I
La música tiene una elocuencia absoluta: todo lo sabe decir y todo lo expresa de la forma más convicente. No hay emoción que no pueda ser contada por la música. Ninguna de las adquisiciones intelectuales a las que ha accedido el hombre escapa al dominio instrumental de la música. El poeta es siempre un músico disminuído, aunque el músico precisa de la poesía para serlo completa y satisfactoriamente. El músico, a su modo, es también un arquitecto del aire. Este texto tendrá una forma músical que lo cuente al modo en que ahora las palabras lo hacen y tal vez incluso de una manera más contundente, rebajada de la distracción semántica, encomendando a las notas la restitución exacta de la belleza contenida en el pensamiento. Esta introspección empieza a alcanzar la excelencia en 1964 con su álbum esencial: A love supreme.
II
Siempre me gustó la fotografia en la que John Coltrane está sentado con su saxofón en las manos. Admiro la quietud que exhibe, esa mansa evidencia de que es posible ser hospitalario con uno mismo y darse la satisfacción de no apresurarse mucho o de no tener prisa de ningún modo. Creo que todos somos ese John Coltrane de vez en cuando. Momentos de inspiración en los que hacemos algo que de verdad nos enriquece. A veces no tenemos esa certeza. La de hacer algo que nos haga mejores. Hay días en que te acuestas con ese arrullo en la cabeza: el de haber contribuido al equilibrio del cosmos, el de haber aportado una coordenada inédita, el de estar en posesión de un frase que hasta ahora nadie ha “pronunciado, el de creer que la educación, la ternura, la bondad o el amor pueden derrotar al miedo o a la injusticia o a la violencia, pero no sabes qué va a hacer Coltrane cuando se levante, si acometerá My favourite things (una versión de veinte minutos que se impregna al oído y lo separa del mundo) o se encerrará en una habitación de hotel y se meterá en el cuerpo todo ese veneno que tanto le gustaba. A veces son los venenos los que nos tienen en pie.
III
No sabemos cuántos Coltranes hubo. El primero es más asequible: hace bop, respeta patrones, crea nuevos, toca jazz. Luego hay otro que irrumpió en 1957. El hombre se miró a sí mismo. Dejó el alcohol, la heroína. Se espiritualizó, adquirió una conciencia. El que tocaba era el que conocemos, pero es posible que otro tuviese el mando, la voluntad de una trascendencia. Esa determinación hace que irrumpa un músico distinto, un extraterrestre, un ser complejo manifestado en texturas más complejas. Esa determinación es una iluminación, una epifanía, también un propósito evangélico, casi una labor redentora. No es que el músico haya abrazado la fe y se haya propuesto exhibir una prédica, no es únicamente eso, al menos: lo que ansía es dar con un lenguaje que explicite ese ingreso en las profundidades del alma humana, en el idioma secreto del amor más puro. Coltrane está a punto de ver a Dios en un solo en mitad de la noche. Eso no puede decirlo cualquiera. Coltrane es el que nos hace viajar, uno de ellos. Vamos de su mano, nos tiene cogida la nuestra. Tipos como Coltrane o como Evans. Decían sacar de sí mismos lo que anduviera oculto, lo reservado y en cautela. A gente como ellos no les fascinaba la posibilidad de ser otros al modo en que a veces incurren quienes escriben. Como uno mismo en ocasiones. Hablo sin saber. Lo que buscaban al tocar en un escenario o grabar un disco era encontrarse a ellos mismos. Como si el fuego oculto del que hablaba Miles Davis fuese el que contase quiénes eran en realidad y esa revelación les ayudara a sobrellevar el trajín de los días, la vida real, la rutina, todo eso. Luego están las drogas, la idea de que no se puede extraer esa locura interior si no la espolea la química. Los dos fueron asiduos de ellas. Los dos cayeron por el escándalo del vértigo de las drogas en su sangre. La sangre corre loca por ahí adentro, irradia fulgor o veneno, según se la cuide, de acuerdo al mimo que se le tenga. Sin embargo Coltrane y Evans eran tipos tímidos, de los que no necesitan airear su talento o se refugian en la intimidad, en el pudor, en cierta vida contemplativa en la que la música que practicaban contribuía a reconcentrarse más. Si uno es capaz de limpiar todos los instrumentos que acompañan al piano de Evans o al saxo de Coltrane podrá encontrar ese pudor, esa limpieza en el trato a las notas. Cuanto peor trataban sus cuerpos, más amor daban a su música. No sé qué busca otro aficionado al jazz cuando escucha a Evans o a Coltrane. La verdad es que no tengo, entre mis amigos, muchos aficionados al jazz. Sé que yo busco la grandeza, la certidumbre de que se me está alimentando. Que se produce la comunión entre quien toca y el que escucha. A veces lo siento en la literatura, pero ningún escritor me ha transportado a su casa, al fuego oculto de donde mana su creatividad y su talento, como ciertos músicos. No solo Evans, no solo Coltrane. Será cierto lo que me decía, no hace mucho, hablando de otros asuntos, mi buen K.: la música cuenta todo lo que no cuentan las demás artes. Y lo hace con más eficacia y rapidez. Esta mañana he estado con Bill Evans. El concierto en Buenos Aires. Uno de los últimos. Estaba tocado, pero no se apreciaba la debacle en sus manos, tocó como un ángel. Luego puse Giant steps, el Coltrane furioso.
IV
John Coltrane fue un músico con un don. Y fue adiestrando su talento a la sublimación de ese don al servicio del mensaje de su música. Era de un panteísmo naif, en el sentido de la candidez, de cierta inocencia. Debió advertir que podía hacer que diera de sí, que pujara aún más, que contuviera (ese es el verbo) la sustancia primeriza del mundo, su clamor ancestral, todo su fulgor sin tiempo. Por ahí debió surgir la primera irrupción de algo que luego se llamaría A love supreme, una suite en cuatro movimientos hecha de jazz (aunque no es enteramente jazz) que John Coltrane compuso y grabó en una formidable noche con el pianista McCoy Tyler, el bajista Jimmy Garrison y el batería Elvin Jones. A su conclusión, cuando estos cuatro músicos superdotados guardaron los instrumentos y salieron del estudio de grabación, Coltrane confesó a su mujer que había llegado a una especie de extraño cénit de plenitud y de dominio absoluto del lenguaje del jazz. Los exégetas de ese jazz, los críticos inflamados de palabras y los aficionados a esas sonoridades inéditas que Coltrane tocaba hicieron que A love supreme ascendiera a un rango artístico inédito, totémico, que transpiraba, al tiempo, amor cósmico y conciencia de una espiritualidad global y humana, en el fondo. Era lo inexpresable expresado, todo lo etéreo que de pronto alcanza una dimensión tangible, un punto de fricción con la realidad en la que el oyente, extasiado, turbado, contempla una versión mundana de la trascendencia a la que la música propende cuando los que la ejecutan o los que la componen acceden a cierto estado de gracia. Coltrane era un sacerdote de esa espiritualidad, un hombre con un propósito: escribir la fe que lo consumía. Se inició en ella por Yusef Lateef, multiinstrumentista, un hombre rico en inquietudes, tomado por la gozosa búsqueda de cualquier puerta que diera con la raíz misma del espíritu. La encontró (la encontraron) en la India, aunque ninguno de los dos se limitara a una religión topográfica, marcada por un inventario de dogmas: lo que anhelaban (con absoluto ardor Coltrane en sus últimos años) era un visión global del hecho espiritual, una especie de unción, de consuelo y de vivencia nítida, purificadora. El deseo de cambiar el mundo procedía del deseo de cambiar uno mismo: ese era el paso primero, la iniciativa ineludible. La fe no moverá montañas, también eso es discutible en estos tiempos de zozobra espiritual, en donde las máquinas están instalando sus sistemas de censura y vigilancia, pero el músico John Coltrane miraba más allá, como cuando cogía su saxofón y se imaginaba dialogando con alguna instancia superior o tal vez consigo mismo como no podría hacer mediante ninguna otra maniobra intelectual (dejemos el cerebro, hagamos que gobierne el corazón) o estética. Ese idioma (al que se volverá más tarde) es el instrumento que descerraja los usos de la razón y funda un imperio de la inspiración. Era Trane por fin, era el nuevo sacerdote de las plegarias no atendidas. La música, pensaba, tenía poderes curativos, podía modificar a la misma naturaleza, hacer que se perturbara o que tomara conciencia de su existencia. La Iglesia Ortodoxa Africana declaró a John Coltrane un santo. Podrían haber elevado a los altares de la santidad a su esposa, Alice Coltrane, oficiante leal de los dogmas de esa conciencia universal llevado al extremo absoluto por el propio John.
VI
Escuché por primera vez A love supreme encima de un barco, el achacoso Castilla, gloria del Tercio de Armada de la Infantería de Marina hacia 1990. Mi amigo Luis Carlos lo descubrió en un pub que amenizaba tardes de lluvia enormes con un fondo basado en el blues y en el jazz en su Avilés natal. Me dijo que le asombró la consistencia del saxo de Coltrane, me dijo que le condujo directamente al interior de la música. Eso me dijo en la cubierta de esa máquina ruidosa, mirando el mar los dos, como ensimismados. Yo no sé si logré ese acceso místico, si mi ingreso en el meollo de la cuestión, en la verdad de la música, en su belleza. La cubierta del Castilla no era un escenario especialmente cómplice con el jazz. Guardo, sin embargo, un entrañable recuerdo (por una vez dejen que entrañable y recuerdo se alíen para expresar justamente lo que pretenden) de esa primera vez en la que abordé consciente, deliberada y hasta gozosamente la escucha íntegra de las cuatro piezas del disco de Coltrane. Recuerdo con extraña claridad (hace casi cuarenta años) la urgencia de la música, toda esa mantra de sonidos que fluían con una magia que me parecía una revelación. Yo era el iniciado, Coltrane era el dios rudimentario de aquella religión improvisada. La precaria cinta de cassette (TDK o Basf o Sony, esas marcas compraba) no era el soporte idoneo. Tampoco el reproductor (Aiwa, seguro) restituía un sonido aceptable. Mi sensibilidad, además, estaba amodorrada, anestesiada, contagiada de la funesta mecánica de la vida militar. Coltrane, en el Castilla, en alta mar, de noche, en la cubierta vacía y fría de una noche cercana a la Navidad fue uno de esos extraños prodigios que algunas veces recibimos y de los que no deberíamos desprendernos jamás. Luego he escuchado A love supreme en condiciones idílicas y he leído la información de la que antes no disponía. He descubierto el carácter religioso del autor, he entrado en esa feliz feligresía de amantes del jazz que necesitan un extra libresco, un texto al que agarrarse para sentirse aún más cómplice del prodigio que la música crea de la nada. Al contarle todo esto a Antonio cuando volví a la vida civil. me confesó tener una sana envidia (dejen que sana y envidia se alíen para expresar justamente lo que pretenden) y me pidió que le prestara la cinta de marras. Debió quedarse en el Castilla o en cuartel del TEAR en San Fernando o en algún bar a los que iba para perderme en las brumas del tabaco y en la soledad perfecta de mi walkman- siempre bien alimentado de buena música. Lo que sí debe andar todavía por el cuartel es el vinilo del que hice yo mi cinta. Bendito gasto del Ministerio de Defensa, absurdo, en su fondo: la libertad absoluta de un creador frente a la clausura gris de un recinto consagrado a cohibirla.
Coda sin brida
Dios me habla en bebop, me habla en cuartetos, me habla en serventesios, me habla en privada métrica. A veces susurra, a veces ni está. Es de hacerse buscar y no dar facilidades, de arrimarse imperceptiblemente o de no permitir que le intime. Hay quien lo ha visto el tiempo suficiente como para no tener en adelante necesidad de buscarlo porque se le ha impregnado y está en sus huesos o en las palabras que antojadizamente pronuncia cuando se produce la conversación más trivial. Poseo la sensibilidad pertinente para apreciar esos recados divinos. Los percibo con absoluta nitidez incluso sin que preste atención. Creo que soy una parte suya y Él una mía. Es un arrullo liviano o un trueno o una montaña. Hay días en los que no entiendo todo lo que Dios me dice, son los días de receso, los de lo gris, días en los que poco me conforta y casi nada me parece relevante y sin embargo, a pesar de esas adversidades, noto que Dios está a mi vera o yo con absoluta confianza en la suya, tutelando mi ingreso en el sueño, conduciendo mi yo zaherido hacia la dulce armonía del cosmos. Tengo un yo zaherido, debo recalcar eso. Quién no lo tiene. El yo se consolida conforme medra en amaneceres y en festines, en tristezas y en incertidumbres. Un yo sin zaherir ni es yo siquiera. Se asemeja a la estructura orgánica de un yo, pero podría confundirse con una emanación estentórea de cualquier entidad ficticia. El cosmos es un libro. El cosmos es el libro de Dios y todos somos lectores y todos escribimos en ese libro absoluto. La literatura del cosmos es la palabra de Dios, la palabra de Dios es la literatura del cosmos. Anoche vi a Dios en una loncha de jamón de york que mi hija estaba colocando sobre la rebanada de pan de molde sin corteza. Era un Dios sin mayúscula, un dios caprichoso, un dios rudimentario, de escaso apresto filosófico.Dios contra la soledad o contra la desesperanza. Un dios sin Kant ni conferencia episcopal. Un dios izado a capricho después de pensarlo durante años, de amasarlo como la harina del éter. Pensado entonces Dios con arrobo sintáctico y luego desmenuzado, hecho grumo de palabra, barro con el que pronunciar la luz. Sentir una presión en el pecho y una punzada en el costado. Era el dios de las pequeñas y de las grandes ocasiones, el del sol en la almohada nada más clarear el día. El dios del bourbon con tres cubitos de hielo y el dios del solo que Miles Davis usa para abrir So what. Se mueve uno con comodidad entre las grandes palabras. Me sería imposible numerar los dioses a los que venero. Son cien, son mil, son todos los que se avienen a contemplar a esta criatura que soy. Hay noches que me zambullo en Coltrane y pierdo la entera noción de las cosas. Creo en Dios y en Coltrane porque creo en la armonía secreta de la sangre. Coltrane es un prodigio divino. Un crear contra un creer y más tarde las dos instancias verbales conjugadas con magisterio por mi boca. Un creer que es en sí misma creación. Un mirar arriba, ensimismado, contra un mirar abajo, perplejo. La incertidumbre absoluta. El canto del aire cuando se reconoce en el vuelo de un pájaro huidizo o el del agua al medrar en su cauce sin fatiga. El fuego divino ardiendo alma adentro. La ceremonia universal de la genuflexión ante lo que uno no conoce y ante lo que se hace pequeño. En realidad, oh amigos míos, oh compañeros de travesía, uno cree en Dios o en dios o en d-i-o-s a medida que empequeñece. Que yo pese ciento seis kilos y mida metro ochenta y cinco no importa. Lo que verdaderamente importa es la sensación de fragilidad o de irrelevancia. De punto elemental en el universo. De nanosustancia. De una imagen en un sueño dentro de un sueño. Ni eso. Somos Coltrane soplando en un club de Harlem, somos el hombre de pronto convertido en un obrero del más allá, en un operario diminuto que labra su porvenir a sabiendas de que le rezarán unos cuantos de los suyos muy a pesar de advertirles de que no le recen. Un amor supremo. Ascensión. Descenso. Lo malo de morirse uno es que luego no puede comprobar si se cumplen o no los párrafos del testamento. Se muere uno y se encuentra con Coltrane en un vórtice especular de masa deconstruida. Hola, John, cómo estás, debiste sufrir mucho, pero ahora todo es una plenitud dulcísima.O se encuentra con Coltrane en un fragmento de realidad invertida en un universo paralelo. No tengo ninguna duda de la existencia de universos paralelos. En un universo paralelo no se cree en Dios ni en el diablo ni en el hombre Coltrane soplando en un garito de Chicago My favourite things. No se cree en la iglesia ni en la salvación de las almas. Se cree en una cimitarra de hierro, en un viejo reloj que perteneció a un héroe invisible. Hay universos alternativos en los que el ser humano es más humano que en este. No se derrumba occidente. No se agrieta la luz. Es que no existe occidente. Es que la luz desea que se la parta. Golpes certeros. El dios en el que creo es un experiencia sensible intransferible. Así debería ser el dios en el que crean todos los que creen únicamente en uno. Si uno callara lo que piensa acerca del dios en el que cree no habría guerras ni se levantarían templos para contar a los demás que se comparten creencias y que todos han sido diseminados con la misma pura semilla. La semilla no me alcanzó. La vi cerca, la observé con cuidado, la miré con la idea de que podría decirme algo que me enriqueciera, pero pasó de largo y no hice absolutamente nada por pillarla. Adiós, semilla. Hola, Coltrane. Can you see me crawling? El caso es tener a alguien a mano cuando llegan esos momentos de flaqueza y uno precisa un sostén. El Dios que amo hizo a Juan Sebastián Bach y a mi madre y a John Coltrane. Hizo las piedras y la luna. Dios me habla en sueño, en la luz cuando la sombra la corteja, en un verso de un poema que escribí esta mañana. El dios en el que creo es el Dios de los templos que tienen seis siglos. Diez siglos. Hay miles. Veo uno ahora. Creo con el mismo énfasis con el que los demás lo hacen. Igual hasta por las mismas circunstancias. De pequeño rezaba a Dios cuando intentaba conciliar el sueño. Probaba frases. Hacía (en esa intimidad en la que uno piensa casi en voz alta y hace un balance de cómo ha ido el día o de cómo va la vida) de escritor en ciernes. Todos los niños son, en el fondo, teólogos amateurs. Dicen cosas que luego, en la edad adulta, les produciría rubor. Ay, si fuese sólo rubor. El niño es un ser puro al que la pureza le llama con insistencia. Por eso el preceptor religioso le inculca el catecismo fundacional. La idea de un Dios y la idea de un coro arcangélico de devotos que están en el cielo, a salvo de las inclemencias del dow-jones y de la cirrosis hepática. La idea de un Dios que me dicta ahora las palabras que escribo. El que sabe el día en que mi corazón no querrá saber nada de mi sangre. Sobre dios (o sobre Dios o sobre d-i-o-s) se han escrito más páginas que sobre ningún otro personaje histórico. La línea más pequeña y la más irrelevante habla de Dios aunque su autor, el más estulto entre los autores, el más zopenco y el de menos talento, no lo sepa. Dios está en la barra de los bares, en la cubierta del Potémkin, en la barba de Walt Whitman, en el sonido que mi iPhone proyecta cuando en el whatsapp escribe mi amigo K. Dios está en el fulgor de un flor a la que liba la abeja infinita .
Está en las tripas de la máquina, en el corazón de la bestia, en el circuito más inteligente de mi teléfono inteligente. Dios en banda ancha, Dios en un cuadro con un caballo perdido en la tormenta de la salita en la que escribo. La acabamos de pintar. Está reluciente. Huele todavía a limpio, a desinfectante, a amoniaco y a lejía. Dios está en la lejía y en los átomos de la leche. Dios en el Jack Daniel's y en el solo de Chet Baker en Amsterdam poco antes de que le partieran la boca unos traficantes. Dios es un no-argumento. Coltrane solo se dedica a aprender a ver. Es un atentado contra todas las potencias cartesianas. Se cree en Coltrane sin cortarlo; al formularlo, se desvanece. Dios es de recia argamasa catedralicia. Siempre pensé en los constructores de catedrales. Entré en la catedral de Lugo en 2011 y me sentí empequeñecido. La catedral me hizo pensar en Dios como nunca antes había pensado. Estuve días pensando en lo que había sentido. Hay quien, con menos, se hace feligrés. Quizá salí antes de que la perturbación me aniquilase del todo. Con eso contaban los constructores. Con el efecto empequeñecedor. Con la certeza de que el que entraba en ese templo perdía, por el hecho de entrar, poder sobre sí mismo. Era un acto bélico, una batalla ganada nada más poner el pie en la piedra y contemplar la construcción. Soy un fan de las catedrales del mundo: las visitaría todas. He visto muchas, quiero ver más, soy el que entra en ellas y sale herido, vulnerado. Iría de una en una, tomando notas, haciendo fotos, escribiendo las pinceladas iniciales. Descubriendo el aire en el aire. Perdido en la secreta armonía del cosmos. Buscando a Dios en la palma de mi mano. Contando al mundo cómo fui bendecido por la gracia. Tengo que pensar en John Coltrane cada vez que entre en una catedral. Tengo un dolor en el pecho a cada palabra que no digo. Cada bocanada de silencio aviva más silencio. Se me abre cartesianamente el alma. La tengo abierta y la ven todos y la discuten en las plazas. El alma visible. El peso del mundo es amor. La luz es un vértigo. El vértigo es luz que piensa en sí misma. Dios me asiste y me conforta. Tengo el alma mecida por sus céfiros. Creo. Suena My favourite things. El big bang debió ser la primera tos de Dios, un Dios enfermo o un Dios solo al que se le ocurrió la trama primera de las cosas. El big bang fue todo lo que vino después de esa primera tos fundacional. O en lugar de tos fue un estornudo. Lo que hubo, a decir de los científicos que ahora dicen haber detectado las ondas del primer chasquido del universo, fue un temblor, un temblor sutil, una brizna de temblor, un sonido en mitad de un silencio absoluto, una luz en la oscuridad perfecta o un nanosegundo (será incluso menos de un nanosegundo) en el cómputo novicio del tiempo. Después de la tos o del estornudo o del temblor o de la luz vinieron todas las demás cosas. No tenemos capacidad para razonar ese parvulario primitivo, de verdades cuánticas y de incertidumbres teológicas. O será al revés: de verdades teológicas o de incertidumbres cuánticas. Creo que no entendemos casi ninguna, pero lo que importa es el viaje, la sensación de plenitud que uno encuentra en la duda, en todo ese marasmo de incógnitas a las que casi nunca damos respuesta. Son casi catorce mil millones de años para que yo hilvane mis asuntos y los registre mientras John Coltrane sopla (sigue tocando) como si no hubiese vida después de la última nota, cuando la canción termina y reina el silencio. El universo es como un solo de John Coltrane: no lo entendemos, no sabemos a qué obedece ese hilo de notas, pero nos perturba, nos acerca a la belleza, por más que no sepamos definirla. Está John Coltrane sincopado y cuántico, teológico y sucio, buscando en el alma el trozo de Dios que le explique el bang, la lluvia obstinada, el cielo azul, la carne débil y el aire espléndido. Dios sigue tosiendo, pero ya no le hacemos caso. En el Castilla, qué será del Castilla, estará aquella cinta de Coltrane. Ya no sonará siquiera.
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