16.6.26

Jazz / 19 / Tete Montoliú




Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era buen lector. Gastó una pequeña fortuna en pasar libros a Braille. Amó el fútbol casi tanto como el jazz. Aficionado al Barça, solía no perderse partido alguno en las retransmisiones radiofónicas. La leyenda, aureolada de una más que creíble certeza, dice que una noche, en su ciudad, atacó Round midnight, la inmortal pieza de su adorado Thelonius Monk con un pequeño y discretísimo pinganillo alojado en su oído y una pequeña radio en el bolsillo interior de la chaqueta: no podía perderse el partido. Antes de todo eso, Tete Montoliú era un niño ciego en la Barcelona de los cuarenta al que su padre, músico de la Orquesta del Liceo, compraba discos entre los que había algunos de jazz. Tocó el piano para boleristas, para gente valiente que iba a escuchar jazz en los primeros sesenta en la Ciudad Condal. Lo sacó de ese humilde ambiente amateur el vibrafonista Lionel Hampton, reclutándolo para sus bolos.
Escasamente encasillable en la hechura de un músico de jazz, más cercano a la aséptica pinta de caballero inglés a lo Bill Evans que del estrambótico aspecto de Thelonius Monk, influenciado por Art Tatum, Montoliú es el jazz en España, con permiso de Pedro Iturralde. No se puede pensar en jazz español sin que veamos su larga figura volcada sobre el piano. Tampoco puedo pensar en mí como aficionado si no hubiese aparecido un disco suyo (The music I like to play, en uno de sus cuatro volúmenes) en la biblioteca (las hay, aunque esa circunstancia sea altamente contraria al espíritu del acuertelamiento) del cuartel donde di un año de mi vida al ejército. Al sargento M. le encantaba. Lo ponía con cargante frecuencia por lo que llegué a anticiparme al pianista y conocía las piezas como si yo mismo las tocara, qué locura eso. Cuando volví a la vida civil, lo cual invita a pensar que la de allí era de todo punto incivil) busqué discos de Montoliú, pero no fue fácil. Tocó en escenarios o en estudios de grabación con Stan Getz, Dexter Gordon, Elvin Jones, Ben Webster, Johnny Griffin, Art Blakey, Ron Carter, Art Blakey, Lionel Hampton, Don Byas, Chet Baker…Tocó para que cantara su Nuria Feliu.
Blues for myself suena de fondo mientras escribo esta pequeña nota tributaria de martes fresquito (alabado sea el Señor) en mi pueblito. Junto a Niels O. Pedersen, al bajo, y Bill Higgins a la batería conformó un trío memorable que retrotrae al buen aficionado al trío de Bill Evans (Scott LaFaro y Paul Motian) en los primeros sesenta, antes de que las drogas lo devastaran y se dedicara, atormentado y solo, a vivir de su numerosa renta jazzística y sacar el dinero que le permitiera morir a placer de su vicio más íntimo, pero esa es otra historia. Montoliú murió de cáncer de pulmón a los 64 años y fundamentó su maestría en un exacerbado amor a la música. Amó el blues, amó la canción catalana y escuchaba, en privado, a The Beatles y Frank Sinatra.

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