31.5.08

Buigle, el buscador como Dios manda


En las tripas del Google reposa el alma humana. Quién duda esto. A él confiamos nuestra concepción del mundo. En los sótanos cibernéticos de ese buscador se tutelan los expedientes íntimos de millones de usuarios. El Google, como oráculo moderno, ya está. Ahí está el inventario de sus vicios y de sus afanes. Nada de esto escapa a la Iglesia Católica así que han puesto en circulación su propio Google, al que llaman Buigle, y con el que pretenden emanciparse del Estado en materia económica y contribuir al sostenimiento independiente de sus nobles causas y de sus muchos gastos.
Todavía no sé si poner Buigle como página de inicio. Llevo muchos años con Google y me da no sé qué esa traición. Un buscador es como un libro de familia. Su archivo histórico guarda todos tus desvelos. En algún remoto rincón del motor de búsqueda Google deben andar mis últimos años en la Tierra. Si hiciéramos un listado de mis búsquedas sabríamos de qué pie cojeo y dónde coloco la cruz en la Declaración de la Renta. Lo mío y lo ajeno: todo bien registrado por si alguna vez hace falta olisquearlo todo.
Lo de Buigle, no obstante, me tiene desconcertado, aturdido desde que anoche encontré su existencia como por azar, que es la forma en la que el navegante amateur atiborra su ocio de suculencias y delicatessens semióticas.
Vamos: A la palabra pecado le encontramos miles de entradas. Igual sucede con redención, culpa, martirio, limosna o sacrificio. Términos de una neutralidad moral a prueba de inquisidores como barroco, telúrico, fútbol o Elvis aparecen limpiamente, sin que la autoridad censora del propio buscador ejerza su catón interno. Curiosamente la palabra sexo no existe y nos piden con toda amabilidad que intentemos sustituirla por otra. Y ahí es donde me ha llegado el desconcierto. Cualquier otra palabra que quiera decir todo lo que quiere decir sexo será siempre inferior, en significantes, al inefable vocablo primigenio, pero he aquí que los jerifaltes informáticos del hallazgo eclesiástico omiten el sexo y suponen que el mundo puede girar sin su concurso. Así llevan dos milenios: lo que engolosina al pueblo les produce a ellos malestar, sofoco, rubor y hasta quebrantos psiquiátricos. El amable lector puede ampliar el campo de acción y colocar en el recuadro mágico la palabra que se le antoje. Yo escribí Cañizares y me encontré que se privilegiaba al portero de fútbol sobre el excelentísimo y reverendísimo cardenal arzobispo de Tolero, primado de España. O sea que el motor tiene fallos internos que no dudo que solventarán en breve. O no es un fallo y en realidad tienen dentro un topo, un ser humano con amplitud de miras y capacidad para gobernar los designios del espíritu humano y dar cuartelillo digital a toda la avalancha formidable de tentaciones y de campos de batalla dialécticos que se interponen entre el cumplimiento de la moral y el abastecimiento de placeres mundanos o entre la ética cristiana (sólo la cristiana, claro) y consenso jurídico, legislado y civil al cien por cien de temas como la eutanasia, el aborto, los métodos anticoceptivos o la dudosa, a lo visto hasta hoy, laicidad del Estado. Entre unos y otros está el Buigle para poner las cosas en su sitio y crear afición entre los parroquianos y provocar estupor entre los disidentes.
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Si la Sexta y Público, adalides de la carga contra los poderes tradicionales del imperio purpurado, son capaces de hacer programas abiertamente irreverentes (Salvados por la campana) o pedir sin rubor que el lector no dé su favor a la casilla de la Iglesia, ¿por qué no puede ésta, en idéntica medida, usando parecidos medios, barrer para casa y hacer un buscador como Dios manda? Pues eso.

Roy Orbison singing for the lonely...







29.5.08

Honeydripper Blues Bar: Salvado por la electricidad


Contra pronóstico, a medida que el tiempo pasa y me voy haciendo viejo, como decía Pablo Milanés en una hermosa canción suya, la paciencia me va abandonando. Si de joven nunca hice un puzzle, ahora (más talludito) menos estoy dispuesto a hacerlo. Desestimo la distancia entre el objeto idílico (la torre Eiffel, jardínes colgantes, campos de girasoles o la Mona Lisa) y las muchas y menudas partes con la que el tozudo obrero debe recomponerlo. Me aturde la certeza de que el final del trayecto es mucho menos reconfortante que sus diferentes tramos. Ese exceso de información dispersa (las piezas derramadas en la mesa) libra siempre una batalla perdida: no me interesan las partes; tampoco el todo: prefiero la libertad del error y la posiblidad, aunque remota, de que alguna novedad fantástica surja de improviso y deshaga los planes anticipados. Todo esto que acabo de contar es cierto, cómo no, pero cuando la excepción confirma la puñetera regla surge la pequeña obra de arte, la anomalía perfecta. Bueno, ahora podemos empezar a escribir sobre la película que vi anoche.
Honeydripper, la última obra de un artesano americano llamado John Sayles, es un puzzle narrativo de primer orden, uno con el poso clásico justo, bien hilvanado, a pesar de que los variados sketches (las piezas en la mesa) revelen un propósito discontinuo, constatando la inercia que la propia música con la que se surte genera. Tiene todo lo que a este cronista de sus muchos vicios le incomoda para disfrutar en el cine: mucha dispersión dramática, mucha ambición psicológica, demasiado hueco libresco, podríamos decir, pero he aquí que ese batiburrillo de imprudencias afectivas congenian a la maravilla y Sayles, zorro viejo, da con el toque exacto (algo así como las puertas de Lubitsch, pero en colorines y con rancio blues sureño de fondo) para que el espectador disfrute. Yo, al menos, lo hice, aunque no pude olvidar la figura de Robert Altman sobrevolando muchas escenas y consentí que Sayles traza un tributo honesto al maestro sin que eso rebaje un ápice su (fascinante) independencia creativa.
Sayles puebla el metraje de su cinta con personajes arquetípicos, modelados en un torno más lírico que lógico. De hecho Honeydripper traza un paisaje humano, una poética del genio creativo, a riesgo de que la disgregación aborte la frescura de la trama y no prevalezca la máxima absoluta del buen cine: el guión, el bendito, maravilloso, necesario y luminoso guión. En esa ausencia, Honeydripper es una experiencia gratificante, golosa, que apabulla por su colorista musicalidad (el blues rural de los primeros cincuenta en una pequeña ciudad llamada Harmony) y por su voluntarismo didáctico. Sayles, a falta de una cohesión expositiva, regala entusiasmo pedagógico y convierte su película en un pretexto para filmar un periodo de la Historia de su país con los ojos de un documentalista, no por la mirada de un novelista. El proceloso desfile de personajes y el excéntrico, en ocasiones, inventario de deseos que los mueven revelan, al cabo, el nacimiento de una nueva forma de pensar o, en todo caso, la eclosión de una nueva manera de entender la vida, enquistada en el agitado atrezzo del Honeydripper Lounge, el bar que regenta un formidable Danny Glover.
Todo lo que Roger Corman le enseñó a Sayles en los años difíciles está aquí sabiamente condensado: hacer una película dignísima sin que la noble plata dicte las normas o , dicho de otro modo, cómo una guitarra eléctrica (la del bluesman llegado al pueblo como el pistolero de los westerns) puede guiar (ella sola) un película.

28.5.08

Todos estamos invitados: Metástasis moral


Manuel Gutiérrez Aragón aborda la cuestión vasca, muy escorada y eufemísticamente dicho, en Todos estamos invitados con la renuncia expresa a formular un panfleto sentimental o un libro de actas sobre la violencia o sobre las consecuencias de esa violencia en la vida de un pueblo. El vasco las sufre desde hace algunas décadas y esta película, aún hurgando en donde debe, tan sólo esboza alguna de las cuestiones más palpitantes, quedando su declarada honestidad a ras de tierra, sin perforar las muchas capas de esta cebolla infame (valga la metáfora) que es el terrorismo etarra. De hecho Gutiérrez Aragón renuncia también a más cosas: evita caer en ese exceso de romanticismo metafórico al que ha abocado siempre su buen cine. Su propuesta estilística roza el documentalismo de ficción al construir un armazón sólido, fiable, cercano a la realidad que todos podemos entender o incluso conocer de cerca, pero aquí lo que prima es la verificación del dolor más que la narración en sí.
Todos estamos invitados posee dos estructuras literarias afínes, pero que se alejan al final por más que el director cántabro desee hermanarlas. Una es la historia del profesor universitario amenazado por la banda. Otra, más escorada a lo lírico, a lo susceptible de abordarlo bajo algún prisma poético, es la del etarra que sufre una amnesia disociativa y regresa a la realidad sin saber casi nunca dónde está realmente la bondad y la maldad, el perdón, la culpa y la conciencia del daño hecho. Estos dos largometrajes discurren en paralelo, se tocan en capítulos puntuales y se enfrentan al final. Mientras tanto Gutiérrez Aragón y Ángeles Gónzalez-Sinde, los autores del emotivo guión, sostienen la teoría de que la fractura social en el País Vasco no puede erradicarse enteramente porque el mal, su pandemia, su cáncer invisible, está excesivamente anidado al modo de vivir vasco y de nada valen valientes ni cobardes cuando ejércitos ciegos de jóvenes azuzados y de viejos enquistados en el odio patrullan las calles al acecho de cualquier sabotaje que justifique las palabras. (No son afínes, insisto, a su final, porque chirría un poco el esfuerzo por hermanar lo que perfectamente podría haber sido separado de forma absoluta.)
Todos estamos invitados esboza un punto de vista de hondo calado moral, vaciado de épica, contenido en unas interpretaciones sobrias y arrojado al espectador casi como una piedra. Anómala en algunos tramos, la película de Gutiérrez Aragón se antoja necesaria, fácilmente conducible al territorio del activismo político. En este sentido es loable (y tal vez justa) la decisión de evitar cualquier tipo de referencia política. Aquí no hay carteras, ministerios, taquígrafos ni incendiarios titulares de prensa. Esa postura acomoda lo contado a lo conocido y no cae en victimismos, aunque los protagonistas absolutos son las víctimas, ni en el facilón recurso de intentar explicar lo inexplicable: las razones de la bestia, el ideario bárbaro del que empuña un arma para hacerse notar. La figura del desmemoriado Jon Josu (Óscar Jaenada, en un papel enorme) facilita que Gutiérrez Aragón despliegue con más desparpajo lo que sabe y tal vez lo que el cinéfilo cómplice espera: bosques hermosísimos lejanamente timbrados de edificios urbanos, largas carreteras alfombradas de coches que no parecen ir a ninguna parte ni regresar de ningún sitio.
Resuelta precipitadamente, en mi opinión, reducida en algunos tramos (la escena onírica) a un simplismo más que elocuente, la cinta eleva vuelo en su capacidad de formular preguntas y en su innegable belleza plástica. Contiene escenas memorables (la reunión gastronómica, todo lo que se dice y todo lo que calla), que dan al espectador un entusiasmo falso, que luego decae hasta que acepta la derrota de la narrativa y comprende el soporte fundamental de la propuesta: su esmerado dibujo de personajes, su fiable y noble capacidad de democratizar el dolor ajeno. Que parece a veces que el problema eterra no nos incumbe del todo y vemos en los partes informativos la infamia y la locura terrorista como el que oye un lejano rumor de tambores y sabe que el sonido (por fuerte que sea) jamás toma cuerpo y nos da una patada en la puerta. Al etarra amnésico de la película le viene a pasar esto: que la realidad, al llegarle limpia, descontaminada, le abronca y le pone en el disparadero de ser un mártir del enemigo.

27.5.08

Sidney, bye




El día acompaña al deceso. Está gris, amenaza lluvia y estoy noqueado por haberle robado demasiado tiempo al sueño anoche. He oído esta mañana, mientras salía el café, que ha muerto Sidney Pollack. Borges contaba en un cuento que un día esplendoroso, jubiloso, alumbrado de prodigios, no podía albergar fatalidad alguna. Que era imposible que el sol, la luz y el ritmo invisible de las estrellas en el lejano firmamento escondiera alguna forma, aunque fuese diminuta y frágil, del mal. Quizá no debiéramos morir y lo único que hacemos es buscar argumentos a ese absurdo cierre de programa. Pollack se quedó sin terminar su obra. Lumet todavía la perfila, a los ochenta y tantos, pero hay gente que se va antes y por causas menos épicas que un cáncer cuando ya has vivido lo suficiente. No podemos llorarle en exceso. No intimamos nunca con él, pero disfrutamos mucho con Memorias de África, Tal como éramos (que gusta especialmente a mi mujer), Las aventuras de Jeremías Johnson, Danzas, malditos, danzad, Los tres días del cóndor o Tootsie, muchas de ellas interpretadas por un imagino dolido hoy Robert Redford, pero yo le recuerdo como actor, dirigido por Woody Allen en Maridos y mujeres. Esa es la imagen que guardo. No descansará en paz: nadie lo hace nunca.

26.5.08

El disco de hoy: Mike Oldfield: Music of the spheres


Reconozco que Mike Olfield ocupó parte de mi educación musical. Compré en vinilo Tubular Bells (parte primera solamente), Ommadawn, Incantations, QE2 (etc) y llegué a la parte popera de Moonlight Shadow, Family man y demás arrebatos populares con voz cristalina y punteo arrebatador. El vinilo buscó al CD y ahora poseo casi toda la discografía del otrora genio. Reconozco también que no regreso a él como debiera. Me deslumbré tanto y tan joven que ahora, más talludito, me cuesta involucrarme en aquella orgía cromática de campanita, guitarras épicas y violínes salpimentando de galaxias flotantes el diseño armónico. Y dejé al amigo Mike hace bastantes años. Lo escucho en el coche, distraídamente, aceptando que en esa bizarra colección de himnos (algunos) estuvo mi crecimiento como oyente.
El jazz (la música que ocupa casi el completo de mi ocio) llegó al tiempo que Mike Oldfield se perdía en sus cascadas sinfónicas. Digamos que Thelonius Monk y el autor de Platinum se vieron en un rincón de mi cerebro, se saludaron y cada uno rehizo su camino. Uno hacia la luz. El otro a la sombra. Hace pocos días lo he recuperado. La culpa la tiene este pedazo de disco: Music of the spheres. Es un regreso con mayúsculas a la mejor música que este hombre ha facturado. Se ha deshecho del síndrome tubular y ha compuesto la mejor colección de canciones imaginables. Llevo un par de días oyéndolo en mi bendito Ipod y no voy a dejar de hacer tal vez en un par más. Tal vez se ha dado cuenta de que la industria no le precisa y hace su trabajo con otro desparpajo: como cuando en sus tierna adolescencia compuso el inmortal Tubular Bells, que todavía sigo considerando uno de los mejores discos que pueda escucharse, uno de esos de isla desierta y todo ese rollo metafísico. Sorprende, fascina, aturde.

Cosas que perdimos en el fuego: Besado por Dios


A uno le incumben tres o cuatro empresas en el transcurso de una vida y todas acaban por arrimarse a la felicidad o a su búsqueda. A ella conducimos empeños, gestos, palabras y hasta olvidos. La fatalidad azuza fatalidades. La tristeza busca tristezas. Un dolor pequeño alumbra un dolor grande. La débil línea que separa la luz de la oscuridad, la plenitud y la miseria, puede ser un mero gesto, un chasquido del universo, un verso diminuto en la música del azar. Y la muerte atraviesa los huecos de esta tosca trama inevitable. Lo que perdimos en el fuego no es después ceniza, el resto humeante que vemos: de esa pérdida trata la película de la directora danesa Susanne Bier, que ha entrado en Hollywood de la mano del influyente todavía Sam Mendes.
Cosas que perdimos en el fuego es la historia de una ausencia y de cómo hay que buscar con qué rellenar el vacío, una especie de teorema de Arquímedes a la inversa, un puzzle infame al que nunca querríamos entregarnos.
Halle Berry, la oscarizada, es Audrey Burke, quien pierde a su marido en un evitable accidente callejero. El marido ausente (un recuperado David Duchovny) interrumpe involuntariamente una vida familiar plena, dichosa, únicamente afectada por la amistad que éste profesa con un amigo de la infancia al que han devastado por completo las drogas, Jerry Sunborne(Benicio del Toro, oscarizado también, cómo no). La forma en que Audrey debe sobrevivir a la tragedia impone que rehabilite a Jerry a la vida ordinaria. Historia de adicciones físicas y emocionales, la cinta, en su balbuciente grandeza, revela cuestiones que nos atañen indefectiblemente a todos, pero no invoca clichés ni se ata las manos con la imprudencia de escarbar caminos ya conocidos. Bier huye del melodrama adocenado y desliza una visión frágil de lo que es, en verdad, frágil, un punto de vista dramático que podría haber tirado por otros derroteros más efectistas (y eso que hay aquí materia prima suficiente como para poner el vello de punta a más de uno).
Morosa en ocasiones, cercana en su textura a un telefilm sobresaliente, bien orquestado, la cinta no es de fácil digestión: no es sensiblera, pero se escora al tenebrismo sentimental; no es lacrimógena, pero propicia un principio de llantina. Sus encuadres heterodoxos, su intimidad física (hay muchas tomas en macro puro de manos, ojos, perfiles que dan a la historia una cercanía considerable) y su difusa sensación de obra inconclusa (como si supiésemos que no va haber un final feliz y que tan sólo asistimos a una magna ópera documental)
Las recaídas de Jerry, su bizarra personalidad, sostiene gran parte del metraje, pero Halle Berry borda un papel inconmensurable, por el que batalló ante la productora para que retirasen del diseño de producción la idea de que la protagonista fuese blanca.
Poco previsible, escorada a una didáctica representación de la muerte, Cosas que perdimos en el fuego es una estupenda película, un tour de force interpretativo, un abigarrado muestrario de sentimientos y, sobre todo, una evidencia de que la aflicción, convenientemente presentada, sigu siendo un suculento plato cinematográfico. Y si al lector poco cómplice de estos empalagos le parece demasiado dramática esta retahíla de emociones humanas que vaya al videoclub y se saque la última de Steven Seagal, que igual todavía pega patadas zen sin desbaratarse el meticuloso peinado.

Antes de que el diablo sepa que has muerto: Crónica de la miseria del alma



"Más vale que estés en el cielo media hora antes de que el diablo se percate que estás muerto"
(Adagio irlandés)


Advertencia: No lea el amable lector esta reseña caso de que desee que en la inocencia absoluta de su argumento.


No sabremos nunca si hay cielo. Caso de que lo haya tampoco ganamos respuestas que nos certifiquen su existencia. Aunque esta vida pida otra a veces tenemos que soportar estoicamente la que vemos con los ojos y tocamos con las manos. Esa vida, azotada por infamias como hipotecas, deudas, desfalcos e impagos a tu ex-esposa, no les gusta a los hermanos Hanson. El mal les acecha, pero no saben escuchar y se enfangan en una epopeya clásica donde no es posible que ningún júbilo triunfe. Así que asistimos a una desoladora exhibición de lo más ruín del espíritu humano, un repaso a las miserias del alma más a la vera de la narrativa rusa del XIX que del thriller de Hollywood, aunque el cine negro (esa idea hermosa del mejor cine negro posible) sobrevuela la trama y deja en el espectador goloso el poso más firme de los clásicos, ésos que se ahuecan en la memoria y permanecen por encima de las modas y de los vaivenes del gusto.
Pocas proclamas tan virulentas sobre la demolición de la familia que este thriller del maestro Lumet. No importa que se acerque a los noventa o que ya haya facturado algunas de las mejores películas del último tercio del siglo XX: Antes de que el diablo sepa que has muerto es una obra madura, que relata a golpe de flashback (la vida es un flashback largo, la memoria es la espoleta de sus diferentes sketches) el robo de una joyería familiar y las (previsibles) consecuencias que la chapuza en que la convierten arrastran.
Nada de esto sería posible sin un elenco sobresaliente: Philip Seymour Hoffman borda el papel de hermano arrojado, amateur en sus planes de saqueo, pero tozudo en sus vicios, en sus adicciones y en el deseo de un nivel de vida alto que contente a una mujer (Marisa Tomei) que lo engaña con su hermano y que sólo pide volver a Río de Janeiro a vivir la buena vida en las playas de Ipanema. Ethan Hawke es el fracasado, que malvive en un pub, en un cuartucho de alquiler lejos de una hija adolescente que le exige justo lo que no le puede entregar: cordura, éxito, fachada. De fondo, hacia la mitad del metraje y hasta su imponente final, un Albert Finney en estado de permanente gracia (ya trabajó con Lumet en 12 hombres sin piedad), que recita los mejores versos de la trama y gesticula y adorna su paso por la tragedia con maneras de iluminado.
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Antes de que el diablo sepa que has muerto hurga en el thriller desde el melodrama o, expresado a la inversa, expone un melodrama (uno lo suficientemente llamativo como para no pensar en otra cosa) a través de la estructura formal de un thriller clásico de robo perfecto.
Dice Andy (Philip Seymour Hoffman) que ninguna de sus partes forman su yo completo: lo dice antes de enchufarse una dosis de heroína, antes de saber que su mujer cabalga a su hermano todos los jueves, antes de percatarse que su fechoría (una elemental, nada fuera de lo normal) ha conducido a que su madre muera accidentalmente, antes de que su padre le confiese (entre sollozos) que le quiere muchísimo y él le pregunte si es de verdad su hijo, antes de que una vulgar discusión entre camellos y chantajistas lo tumbe, antes de que el mal (el mal considerado como un fleco del azar o el mal considerado como un filamento inteligente de la oscura trama del universo) le ofrezca la más infame y bárbara de las evidencias en su catre postrer, como diría algún poeta antiguo despertado para asistir a esta función deprimente y devastadora.
Planificada con exquisito mimo, construída en efectistas y reveladores flashbacks, la cinta abruma por su caligrafía precisa del fatalismo, por su honda inteligencia, por su magistral dibujo del desplome de la familia en la sociedad de la opulencia y de las apariencias.
La crónica de estos perdedores se abastece de materiales nobles, conocidos, pero todavía vigentes: el mérito de Lumet, a su edad, o tal vez por su edad, es distanciarse de la historia, someterse a un tratamiento de asepsia moral para filmar sin involucrarse en demasía, sin ingresar en la historia toda la mala baba que la vida (tiene ya el hombre muchos años, ya hemos dicho) le ha ido inoculando. Mérito también formidable el del guionista novel, una jovencísima Kelly Masterson, que formula en muy pocos trazos una coreografía abrupta y honrada de personajes al borde siempre del cataclismo moral, enganchados a la vida por mera casualidad, que se entregan a su propia destrucción con pasmosa naturalidad (véase la escena en la que Andy va deshaciendo el inmaculado mobiliario de su casa moderna, cómo va arrojando a la mesa de cristal las piedrecitas, cómo va desmontando la cama, arrojando al suelo los adornos de los muebles)... Inmorales, los personajes atraviesan muchas estancias y en todas van dejando huellas de su perversión ética, de su escaso apego a la bondad inherente de las personas. ¿ La hay? Tal vez Lumet, en su ocaso, argumente éso: que no somos buenos, que el mal acecha como un virus invisible y que lo tenemos dentro a falta de que la miseria y los problemas nos lo devuelvan íntegro, cabronazo y asesino.

25.5.08

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal: Elvis, ovnis, Lenin y magia

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A la educación sentimental de muchos modestos cinéfilos que nacimos a mediados de los sesenta la imagen de Indiana Jones nos pilló en una adolescencia tardía en la que no era posible todavía ingresar en un cine más adulto ni tampoco regresar a la infancia untada de dibujos animados y de obras de Disney en prodigioso technicolor. Ahora la factoría Marvel ha encontrado el Eldorado en la explotación a destajo de su arsenal de héroes, pero entonces (finales de los setenta, primeros ochenta) apenas Superman surcaba el cielo y ni la tecnología podía ir más lejos ni el espectador soñaba con llegar al territorio increíble al que hemos llegado hoy. Por todo eso, la historia de Henry Jones Jr. fascinaba tanto. Todavía hoy engolosina al público ya fajado en decenas de historias a partir de ésta, pero que no que la alcanzan en magia y en belleza. El inventario va de la reciente La búsqueda a Tras el corazón verde (hecha sólo tres años después del boom del Arca) pasando por La momia (viene la tercera este verano) o Lara Croft's tomb raider.
Indiana Jones es tal vez el último gran héroe del siglo XX. De hecho Lucas y Spielberg se atiborraron de seriales televisivos de los años 30 y 40 y en la triunfal viñeta pulp (Doc Savage, del que guardo todavía algunos cómics) que ocupó la larga Guerra Fría que asoló la ingenua vida aburguesada de los Estados Unidos. Hollywood había alumbrado ya obras clásicas cuyo protagonista anunciaba, aunque muy parceladamente, la quintaesencia heróica y homérica de Indiana Jones: recuerdo ahora un arrogante Charlton Heston en El secreto de los incas o el propio Humphrey Bogart en El tesoro de Sierra Madre. Matrimonar entretenimiento, épica e historia nunca tuvo bazas tan espectaculares: Steven Spielberg se apropia como nadie del cine como fastuosa fábrica de sueños y da la receta mágica del aventurero intrépido y culto, irreflexivo y honrado, a salvo de la maldad y, por encima todo, un icono de la modernidad.
Daba igual que el enemigo fuera nazi o soviético o que anduviese tras el Santo Grial o una calavera amazónica de cristal estelar: la saga resiste el paso implacable de los años porque acude al proppiano concepto de cuento. Basta un viaje: una búsqueda, un hallazgo, la representación del mal enconada con la fidelísima y arquetípica idea del bien. Los mitos y las leyendas se cuelan con más facilidad en nuestra retentiva y propician el asombro, que es (no se dude) el motor sináptico del posible júbilo que nos da el cine. Si no hay asombro, no hay cine. Que se lo pregunten a Billy Wilder o a Howard Hawks, que hubiesen sido fans ardorosos de la saga de Spielberg.
Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (precioso título: ninguno hubo malo) retoma al valeroso profesor en mitad de una misión (al modo en que vemos a James Bond) y ya no va a haber tregua hasta los títulos de crédito. Lo que el amable espectador va a encontrar en esas dos horas de entretenimiento circense es una adaptación del universo retro de los años treinta y cuarenta de las primeras entregas a la paronoia soviética que ilustró los cincuenta y llenó la imaginación del pueblo americano de alienígenas con la cara de Lenin tatuada en el brazo y el atrezzo fabuloso del esplendor pulp (otra vez) fijado en el tupé de Elvis y en los chalecos pijos de mangas.
Con todo, a pesar de los elogios sinceros de este cronista y la sensación de que ha disfrutado muchísimo sentado en la butaca de un cine, la nueva entrega del franquiciado Jones no es una obra maestra como lo era En busca del arca perdida, pero da lo mismo. Tampoco exuda la frescura iconoclasta de La última cruzada, pero da igual. La historia de la calavera de cristal es exigua, se soporta veinte minutos: el poderío narrativo de Spielberg alarga ese escaso metraje hasta el delirio. El maestro es el primer fan de la saga y mima su hijo con arrobo y ternura infinita. Las proezas físicas del antaño vigoroso Harrison Ford están aquí muy inteligentemente maquilladas tanto a nivel visual como de libreto: se nos dice que Jones está viejo, que hubo otros tiempos y que fueron mejores y hasta que puede tener ochenta años. Tretas de tahúr, artimañas de cuentista sabio. Spielberg establece un diálogo cómplice con los viejos degustadores de su plato preferido: nos da incluso un hángar en donde una caja rota por azar muestra la propia Arca de la Alianza. ¿Qué mayor evidencia de la humildad de su obra? Hay muchos más guiños, pero también ése es el cometido del espectador: invocar la semiótica interna de la película, montar en su cerebro un mecano enorme en donde las piezas van encajando a la perfección por obra de un metalúrgico del ingenio absoluto, consciente de su magisterio y también de la lupa gigantesca con la que va a ser mirada esta nueva incursión en el universo de Indiana Jones.
Nos quedan trepidantes escenas de acción concatenadas a ritmo de rock and roll incendiario con un Indiana Jones Senior, un Indy en pequeñito, un cada vez más consistente Shia LaBeouf y una galería de malos perversos genialmente representados por una irreconocible (y atractiva) Cate Blanchett.
Jack Sparrow, Rick O'Connell, Ben Gates o John McClane, otros héroes de la reciente hornada de franquicias fidelizables, tienen hechuras de personajes duraderos, pero veinte años son muchos años y el público, que a pesar de querer siempre más raciones de circo puro y duro, también exige limpieza ética, la capacidad del creador de saber poner punto y final a la gallina de los huevos de oro.
Aún con todo, admitiendo la endeblez argumental, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (qué título más bonito) es una más que digna continuación (¿finiquito?) de la saga, una película estupenda, golosina pura para los ojos. La carnicería de la crítica más salvaje puede esperar a rebañar el cadáver de La momia 3, que está a punto de llegar a las pantallas. Dejen quieto a Indy. Ha estado veinte años en reposo y ha vuelto en excelentes condiciones. La vida es muy corta y no siempre tenemos la oportunidad de volver en el tiempo y estar dos horas perdidos en la dicha completa de no parpadear durante ciento veinte minutos. Yo lo hice. Luego no me pidan que razone mis vicios.

24.5.08

Sentencia de muerte: El club Bronson


1
El espíritu insomne de Charles Bronson sobrevuela todavía la cartelera del mundo. Su gesta se escribe con retales de vendetta y si tienes la mala suerte de ser un desgraciado que lo ha importunado puedes ir despidiéndote de tu hipoteca y de tus hijos porque va a por ti en forma de justiciero urbano y te dará lo tuyo, lo que tu imprudencia merece, en el subterráneo de un edificio gris de los arrabales.
2
Cabe también la posibilidad de que seas un padre de familia íntegro, un hombre alicatado por la bondad y finamente perlado por el espíritu navideño a lo Frank Capra, pero si el azar, que es un bichón cabrón, te pone obstáculos y una pandilla asquerosa de rufianes te destroza la mañana puedes ingresar sin rubor en el otro lado, en el club Bronson, y repartir caña por la ciudad hasta que la obra de Dios (seguro que hay un Dios que te va guiando a través de la sangre hasta el objetivo final, que suele ser un jefecillo intocable, otro desgraciado que ha firmado la sentencia de muerte) se ha cumplido. Entonces, oh hijo mío, podrás dormir tranquilo, aunque sea tras unos barrotes. No importa. La vida a veces pide venganzas de estas dimensiones, y si naciste para ser martillo del cielo no dudes que te caen los clavos, como cantaba (ay) la Orquesta Platería.
3
Kevin Bacon es Charles Bronson: hasta les unta de argumentos el mismo escritor, el que daba ideas al héroe de los setenta y el que ha puesto a James Wan, el que arrancó la luego nefasta Saw, una nueva pica en el Flandes apoteósico del cine mainstream, pero mainstream adulto, con raciones de miembros amputados y coreografías de coches que vuelan cinco pisos hasta empotrar su chasis en el asfalto. Por lo demás, Sentencia de muerte, esta absurda y nada bucólica sesión de adrenalina en vena, no conmueve lo más mínimo. Se acepta que el director tenga oficio para no hacer un ridículo espantoso, faltaría más, pero se ha limitado a rodar un videoclip larguísimo (como suele pasar) que va de la lágrima fácil al tiroteo hiperbólico, todo en un programa de actos rubricado por el signo de los tiempos, que está representado por un imponente JOhn Goodman en un papel corto y de contundencia larguísima en la memoria.
4
Este cine no fascina; ni siquiera entretiene al modo en que uno quisiera, sin trucos, sin la necesidad de maquillar la obra con esas ínfulas de aroma adulto que lo único que consiguen es arrastrar la intención al triste saco del tedio. Ahora me voy al cine a ver la sesión de Indiana Jones.


Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...