21.1.17

Bibliotecas / 10



Hay sitios que no están, algunos que ni siquiera tienen posibilidad de imponerse a la realidad y perdurar en ella, pero de los que se posee una idea romántica, de una plenitud absoluta, ocupando la entera capacidad de fascinación de la que somos capaces. Como una religión. Se tiene de ellos la impresión de que nos esperan, aunque no haya noticia alguna, ni evidencia fiable, de que nos dirigimos allí o de que conocemos el camino. Cuanto más se aprecia lo imposible de su existencia, con más ahínco nos aferramos a ellos. Son nuestros, al modo en que lo son la casa en la que vivimos o el cuerpo en el que estamos. El anhelo de la propiedad no siempre es tangible, no cuadra a veces con los objetos con los que amueblamos la vigilia. Tenemos posesiones preciosas que no registran las reglas del volumen y del peso, que no se abren con llaves ni conocen el imperio del dinero. Hoy, al leer a mis alumnos la Oda a las cosas de Pablo Neruda, pensé en cómo nos sobreviven los objetos, en la resistencia a que el olvido los derrote. Ojalá nosotros mismos pudiéramos perdurar como ellos. De alguna forma uno perdura en los libros que posee. Los libros que tenemos dicen cómo somos. Algunos lo hacen con más vehemencia, con más hondura también, que las palabras que decimos o los actos que hacemos. Amar los libros es escindirse en ellos. Nos impregnan y también los impregnamos. La biblioteca que vamos haciendo crecer funciona al modo en que lo hacen los hijos. Se parecen a nosotros, tienen gestos nuestros. Somos el río irrevocable, decía Neruda esta mañana en clase. Somos el libro infinito. Hay bibliotecas secretas en los bosques. Cada uno tiene la suya. 

Fotografía gentileza de Mamen

1 comentario:

Sergio DS dijo...

Me asombra la de casas que he visitado en esta vida en las que no hay presente un solo libro (por que las Sombras de Grey no es un libro, por clarificar).

Un abrazo.