30.1.17

Bibliotecas /14



Biblioteca personal de Richard Macksey, profesor de Humanidades en la Universidad Johns Hopkins, Baltimore, USA.

No hay vida para leer todos lo que uno quisiera. Incluso el hecho de leer mucho trae aparejada la idea de que algo tuvo que descuidarse. Si yo ahora releyese Moby Dick, la obra maestra de Herman Melville o la Lolita de Vladimir Nabokov, una de las mejores novelas jamás escritas, le estaría sustrayendo a mi rutina diaria el tiempo que bien podría ocupar en pasear o en salir con los amigos o en ir al cine dos o tres veces por semana y no perder el hilo de los estrenos. No sé lo que tardo en leer una novela. No le he echado cuentas. Leí El túnel de Ernesto Sábato en una tarde y tardé casi un mes en acabar Ulises de James Joyce. Hasta estuve tentado de dejarla por la mitad. Pesaba más la obligación que el deleite. No creo que me haya sucedido con muchos libros. Hay una voluntad mía en quedarme con las novelas ligeras que tal vez provenga de mi amor absoluto por el cuento. El grosor, en literatura o en el cine, me agradan cada vez menos, pero en cualquier momento me desdigo y vindico el grosor como criterio para elegir una obra y no otra. Lo que no haré jamás es leer todo lo que mi pasión bibliófila ha ido comprando. No porque me falte el deseo para acometer esa empresa, no porque ahora no me apetezca leer de nuevo las novelas de Faulkner o las de Austen. Con frecuencia cada vez mayor razono que no puedo alargar más los días o que no puedo fatigar más las noches. Recuerdo haber leído hasta que clareaba el día. En ninguna de esas ocasiones, en las veces en que el desvelo ocupaba noches enteras viendo cine o escribiendo o leyendo, lamenté el exceso. La edad cobra sus peajes y no se pueden mantener estos vicios sin que se fracture algo dentro. Al mirar la biblioteca de casa constato que es posible que no abra otra vez Manhattan Transfer de John Dos Passos o Dracula de Bram Stoker. Hay libros a los que vuelvo y me fascina la compra de los nuevos y la posibilidad de entrar en una trama de la que lo ignoro todo. Luego está el espacio, la imposibilidad (esta vez) de alojar cada pequeño capricho que uno pueda concederse. Creo que no sabría qué elegir en una biblioteca como la que ilustra este escrito. Sé también que sería feliz de un modo primario e inargumentable si yo dispusiera de esa sala para mi solo solaz. Seguro que está por ahí Borges o Kafka o Musil o Kipling o Lovecraft o Cortázar o Swedenborg. Lo que no hay es vida. Ni quizá los que tenemos cerca, a los que amamos, merezcan que los libros ejerzan esa influencia poderosa en nosotros. Es cierto que es una enfermedad. Los libros, a la larga, dañan, pero es una herida dulce, una que conviene, la única con la que uno trasiega sin que el dolor lo rebaje, aunque uno sepa que, pasados algunos capítulos, el lector y el protagonista mueren. Lo decía con menos palabras un famoso humorista televisivo: el ansia pura.