reglada todavía. Ni el humor con el que uno afronta este delirio, esta especie de advenimiento del caos.

A lo de los japoneses, lo del hikikomori, no hay que darle más importancia. Voluntos de la edad promiscua. Hay quien se excita con un cuerpo y quien lo hace cerca de una pantalla de ordenador. Me  pregunto si seguirían encerrándose si carecieran de fibra óptica. No es una decisión moral lo que toman, sino una aventura digital, un cancelar un mundo para abrazar otro. La reclusión prescrita por el Estado apela a otras emociones: la de la responsabilidad, la de ejercer la ciudadanía de un modo respetuoso. En ello estamos: en cuidarse uno, en cuidar a los otros. Qué buena oportunidad la que tenemos: podemos demostrar que la educación que hemos recibido fue buena y que la estamos poniendo a prueba, ejercitándola, dando lo que tenemos para que todo mejore. Qué plan más bueno, qué ilusión da.

Estamos encapullados. Somos vulgares lepidópteros, pero sin la bendición de la raza y del destino de los insectos. Leí hoy que Shakespeare escribió Rey Lear, Antonio y Cleopatra y Macbeth en la plaga de 1605. Los teatros estaban cerrados y se le pidió que tuviese unas cuantas obras para cuando abriesen. A ver si cuando abran las calles he terminado mi novela. Me temo que se me está ocurriendo otra. Es lo que tiene la mente ociosa. Menos mal que tenemos mensajes en el Whatsapp que nos alegran la mañana.  Que tengan un buen miércoles.

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