1.2.09

La cuchara: Apunte posterior / Cuentos del astronauta zurdo

Qué hermoso acto entrar en el Catastro Municipal o en la Iglesia de San Alberto Magno o en el local de la Asociación de Minusválidos de Guerra con una cuchara en la mano, ver a la señora Peláez, al señor Castillejo, al joven poeta laureado Castor Villacisneros, autor de perlas del arte de enganchar versos, mirar la cuchara una o dos veces, ver a Jacinto Ortega mirar una única vez la cuchara, intensamente, como en trance, pero nadie dice una palabra o hablan distraídamente de otras cosas y se despiden cortesmente. Incluso Glorita Luján ha comenzado una conversación sobre el fin de semana tan estupendo que ha pasado con un novio reciente al que le encanta el bel canto, aunque no ha recalado en la cuchara, que está en mi mano derecha como un postizo de metal muy brillante, derramada dedos abajo, formando un todo inútil. La mano. La cuchara. Nadie le presta atención a mi cuchara. Podría estar el día entero. Ir a la boda de la prima Luisa Fernanda. La prima Luisa Fernanda, la que izó mi novata hombría al olimpo de los calambres en el verano de los quince años. Acudir más tarde al convite y no soltar en ningún momento la cuchara. Cambiarla de mano de cuando en cuando. Primero una vez cada hora. Luego cada cinco minutos. Al final de la noche, incesantemente. De una mano a otro como un ejercicio malabar invisible. El primo Severo se agacha si se cae. Me la devuelve con una sonrisa. Ten, tu cuchara. Es hermoso este día con mi cuchara en mi mano izquierda. Con mi cuchara en mi mano derecha. Si hubiese elegido un cuchillo, me habrían cercado. Todo se habría conducido más trágicamente. A lo mejor, es una conjetura verosímil visto el decurso de los acontecimientos, la cuchara no existe y es una invención de mi ocio. Llegado el momento de deshacerme de la cuchara, si es que alguna encontrara, la dejaría caer con mansa complacencia. Con mimo casi. Ha sido un día muy bonito. Mamá me mira. Se acerca.
Hijo, ya no veo la cuchara que has llevado todo el día.Todo lo acabas perdiendo.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Me pido esa cuchara para ir sobrellevando las gilipolleces de la vida. Te la pido.

Isabel Huete dijo...

Sólo las madres ven nuestras cucharas y se dan cuenta si ya no las tenemos. A los demás les importa un pito, o medio.
Besazos.

Anónimo dijo...

Huy huy huy qué bonito eso de la cuchara, sí señor, brillante idea. Me pongo manos a la cuchara en menos que canta un gallo. Cojonudo el relatito.

La entrada a esos sitios y sus personajes me han recordado a los de Las ninfas de Umbral (prima incluida), y al café de Don Nicanor (creo) de la canción de Sabina.

Lleva usted un asombroso y endiablado ritmo de entradas. Lo de Rigalt, no lo veo.
Lo de Baker sí.

Con las portadas me imagino que oye discos originales aunque no sé... En Madrid ya no quedan tiendas, las mías cerraron, quedan los centros grandes que llevo fatal. Tiene Vd. algún truquillo o recomendación para comprar por internet. Aún no me bajo cosas fíjese...

Saludos

ARM

Los criticones

emilio dijo...

Las madres tienen ojos detrás de los ojos, y delante. La madre es el agente perfecto. Ellas ven lo que no ven los otros. Inevitablemente. Besos, Isabel.

Escribo todos los días. Esa fue la premisa que me impuse cuando hace ya dos años y pico abrí El espejo. Y cuando no lo hago, compenso al día siguiente. Para mal o para bien, siempre tengo cosas que decir. Verborrea digital. En fin, qué le vamos a hacer.
Tengo un cuarto al que le salen discos por la puerta. Jazz, sobre todo. Discos originales, mayoritariamente. El adverbio lo explica todo.
He comprado por internet algunas veces. Nunca discos. Hay tiendas, hay amigos, hay adverbios.

Aurora Boreala dijo...

Jajajajajajajajajajajaja !!!! Me troncho delante de la pantalla!!!!! Lo imprimo y me troncho después de pie !!!! Jajajajajajaja!!!!!

adriana rey dijo...

Emilio, me ha encantado este cuento... es muy lúdico.