29.3.16

Árboles


Una metafísica
Todo lo que escribo proviene de la premisa fundamental de que todo puede ser transcrito a la escritura. Algo así a lo que hacen Lynch o Cronenberg en su cine, pero evitando (en lo posible) lo puramente excéntrico. Uno adquiere esa voluntad un poco sin desearla, no forzando. De pronto se te ocurre que deseas escribir y piensas de qué podrías hacerlo. La otra versión es la que aparece un asunto y la escritura se supedita a él, llamándolo, acudiendo a que salga a flote. Lo que interesa es la rendición de una trama o el vertido de un argumento: interesa la bondad del instrumento, su eficacia. De la novela que acabo de leer (El reino, Emmanuel Carrère, Editorial Anagrama) me ha fascinado más la técnica con la que ha sido escrita (una especie de no ficción, de falsa novela, de artefacto de muy dispersos engranajes) que la historia en sí, que hasta (en ocasiones) me ha resultado poco atractiva. La reconstrucción de la vida de los santos (de los apóstoles, de los cultos y de los que no lo eran, de los que difundieron el cristianismo en sus albores) no es un asunto que me fascine particularmente, pero he devorado el tocho entero en pocos días, entusiasmado por el modo en que Carrére (del que no había leído nada) ha resuelto la obra. El jazz es una especie de música que no sólo se preocupa de lo que cuenta (la melodía favorable o no) sino de lo que pone en juego para que esa restitución también fascine. Importa crear. Ese es el punto de partida. Investigar, ahondar en la idea de que la creación es la base de todo, en lo artístico, en lo científico, en lo vital también. Conozco gente creativa a la que me arrimo y a veces, en cosas sueltas que hago, me considero creativo. No porque escriba a diario, que no deja de ser un acto mecánico a veces, útil para mí, al menos, pero mecánico, sino porque formulo la escritura (la rendición de este blog) como una obligación. Todo lo que escribo busca comprender las razones por la que escribo. De hecho, a poco de que se mire en detalle cada entrada de este blog, se colige que hablo en esencia de eso mismo: de la relación entre el autor y su obra. Como una metafísica.



Cosas que han dejado de estar de moda
Constato a diario que se tiene menos educación o que ser educado no es importante o que la buena educación (incluso la buena) está mal considerada. No es nada nuevo. La cultura no tiene el predicamento de antes. Acepto que nunca tuvo uno verdaderamente considerable, pero el de ahora es sencillamente insostenible. Se mira con asombro (con escepticismo, con reprobación a veces) a quien en un bar, en un apartado, despacha la lectura de una novela, en soledad, apurando un café. Se da por hecho que lee porque no tiene otra cosa de más interés que hacer. Se acepta que leer es una de esas cosas que se hacen cuando no hay otra mejor. Sigue produciendo un cierto tipo de fascinación el que, en televisión, en uno de esos concursos de preguntas y respuestas, lo sabe todo, maneja con soltura todas las materias, responde convincentemente o exhibe un dominio incuestionable. A lo sumo, nosotros balbuceamos unas pocas respuestas, nos creamos la ilusión de que toda esa enorme cantidad de conocimientos (conocimientos mensurables, registrables) no le van  a hacer más feliz. Es la felicidad de lo que se habla. De la posible felicidad que la cultura pueda producir en quienes la manejan, en si la educación (los modales, el civismo, las buenas maneras, en definitiva) podrían conciliar nuestra efímera existencia con la comunidad, con la cercana, con la otra, la global, la que de alguna forma no deja de rodearnos e influirnos, 


Efímero
Lo que no cuaja, todo cuanto no dura, las imágenes, lo que recordamos de las imágenes, lo que después nos hace pensar en ellas, en las palabras que usamos para contarlas, en el tiempo que duró ese contarlas.


Xanadú
Sitios que no están, algunos que ni siquiera tienen posibilidad de imponerse a la realidad y perdurar en ella, pero de los que se posee una idea romántica, de una plenitud absoluta, ocupando la entera capacidad de fascinación de la que somos capaces. Como una religión. 


William Blake
Me desperté anoche y conecté la radio. Esa intimidad de las palabras dichas al oído (tengo unos buenos cascos, de los pequeños) y la oscuridad que cierne hacen que uno se esmera en lo que se le cuenta. Hablaban de William Blake. No sé si escuché mucho o poco o si lo escuchado trascendió y lo tengo ahí alojado, perdido en algún lugar de mi memoria, o si podría extraerlo de alguna manera y contármelo de nuevo, como si yo dispusiera la posibilidad de confiárselo a otro. Hablaron de que el infierno no existe para Blake, pero nombraron demonios y luego (merced al sueño) hice que el propio William Blake ingresase en mis fantasías y se batiese en un extraño duelo con todos ellos. Me desperté hoy feliz, pese a todo. Recordé a Blake y me cercioré (en cuanto buenamente pude) de que de verdad fue Blake del que hablaron en la emisora. El Blake alto del primer Borges o el que vino más tarde, ya solo, sin la tutela de Borges, en un campo hace muchos veranos. Podcasts que hacen que la escritura (incluso la que no tiene sostén alguno) fluya. De eso (creo) se trata.


Barney Kessel
Fue en casa de la novia de un primo mío. De eso hace mucho tiempo, pero podría decir qué año, si lo pienso en detalle. No importa la fecha, ni siquiera que fuese una casa u otra, una novia de un primo o lo que fuese, pero no creo que se desvanezca la imagen de un disco de Barney Kessel, un tipo de cara poco o nada agraciado, lejos de los modelos al uso, que se exhibía con su guitarra, en un fondo negro. He buscado esa portada y creo haber dado con ella, pero no estoy seguro, no podría estarlo. Sonó completo. Primero una cara. Luego la otra. Años después me deslumbró el jazz y adquirí discos del propio Kessel o de Joe Pass o de Wes Montgomery, que son (siguen siendo) los principales guitarras del género, a mi (modesto) alcance. No he vuelto a escuchar a Kessel como entonces. Hay veces en que las primeras veces son en realidad las únicas. 

1 comentario:

Fernando Jiménez Crespo dijo...

Voy a Kessel, que es lo que más me ha interesado. Triángulo de interés, que dice mi mujer: el jazz es una cosa mágica, que es mágica incluso cuando no lo es, lo cual es difícil de entender. Kessel es en casa uno más de la familia Admito a Pass y a Mongomery, pero Kessel es el primer, porque fue el primero que entró en un disco de vinilo (Black Lion el sello, por si no lo sabías) que trajo un amigo de mis padres, muy modernos ellos. Ahí empezóel amor amor de esta de casa por el jazz, que veo que es santa también en la tuya. Volveremos a entrar y a dejar c0mentarios. Un saludo con muuuucho swing.