18.1.17

Bibliotecas / 8



En ocasiones, convencido por la pereza, he pensado en desordenar mi biblioteca. Se trataría, en todo caso, de introducir un elemento caótico en ella. Siempre me fascinaron las mesas en las que el escritor está ocupado con sus libros y mira distraídamente a la cámara que registra ese momento de inspiración espontánea y simulada. Los libros se apilan sin que los encaje un propósito y crecen contrariamente a cualquier iniciativa de orden. Me parece imposible que alguien sepa cómo encontrar la poesía completa de Gil de Biedma en los tres volúmenes que editó hace veinte años (tal vez más) Mondadori. Quizá dé con uno (Las personas del verbo es mi favorito) y lo ojeé de pie y después lo coloque en el mismo sitio o probablemente esa pereza (o cierta voluntad anárquica) le incite en su subconsciente a que lo deje en otro lugar, uno en el que nunca haya estado. No tengo una biblioteca tan sumamente extensa como para que los libros me asfixien. Es voluminosa, sin que en ningún momento pueda alardear de ella como en ocasiones sí lo hago con la colección de discos o con la de películas. Es una mera cuestión de espacio. Las bibliotecas obedecen ciegamente a la propiedad en la que habitan. Creo que es Javier Marías el que tiene un segundo piso en cuyas habitaciones sólo hay estanterías, altas estanterías hasta el mismo techo en donde posee una segunda biblioteca. En la principal, estarían los libros que maneja para sus novelas o las novedades recientes o aquéllos por los que manifiesta (pública o privadamente) una devoción mayor. Con el tiempo, haría pequeñas mudanzas y llevaría los libros menos consultados al piso depósito, por llamarlo de alguna manera. Caso de que Marías sea un lector centenario (le dé la vida muchos años en los que ver fútbol, leer y escribir como lo hace) tendría que abrir un tercer piso y comenzar una tercera biblioteca. El ardor bibliófilo es una enfermedad y quien la padece no se deja medicar y permite que el mal avance y termine por invadirle el cuerpo entero hasta que lo derrota. Mi amor libresco no alcanza ese delirio. Tampoco se me permitiría. Hasta yo, a veces, pienso a qué viene ese vicio de comprar libros cuando todavía hay algunos que todavía no has leído. Podría hacer una lista larga. Parece que esperan a que les concedas el beneficio de la existencia. Somos una especie de dioses subalternos, caprichosos y rudimentarios que abren y cierran las vidas encerradas en las novelas que no leemos. La vida, que es caos, no puede volverse mansedumbre: hay vértigo dentro, aunque nos esmeremos en domeñarlo y busquemos (con ahínco, con pasión, con vicio a veces) el orden, como si eso nos salvara de algo. Como si fuese malo y hubiese que huir.

1 comentario:

Juan Herrezuelo dijo...

Jesús Marchamalo tiene uno (o dos) libros sobre bibliotecas de escritores, tal vez fue ahí donde leí esa anécdota de Marías que cuentas. La de Luis Alberto de Cuenca era la más desmesurada, y la de Landero la que iba menguando libro a libro. Está muy bien eso de ardor bibliófilo, casi se diría de amor literario henchido el corazón. La de Tomasi di Lampedusa al parecer contenía dos tesoros: las propias obras y, por otro lado, billetes de curso legal que el autor de El Gatopardo metía entre páginas y luego olvidaba de qué libro, exactamente. Al final uno tiene una relación extraña con su biblioteca, porque una parte no desdeñable de los libros qué contiene no son tocados más que cuando toca limpieza general, y sin embargo… son como esas palabras del diccionario que hace mucho que no usa nadie, pero que no quisieras que desaparecieran.