4.2.26

La dulce herida

A Alfonso Brezmes, con mi abrazo.

Qué será lo sublime,
cómo podremos aspirar a lo eterno.
Hemos levantado un cielo de prodigios,
una catedral de metáforas,
y seguimos a ciegas, sin saber
qué se debe hacer
para extraer el aliento del hombre,
para forjar la espada del corazón
y medrar en la dura obsidiana del pecho.
No hemos hecho nada,
No hemos aprendido nada,
seguimos en toda esa incertidumbre
con la que la luz se hizo paso en las sombras.
Es de las sombras el camino,
suyo el calcañar de las sombras.
El pie prospera en el camino,
el ojo se embelesa en el paisaje,
pero no hay camino, ni paisaje.
No quedará nada de lo que hayamos sido.
Ni una mala piedra con la que hayamos tropezado.
Ni un cuerpo al que exigir un testimonio fiable,
una especie de rendición de cuentas de lo vivido.
Y, sin embargo, qué clamor el aire,
qué propósito sin abrigo el tiempo.
Con qué párvulo arrobo miramos el sol
cuando ocupa la extensión primeriza del día.
Qué sed de futuro sin nada que la consuele.
Qué duro se me hace elevar la cumbre que diviso
y cuánto amor ahí arriba,
en el risco desde el que se entiende
la perseverancia ciega de la sangre.
su clamor en el aire.
Tan solo el amor se obceca en ser idéntico a sí mismo.
El amor para que el amor no se olvide.
El amor desvanecido, el constante, el roto.
Todas sus palabras guardadas en un cofre
que poder abrir cuando el amor flaquee
y haya que traer de vuelta a casa el amor ido.

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