30.3.20

Miedo







"¿El miedo? Ha influenciado en mi vida y en mi carrera. Tenía cinco años cuando lo descubrí. Era un domingo por la noche y mis padres fueron a dar un paseo. Estaban seguros de que yo iba a dormir hasta su regreso. pero me desperté, llamé y nadie respondió. A mi alrededor sólo existía la noche. Me levanté a la cocina, encontré un trozo de carne fría y me puse a comerla mientras me secaba las lágrimas"

(Alfred Hitchcock)

No sé cuándo descubrí el miedo por primera vez. Se tiene de las primeras veces una idea brumosa, que no siempre se ajusta a la realidad y se acaba corrompiendo, convirtiéndose en otra cosa, no siempre fiel a la que vivimos. Tuve miedo de un pasillo oscuro hace mucho tiempo. La aventura consistía en avanzar por él y lograr acceder a la puerta del dormitorio, abrirla, encender la luz y cerrarla. El miedo quedaba tras ella. No recuerdo qué edad tenía. Luego vinieron otros miedos, quizá no tan físicos. No era la cercanía de una presencia hostil que me amenazara, ni la ominosa sensación de que era inminente el advenimiento de algún tipo de catástrofe. En ese aspecto, fui un chico fuerte. No soy fuerte ahora, no como debería. No creo que haya nadie fuerte. El miedo que nos circunda es tan sutil que no nos desboca el corazón, ni nos sobresalta en mitad de la noche, pero tiene otras maniobras de intimidación. Tenemos miedo a no saber qué pasará mañana, eso viene con la edad. No es una angustia certera, no se le puede asignar un rostro o un discurso: planea alrededor nuestro, nos ocupa un rato la atención y luego se desvanece. Parece irse, pero anda por ahí, agazapada o bien a la vista, da lo mismo, alerta, pendiente de cualquier debilidad nuestra para abalanzarse de nuevo. Se tiene miedo al aire en estos días y nos quedamos en casa por mandato gubernamental. Tendremos miedo cuando abramos las puertas y salgamos. La calle será el pasillo de mi infancia. El monstruo andará ahí, no se impacienta, ni se distrae. Pero no es al aire a lo que le tenemos de verdad miedo, ni al virus danzando dentro suya. No es el miedo a infectarnos, no es ese el temor principal. Tememos que al abrir la puerta y salir en tromba a la calle, no todo sea tan feliz como esperábamos. Es miedo a que el ansiado regreso a la normalidad no cumpla las expectativas. Es a nosotros mismos a quien tememos. A nuestro alrededor solo existía la noche, como relata Hitchcock. Nos dejaron solos y nos despertamos, fuimos a la cocina y encontramos un trozo de carne fría, que engullimos mientras nos secábamos las lágrimas. La vida irá en serio más adelante. Mientras esa circunstancia concurre, la de salir, la de pasear las calles y volver al trabajo y a la rutina, seguimos confinados. El frigorífico está al final del pasillo. La noche está oscura. Nos vamos a poner más gordos. En el fondo, el miedo es un mecanismo de defensa. 

1 comentario:

g dijo...

Tengo miedo a lo que no depende de mí, también lo tenía de chica. Y con la edad, se ha intensificado esa sensación de descontrol cuando espero por algo que proviene de terceros.
Ahora tengo miedo a la desbandada, a que abran el confinamiento y la gente acabe más loca de lo que se ha vuelto en estos días.

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