11.1.17

Yo he pecado, Señor

Pecar es cosa de pobres. Los ricos no atentan contra las leyes divinas. Si uno es rico, peca como distracción. En realidad, salvo que tenga una fe extrema, observada con severidad, aplicada con firmeza, el rico desoye la admonición de los augures de las catedrales y de las pequeñas iglesias de barrio, no entra en el negocio del alma y va a lo suyo, sin que le preocupe la inminencia del infierno o le motive la bondad del cielo. La clase media peca a conciencia, por encontrar en ese delito evangélico un poco de aire viciado con el que amenizar la rutina de los días. Conforta lo prohibido, consuela saber que estamos allanando una propiedad ajena, una morada que no es nuestra, un lugar en el que no deberíamos estar. Lo clandestino, en su esencia, es lo que deleita, lo que completa la cantidad de luz que anhelan los ojos acostumbrados a la tiniebla, a esa penumbra en la que nunca pasa nada extraordinario. El pobre, en cambio, es el pecador arquetípico. Es a él a quien van dirigidos los reproches de las homilías, es en él en donde se advierte el andamiaje que se iza hasta rozar el mismo cielo.

Anoche, en la radio, en uno de esos programas en donde la gente confiesa los porqués de sus penurias o de sus alegrías, pillado por casualidad a poco de quedar dormido, escuché al pobre declarado, sin medios con los que subsistir, preocupado por medrar y poner en riesgo su estupenda hoja de servicios, la que le servía para entrar con la cara bien alta en la iglesia (decía) cuando iba en domingo y le pedía al Señor que le sacara del agujero. Repetía mucho lo del agujero y lo de la cara alta. Como si una cosa fuese justamente el anverso de la otra. Creo que me dormí pensando en eso, en la trampa del pecado, en esa usurpación un poco infame de otra palabra más enjundiosa, de más noble asiento en la sociedad: el delito. Quizá una parte de que esto funcione (o no lo haga en absoluto, depende de quién lea o de cómo procese lo que ve o lo que lee) procede de inclinarse a la legitimidad del pecado o a la del delito. La justicia, la divina o la terrena, hace su trabajo, sí, pero habría que separar bien cuál es su ámbito de trabajo. Si una puede interferir la aplicación estricta de la otra, si nos espera el infierno o un juzgado, si la opresión que sentimos en el pecho la agita un dios o un juez. En cierto modo, podríamos dejar que los dos convivan y a los dos nos rindamos. El pobre de anoche, digo pobre porque se manifestaba pobre, sólo quería que Dios, que todo lo ve, no le apartara de su lista de elegidos y su tortuoso camino por la tierra, no dudo que penoso como el de cualquiera, no rebajara una brizna del esplendor que recibiría al abrazar al Padre, nombrado en varias ocasiones con absoluta vehemencia, por otra parte. Un Padre atento a sus hijos, expresaba. Se pierde uno en estas sutilezas de la fe. Se cree que está al margen de esas consideraciones, alberga la esperanza de que cualquier cosa a la que nos dirijamos será buena o ni siquiera será.

A lo que no se nos ha enseñado es a soportar el dolor, a sentirlo y caminar con él y sobrellevarlo. Es el dolor (el físico, el otro a veces más doloroso) el que nos conmueve o nos lacera o nos destruye. En las novelas rusas, en las que me gustan, se palpa esa moral claustrofóbica, se percibe que oprime hasta que los personajes dicen basta y matan o se suicidan. También creo que la literatura nos salvará de todas estas teatralidades del espíritu al imponer las suyas propias, las de la ficción, que consuela y permite que sigamos yendo de lo humano a lo divino sin que tengamos que pagar peajes muy altos en ese trayecto. Y da igual que seamos ricos o pobres o que pequemos a posta, por distraernos, o sin desearlo, por obligación, impelidos por el azar o por las en ocasiones duras circunstancias.

1 comentario:

José Fco. Dueñas dijo...

El pecado es un invento que conviene a muchos para que se cumplan las leyes. Es una manera coherente de hacer que la sociedad avance. No es una cuestión sólo religiosa, sino social. Delito o pecado, no siendo lo mismo, el resultado es el mismo. En un tiempo en que no había leyes, el pecado era la única vía para que el hombre no cometiera tropelías.