10.1.17

Hay que elegir bien las palabras

Hay que elegir bien las palabras, acomodarlas, conferirles el aura de afección suficiente para que impregnen otras que les vengan cercanas y todo quede ensamblado y firme de modo que no exista necesidad de mover alguna o de sustraerla del conjunto y calzar una que se apreste, en urgencia, a cobrar ese sitio y darle a todo un aire que no tenía. Para cuando estén a gusto de quien las escoge ya habrá alguna que se haya acercado a incomodar, por ver si lo malogra todo y hace que todo comience de nuevo. No hay certezas con las palabras, siempre andan acoplándose y desacoplándose, cerrando una idea o abriéndola sin remedio. Las palabras, aún tratadas con generosidad, mimadas, acaban por traicionar al que las escribe o las pronuncia. Vistas con cierto esmero, se desprende que tienen voluntad propia y se descuelgan o se arriman sin que se sepa bien a qué obedece la fuga o el enganche. Ahora mismo, mientras escribo, aprecio que hay algunas que me piden paso y desean con verdadero ardor que las traiga y las deje aquí y hasta alguna hay, que anda ahí detrás, bien cubierta, como si ya hubiese hecho con colmo su oficio, que no merece ese hueco, pudiendo ir con más soltura en otro o incluso en ninguno.

La manera que tenemos de hablar o de escribir también podría aplicarse a la que tenemos al escuchar o al leer. Si nos esforzamos en escuchar bien, si pesamos lo que dicen las palabras que nos dicen o las que nos escriben, podemos aprisionar alguna que nos convenga y doblegarla para que se hilvane a las nuestras. Quizá las que nosotros elegimos son las que los demás capturan (no me cuadra el verbo, pero no doy con otro de momento) y manejan. Lo mejor que puede hacer uno si de verdad ama las palabras es no contentarse jamás con ellas. Dar las batallas por perdidas, albergar la esperanza de que una brizna de belleza o de inteligencia o de elegancia será cosa nuestra o que en el transcurso de un día alguien repara en algo que hemos dicho o escrito y decida, tal vez sin tener conciencia de que lo está haciendo, que esa combinación de un adjetivo y un sustantivo, pongo por caso, es hermosa o le hace disfrutar (sin que esperase hacerlo) o únicamente le deparó un instante de extraña felicidad. Duele que algunos las zahieran y las tundan a palos. Hace que temamos que no haya futuro y estemos abocados al caos. En el peor de los casos, cuando hayamos renunciado a expresarnos con las mejores palabras posibles, con las más útiles o las más evocadoras o hermosas, regresaremos al gruñido y el grito lo ocupará todo.

Hay quien desoye a veces lo que se le dice. No por ignorancia, ni siquiera por alguna indisposición física que se lo impida. Es la pereza o el desinterés lo que les anima o lo que les hace flaquear y sentirse bien en esa flojedad de la que no se extrae nada bueno ni tampoco malo. No hay asunto de mayor importancia que éste de las palabras. Cuando se organiza bien, en cuanto las palabras fluyen como deben y se encabalgan unas a otras en un todo firme, el mundo gira mejor, las personas nos amamos más hondamente y hasta los cuerpos se buscan con más lúbrico empeño. Lo mismo que el martillo impacta en el objeto sobre el que se aplica y lo hunde a voluntad de quien lo empuña, las palabras impactan en la realidad y la ablandan o la endurecen, la endulzan o agrian, la convierten en algo soportable o en el lugar más duro en el que se pueda vivir. Hay palabras con las que hemos contado toda nuestra vida y que, sin aviso alguno, como una amante que deja de serlo, nos abandonan, dejan de agradarnos como entonces. Leo con verdadero interés a algunos poetas (hoy Jorge Guillén, muy temprano) porque es la poesía la que encaja mejor las palabras. Un poeta, uno bueno, es, en esencia, una persona que se esmera más que otras en poner unas palabras al lado de otras. Además le anima la intención de que ese ensamblarlas explique el mundo. Porque el mundo completo, sus pájaros, sus nubes, sus insectos o sus minerales, está en las palabras con que lo nombramos.  Si les perdemos el respeto, empezamos a morir. No una muerte individual, que le sucede a alguien. Es la defunción de la sociedad tal como la conocemos.