27.3.11

Mi corazón tendría la forma de un zapato si cada aldea tuviera una sirena...




La realidad consiste en pequeñas partículas en aparente caos que, al mancomunarse, forman manzanas, destornilladores, párrocos de pueblo o libros de Federico Jiménez Losantos, pero debajo de la realidad, justo donde las partículas se pierden en su vértigo, hay un inframundo delirante en el que pasan cosas indescriptibles. Esa microrealidad abastece, sobre todo, la imaginación de los escritores de ciencia-ficción y de los físicos cuánticos, que viene a ser la misma asombrosa cosa, pero está a la orden del día que el ciudadano normal, el que hace cola en la charcutería y se enoja cuando a su equipo le meten cuatro el domingo, termine por entusiasmarse por esta vida subreal que engolosina su prosaica actividad sensible y la convierte en épica.
La realidad es un objeto de estudio inescrutable, a pesar de todo: siempre hubo ese afán por navegar las estrellas, empresa  tan fascinante y, al tiempo, tan absurda, pero nada es susceptible de ser conocido enteramente. Ni siquiera el más sencillo de los objetos que nuestros sentidos nos ofrecen. Ir al espacio y buscar conexiones cósmicas y túneles de luz en el oscuro confín no garantiza que en casa seamos más felices. Pero no estamos hablando de felicidad sino de viajes. Los chinos, no vamos más lejos, ya se han dado hasta su garbeíto cósmico. Lo que pasa es que fatigan las galaxias y hurgan en su oscura materia secretísima y desatienden asuntos más domésticos como la leche infantil o la censura informativa. Quien haya leído China ha leído bien, pero puede el amable lector colocar en ese paréntesis el nombre del país que le apetezca. No sé yo si los ciudadanos finlandeses se maravillarían si su gobierno tirara al espacio, pero me da que están más preocupados por otros asuntos y no permitirían que sus gobernantes perdieran la cordura de una manera tan flagrante, y eso admitiendo que la renta per cápita de ese rincón nórdico no es escasa y da para esas excentricidades. 
Al ciudadano chino encantado con las proezas astronaúticas de sus compatriotas, abrumado por la dimensión histórica del asunto, ni se les pasa por la cabeza pensar en la precariedad que padecen en otros órdenes de la vida. La microrealidad o la suprarealidad niega la realidad, la ningunea, la incapacita para ser referente de ningún estudio sociólógico: para eso está la carrera espacial o la carrera atómica. De atomo, se entiende. Viene todo esto a decirnos que a un ciudadano de un país en apuros (cuál no lo es hoy) le ofrecen un episodio de Star Trek y me lo tienen contento un año. Si se amotina, si exhibe su deslealtad con las consignas del régimen, le cierran el blog o le callan el pico bajo la amenaza de algún tormento medieval todavía vigente.
En España estamos lejos de crear un Ministerio Galáctico. Nos preocupan asuntos más terrenos y el espacio exterior importa escasamente cuando el interior todavía no está compartimentado como debe. No cabe en cabeza que el gobierno (éste, otro, el que venga, el que regrese) invierta en lo que, por tradición histórica, por idiosincrasia, no nos incumbe en demasía. Pero igual estoy equivocado y el poderío de un país se mide en estos términos. Mis conocimientos no pasan de la pasada rápida por los titulares de la prensa y la escucha (más o menos pausada) de algunas tertulias radiofónicas. Y ahí todavía no he percibido yo signos de que la realidad española baje o suba, se obceque en buscar el universo más alto o se empecine en escudriñar el universo más bajo. Soy un ignorante. Ojalá quienes gobiernan mi ignorancia no lo sean.
Yo soy de un pensar más regionalista. Me suelo fijar más en los asuntos del corazón y advierto que al músculo lo estamos atrofiando con el gris paisaje de amores con el que lo entretenemos. Le damos pasiones digitales, le ofrecemos pastelitos cibernéticos y le contentamos con mínimos hallazgos emocionales que, en muchas ocasiones, provienen de un nuevo amigo en el facebook o de una búsqueda satisfactoria en el jodío algoritmo del google. Si al corazón del siglo XXI le ponemos enfrente un tocho de Balzac le dá un síncope. Se viene abajo. Se atora. No entenderá, por falta de entrenamiento, por pereza pura, por tener en desuso el asombro, la empatía con el dolor ajeno, con las pasiones de los otros, todo eso que la literatura se ha encargado de transmitir durante siglos. Vamos a hacer justamento eso: hacer que Balzac sea reconducido y lo vendan a tutiplén en la Fnac. Que sea portada de los suplementos de cultura. Que el gobierno insista en el hecho de que la literatura (la de Balzac en concreto, pero podría ser la de Proust o la de Mann o la de Chéjov) puede crear ciudadanos más sensibles. Una vez la sensibilidad se ha instalado por ahí adentro, el que la posee dificílmente podrá dejar de sentirla y no se verá tentado de engolfarse con mediocridades. No verá La Noria. No verá cine ínfimo y tendrá un criterio poético a la hora de comprar una corbata o un kilo de manzanas. Una vez estamos letraheridos (me encanta la imagen de que las palabras hieren y sanan y vuelven a herir otra vez) no hay vuelta atrás. Nos da igual conocer el espacio exterior porque el interior es abismal, no es navegable en cien vidas y cambia a diario, abriendo galaxias de asombro y de apasionamiento nuevas. Vamos a leer a Flaubert esta noche. Vamos a dormirnos con Poeta en Nueva York abierto por ese poema en el que la niñez era fábula de fuentes y un cristito de barro se parte los dedos. Qué hondura. Qué felicidad más inextinguible. Y da lo mismo que tiemble el facebook y tengas dos solicitudes en espera y tu muro arda. Puede que arda por amor y esté letraherido. Sí, el corazón en llamas, la vida en vilo y lúbrica...

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3 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

Todo un manifiesto surrealista para comienzos del s.XXI. El flujo de la conciencia narrativa. Y el título, magnífico. El "principio" (en toda su polisemia) fundacional, iniciático. Encuentro una conexión lirica en Miguel Hernández (cito de memoria):

Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,
Hoy estoy para penas solamente
(...)
Hoy solo tengo ganas
de arrancarme de cuajo el corazón
y ponerlo debajo de un zapato.

Abrazos dominicales

P.S. Pero ¿qué hace otra vez FJL en tu subconsciente, junto a las míticas manzanas y los útiles destornilladores?

Ramón Besonías dijo...

Cosas de la cuántica. A nivel subatómico, la lógica no sirve. Todo obedece a reglas arcanas que se alimentan de imaginación, ganas y espera. La satisfacción no es ganada, es un regalo inmerecido por la sola energía de seguir viviendo.

Buen domingo, amigo.

Jan Puerta dijo...

Quizás todo sea mas sencillo. Tal vez, sea necesaria su complejidad.

Un abrazo