Abrazamos poco y abrazamos mal, no se sacia uno en el abrazo, casi nunca hacemos que dure, se aplica con brevedad, como temiendo que estemos haciendo mal o que el abrazado no corresponda y eluda los brazos como pueda y se zafe. Tenemos ese miedo antiguo a manifestar nuestros sentimientos, no se nos ha educado para el abrazo. El cuerpo sigue un territorio complicado. Al alma le hemos dedicado infinidad de libros, se le han construido templos, se ha volcado en ella la esperanza del porvenir, pero el verdadero futuro está en la expresión limpia de los cuerpos, que a veces son un obstáculo, cuando deberían ser un puente o una casa. Nos tocamos unos a otros poco y tal vez mal, como con prisas, sin extenderse, en la creencia de que hay algo reprobable en el abrazo, algo que puede ser amonestado o reprendido. Había un poema que pedía que nos abrazáramos más. Creo que era de Benedetti, es cosa de buscarlo. Galeano tiene un libro entero.
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