6.1.25

Historietas de Sócrates y Mochuelo / 5


 De niño solía pensar que los reyes sabían de mí lo que ni mis padres ni yo mismo sabía. Pensaba en ellos en verano. Me preguntaba dónde andarían, si vigilarían mis travesuras, si alguna aplazaría su generosidad y tendría que conformarme con los regalos menores, los no pensados ni, a veces, deseados. El tiempo me hizo descabalgarme de la inocencia. Todavía busco el caballo en el que pasearía por las calles de mi infancia. Sócrates es niño si enarbola la espada y se da en duelo frente al aire. Se habrá levantado bien temprano, habrá pensado como yo: qué buenos reyes son, qué ciegos han querido ser. Porque hay días en que no se nos ocurre blandir la fantasía, enseñarla al mundo, hacerle ver que el tiempo está de nuestra parte. Con los años, cuando hacen su oficio con la acostumbrada pulcritud, uno se levanta en este día con un entusiasmo menor. Sabe cómo funciona ese teatro del árbol. Aún así, qué delicia el misterio, la sensación de que alguien sabe de nosotros lo que ni siquiera (ya lo he dicho) ni uno mismo sabe. Y suena una música dulce y Mochuelo ni se cosca de la algarabía de su amigo. 

Árida / Antonio Tocornal / La procesión de las almas




Que yo sepa, Árida es la primera novela escrita por un puñado de muertos. Al comenzar a leerla, se  acuerda uno de Juan Preciado yendo a Comala para saber de su padre. Pedro Páramo, el artefacto mágico y tenebroso de Juan Rulfo, no nombra el infierno, aunque sobrecogedoramente abunden los indicios de que es el infierno el lugar en el que suceden los acontecimientos que se narran. Árida no es Comala, ni Rulfo es Tocornal, pero podría hacerse una lectura especular de ambas historias. Las dos tienen una raigambre metafísica, un decir sin que jamás lo dicho sea liviano. De hecho, no hay nada en las dos que distraiga del cometido fundamental que las conduce: cartografiar la muerte, fijarle una iconografía. 

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Poner a escribir a un muerto es negar la muerte misma. También la vida. Lo maravilloso de la muerte que atraviesa Árida entera es que posee la dignidad de la que a veces carece la vida. En ese limbo sin sustancia, en ese cuerpo arrebatado de su condición de cuerpo, sucede la novela. Fascina que no haya una trama al uso, la acostumbrada: los acontecimientos que podrían justificar su existencia. Se extiende esa no-trama con la misma verosimilitud que las tramas rendidas con escrupulosa observancia de algún canon literario que exija nudos y desenlaces, asuntos que se puedan contar de viva voz, episodios extraídos de la realidad misma, que está siempre atenta a que la ficción no la soliviante y se le arrima con fruición a poco que intiman. Tocornal ha sido capaz de representar ese diálogo y de hacernos morir para entender un poco más la vida.

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Presumo que Árida no es un texto aleccionador, ni didáctico. Tocornal no hace de Árida una alegoría sobre cualquier circunstancia terrible que nos esté asolando, se tenga de ella lejana noticia o ya esté fatalmente entre nosotros. No vaticina nada, no alerta sobre los males por venir, aunque algunos de ellos sobrevuelen el cielo de la lectura. Ni pretende acumular desgracias para que el corazón se nos encoja en el pecho por todas las desgracias que se acumulan, y aseguro al lector futuro que mil dolores atraviesan el corazón sensible que lee. El empeño de Tocornal (uno de ellos, tal vez no tenga otro que el de contar o contarse y ya ese sería suficiente) no es simbólico, sino testimonial. Pareciera que asistió a la ceremonia tenebrosa de una tórrida güija y se esmeró en registrar las palabras de los muertos comparecientes. 

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Como el cielo, como el infierno, Árida no tiene principio, ni final. No precisa que algo desde lo que se construya ni nada que lo clausure. Estuvo siempre y no dejará de estar nunca. A Borges le hubiera encantado Árida. 

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En este preciso momento en que yo escribo y en el momento en que tú leas, Árida sucede en lugares que no existen, pero está ocurriendo su épica bastarda, su recado bíblico, su miedo primigenio. Árida es la nada de la que nada sabemos y es ese miedo del que creemos saberlo todo, pero es un miedo invisible, de poco o ningún fundamento, apenas entrevisto en los sueños, contado en este librito excepcional con todo el predicamento de las musas, aunque sean las musas dolientes, las que lloran y únicamente confían sus revelaciones a quien merece custodiarlas, difundirlas. Qué difícil ese trabajo, qué responsabilidad, qué dolor escribir sobre el dolor sin que duela y desbarate su transcripción. 

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Se lee Árida con una orfandad terrible. Cree uno estar asistiendo a una crónica sobre el desentendimiento del hombre hacia lo que su corazón le dicta. Cree uno también no poder salir cuando la lectura concluya. Como si el libro abdujera a su visitante. Esa apreciación no es descabellada: este lector agradecido estuvo unos días (y el frío arreciaba ya) escuchando las chicharras, sintiendo al caminar que el suelo te succionaba y el cuerpo descendía a la tierra oscura, pensando si la boca acabaría ocupada por ella y los ojos se cegaron por su arrebato monstruoso. 

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Las voces que hacen que Árida exista se suceden con sobria fantasmagoría. No se puede esperar mucho de un fantasma. Ni que sea un narrador eficiente. Dará una versión triste de los acontecimientos, se cuidará de que nada induzca a que la alegría comparezca. Árida es una de las novelas más desoladoras que este lector agasajado ha leído nunca. La devastación es del espíritu, aunque parezca que es el paisaje (maravilloso en su desacomodo de la belleza) sobre el que el autor hace su trabajo más pulcro. No se engañen: el paisaje es siempre interior. Cualquier puesta de sol sucede en el corazón de quien la mira. Las tormentas en las noches más negras son un asunto estrictamente sentimental. Iba a decir que el paisaje en Árida es onírico, pero hay sueños que no alcanzan la hondura del vertido por Tocornal en esta novela.

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Paradójicamente, toda la incomodidad con la que se realiza el trayecto que va de la nada previa a la lectura a la nada que la lectura ofrece se fatiga con primoroso empeño: la llanura desértica, el ruido de las chicharras, el caminar estragado del perro flaco con su guardesa, la verdadera notaria del apocalipsis, la encomendada a que la oscuridad no desgracie los primores del sol y se arruine la vigilancia de todos los secretos.

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El secarral de Árida es de una intimidad que abrasa. Es la muerte la que lo abraza todo. De la novela se dice que es un "western de zombis", lo cual es cierto a medias. Yo la catalogaría mejor en algún tipo de género crepuscular, entre la narración mitológica y la evangélica. También es el tiempo el narrador omnisciente, el verdadero timonel de la nave del destino, que conduce inexorablemente a la violencia del hombre, al desmantelamiento de cualquier cosa que haya tenido que ver con la belleza y con la armonía del espíritu. 

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No habría Árida (territorio y texto) sin que la poesía la cruce de parte a parte. Quizá no haya otra herramienta que elucide el lenguaje de la muerte. Si los muertos hablasen (no digo ya que escriban) se arrogarían la función del bardo de la tribu. Hablo de los tiempos en los que las palabras eran escuchadas y tenidas en cuenta, cuando decir era crear. El mundo comenzó a girar cuando se le asignó una palabra con oficio de rueda. Ni Dios pone nombre a las cosas. Nadie en Árida se acuerda de él. "Porque Dios nos había olvidado hacia ya muchos años. Dios se había ido a cuidar de los señores y de los poderosos, que seguro que era un trabajo más llevadero y más entretenido que andarse aquí en Árida escuchando bajo este sol despiadado los lamentos de cuatro muertos de hambre amagados y de cuatro beatas resecas y cubiertas de polvo". No hay fe en la que perseverar, salvo la que se aspira en el aire quemado y hace pensar en que el cielo es el fuego que sale de la boca de todos los muertos de la tierra. 

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Antonio Tocornal escribe con contención. Lo imagino haciendo criba de la criba, depurando hasta la misma sustancia del hueso de las palabras. Una vez que tuviera esas palabras tanteadas y más tarde elegidas, las ensamblaría con pudor, no hay otra manera de que no se pongan levantiscas y desprecien el ánimo de quien las reclutó para que contaran lo que debían contar. Bendita recolección. Pero con la contención hay una euforia absoluta de frases que queman o que sangran o que hacen que nos duelan los ojos con las que las leemos o la memoria en la que las guardamos. Este lector alegre tuvo algunas de ellas durante días mientras paseaba o hacía cola en la charcutería o ponía la ropa a tender en la azotea de casa. También los ojos se hacían eco de todas esas palabras resucitadas. Hubo calles que desatendieron su vocación de calle y semejaron páramos arrasados por el sol o cubiertos por una arena infinita o por una comanda incivil de muertos que caminaban hacia algún lugar en el que poder aliviar la ruindad del paso. 

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La guardesa, el caminante del reloj de arena, el arriero, el soldado, la niña del calero y la fugitiva son quienes hacen avanzar la trama, que no es tal, pero es la humanidad entera la que comparece en Árida. Cualquiera de ellos, narradores fiables de una realidad incivil, valdría para representar la miseria del hombre, la de cualquier hombre que haya penado una vida entera y se le arroje a la muerte sin que ni ella pueda descansar finalmente del trasegar de su condena. Porque todos ellos están condenados. De hecho, es la condena la trama que atraviesa todo el relato.

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Dar voz a los muertos, cuenta Tocornal, es concederle voz al tiempo y a la tristeza con que a veces deposita su aliento sobre quienes, incapaces de entenderlo, creen tenerlo. No hay tiempo, no hay ninguna flecha que recorra el aire y encuentre en qué clavarse. Nosotros somos la flecha; nosotros, inargumentablemente, el aire. Nuestra es la mano que tensa el arco y nuestro el pecho en donde el metal que aloja se incrusta. 

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Hay que elogiar el lenguaje de Árida: es seco, es duro, es hermoso. Lejía, saliva negra, "gargajos negros", cal viva, óxido, ceniza, mugre, estiércol, semen, vómito: esos son sus más evidentes epítomes. Cada una de esas sustancias compendie un ocaso, un irse y, en la fuga, un perderse. Todos los muertos están perdidos. Lo estaban ya en la vigilia del sol en lo alto y en la luna perpleja del sueño. 

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Luego están los pájaros: sobrevuelan Árida, permanecen en el aire muerto, aunque no haya ninguno. Se fueron cuando la tiniebla cubrió al pueblo. Solo el galgo "procurando un retal de sombra y un poco de pan duro" parece no haber permitido que su corazón deje de latir. Porque los muertos son muertos por voluntad: deciden que la luz no les conmoverá más, que el hambre y la sed son distracciones para que su oficio pueda ejercerse a plena satisfacción, sin que se precise la hospitalidad del aire, ni el frescor del agua. 

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Las chicharras son las emperatrices del infierno. 

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De toda Árida, la novela, no el pueblo, no ese espacio mitológico, este lector entusiasmado se queda con el episodio del arriero. Tuve que volver a leerlo cuando lo leí, y lo acabo de leer ahora, antes de escribir algo sobre la turbación que me causó. Ese cuento (pues se puede pensar que todos los trozos de la novela podrían considerarse cuentos y responder a cualquier canon que sobre ellos un Bloom establezca) merece mención aparte. Aquí traigo de nuevo a mi buen Borges. Me lo imagino con los ojos cerrados, escuchando a su Kodama al narrárselo. Pero no hay voz que sepa leer, ninguna sabría hacer las inflexiones de voz, la compostura del tono, la sobriedad y el dramatismo de lo que la narración entrega. Pobre Borges, cuánto se ha perdido. Adenda a este inciso: si el amable lector de esta reseña cree que me dejo llevar por algún tipo de enardecimiento o vehemencia o simple y humilde arrebato, le conmino a que lea y se pasme. Creo que he dado con la palabra adecuada: pasmo. También asombro, gratitud. La misma que uno acoge cuando acaba de leer el episodio del soldado, con esa flecha 

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Dije antes: dar voz a los muertos. Pero no es únicamente facultarles para hablar, sino dar también con la voz que haga que la de ellos exista. Ahí Tocornal tendría que hacer un verdadero ejercicio de transfiguración. Dejaría de ser Antonio para ser otro, para ser un muerto, pero no un muerto cualquiera, sino uno elocuente, uno que no parezca impostado, traído para ocupar un papel secundario. Qué dificultad esa, qué hallazgo encontrar, antes que nada, incluso antes que la propia trama, la manera en que esa trama (la que llegara, la que se fuese construyendo al tiempo que se fuese escribiendo) debía contarse. Lo difícil de escribir, lo digo con absoluta convicción, es hacer creer al lector que no se está escribiendo. Árida no es una novela: es un sueño, un fragmento de un sueño, una pesadilla que, a la larga, cuando se ha pensado y se ha entendido, conforta, alegra incluso. Debo ser un lector, aparte de entusiasta y agradecido y feliz, extraño. Pero la literatura, la buena, es extraña. 

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El polisíndeton: qué bien usado está. Y mira que es complicado. Ese ritmo continuo, ese narrar pareciendo que se está hablando. Ese fondo juntamente con la forma de modo que no hay ni uno ni lo otro. Permitidme el atrevimiento: pareciera que no hubiese otra forma de contar Árida que la vertida por Tocornal. No sé de cuántos libros podría decirse eso. 

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Hay cosas que uno piensa cuando ha concluido la lectura. Una de las más recurrentes es la que busca la Árida que nos espere. Alguna habrá, por desgracia. Querría nuestra voluntad morir sin más, no tener ni cielo ni infierno al que nos arrojaran. Porque es un ejercicio violento morirse. Da igual que nos abrace la dulzura de la divinidad o el azogue sucio del averno. 

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Árida, como Malasanta, como Bajamares, son obras orgánicas. Un amigo oponía ese adjetivo a las epidémicas: novelas leídas con agrado incluso, que dan de sí lo que una mañana de sol cuando se requiere su calor, que no es poco, añadía yo. Árida es gélida, no tiene la encomienda de abrazar al lector y confortarlo y, sin embargo, qué duradero su influjo, con qué honradez dibuja el inframundo, esa tierra desolada, que ni tierra es; ese averno en el que, como fija la etimología del término, no hay aves. Algún Hermes conduciría a los muertos, en procesión de almas, en estricto sacrificio final. La literatura permite pasear esos lugares míticos, ver y oír, sentir y albergar la esperanza de que todo es materia de la ficción, analogía pura, festejo de las letras. 










5.1.25

Historietas de Sócrates y Mochuelo / 4

 


Son neuronas lo que hacen que entendamos a los demás. También las habrá para que no los entendamos en absoluto. Decir algo íntimo que halague a quien lo escucha requiere una intención consciente y honda, del tipo que hace que todas las demás intenciones queden por debajo de ella o, en casos extremos, hieran al que pronuncia las palabras para expresar su amor por alguien, pongo por caso. Una vez se ha vencido el rubor, que es otra instancia puramente neuronal, supongo, todo adquiere sentido, el mundo gira con fluido entusiasmo y la luz existe para que ninguna sombra te perturbe. El amor no se entiende: se siente. También la empatía, que es una imitación espiritual o emocional, una especie de trasvase entre el objeto observado y el observador. El hecho de sentir algo por alguien, sin que medie el noble y alto amor, con tan solo una breve exposición a su influjo, debería ser suficiente para que no hubiese maldad en el mundo o para que nos respetáramos más de lo que lo hacemos, que es poco y, en ocasiones, nada. Si alguien llora, notamos que se nos saltan las lágrimas. Si ríe, reímos. Si lo vemos bailar, se nos mueven los pies. Deben ser esas neuronas. Algo químico. Duele que la belleza juntamente con el amor provengan de esas variables moleculares. No habrá que pensar mucho en eso y seguir llorando, riendo o bailando. Hay cosas que nunca se dicen, debiendo hacerlo, necesitando hacerlo. Se precave uno, prefiere no exponerse, no dar de sí lo que luego no podrá retirar, pero qué hermoso es expresar esos sentimientos, desinhibirse, difundir la fragilidad que somos. Porque amar es cosa de gente frágil. Los que están seguros de sí mismos no se exhiben casi nunca. Cuando lo hacen, en ese momento, en ese instante de fragilidad, advertimos su naturaleza maravillosa. ¡Con decirlo hubiera bastado!, piensa Mochuelo. Sócrates no acaba de desnudarse del todo: para decir que aprecia a su amigo (lo es, ya son muchos días de cháchara y confidencias) anticipa la idea de que jamás se lo ha confesado. Como si no hubiera podido, como si fuese una adquisición reciente, como si afirmar algo tan humano doliese y se valiese de una pregunta un poco retórica, un poco cómica también. 

Dietario 4 / Un poeta menor

 Lo mejor es ser un poeta menor, uno que no trascienda, al que lean los amigos en los bares, del que hablen siempre en términos de afecto, sin que tenga que entrar en los circuitos de la poesía y dar recitales por los institutos, en las ferias del libro o que lo inviten a jornadas para que hable de su trasegar poético. Es mejor huir de las jornadas. No sé a quiénes satisfacen. Un poeta menor no precisa de esas obligaciones institucionales. Ni siquiera cuenta que publique mucho. Le valen un par de libros, ninguno incluso. Podría mandar poemas por carta a los íntimos. Valdría un tweet con versos, un blog humilde. Lo que realmente atrae del poeta menor es la intimidad de lo que cuenta, la sensación de que nos esté confiando algo de una privacidad exquisita. Yo nunca he sido un poeta menor. Tampoco mayor, entiéndase. He sido un poeta de barra de bar, de los que manuscriben versos en las servilletas, de los que de pronto se congracian de haber dado con alguno que suena bien y dice algo relevante. No da para más, no hay más, no podemos ahondar más. Si uno es un buen poeta menor y practica a diario, en las barras de los bares o en la quietud reservada de la casa, se tiene la seguridad de que va a amar la poesía de un modo alto y puro y de que la poesía le concederá sus primores también. Conocemos poetas a los que ya no les interesa la poesía. Solo publican libros, dan conferencias, se baten en duelo verbal con quienes malogran su pole position en los juegos florales del ayuntamiento. No son poetas esos de los que hablo. Son otra cosa, pero no poetas. Puestos a ser estrictos con el término, el verdadero poeta es el que está solo con su poema. Hablo de una soledad absoluta. Como si no hubiese otra cosa en el mundo. Rara vez, por no decir ninguna, se accede a ese lugar. La soledad absoluta, ah la soledad absoluta. Y entonces, si el poema merece la pena, asunto que no sucede casi nunca, el mundo cobra un sentido que nunca tuvo antes. Hay quien dice que en esos momentos epifánicos ve a Dios o Dios, fascinado por el texto, ve al poeta. Ya digo que son cosas que no sabe uno ni explicar como requieren. 

4.1.25

Historietas de Sócrates y Mochuelo / 3


 Querer ser otro con antojadizo criterio y, al tiempo, no rendirse del todo en la ardua tarea de ser cabalmente uno mismo. Quizá el mal que no cesa es esa voluntad de admirar lo ajeno y de hacer menoscabo de lo propio. Tendremos virtudes que únicamente aprecian los demás, quién sabe; logros firmes que no consideramos nunca, que no despiertan el elogio privado. Quién fuera Mochuelo, se lamenta Sócrates, al verlo, a decir sólo suyo, despreocupado, libre. Pero el objeto de su anhelo no se da por aludido y expide con tristeza la humana solicitud de no albergar quebranto que lo rebaje y ser de verdad libre. 

Dietario 3 / Pájaros

 


Se tiene, en general, una mala percepción de los pájaros. Tal vez su volandería los empareja con la fantasía y suele decirse que se tiene la cabeza llena de ellos cuando alguien incurre en desatinos, se explaya en razonamientos de poco sustento con lo real o, más sencillamente, manifiesta el proceder clásico de los locos, que vienen a ser todos los que acabaron escapándose de la realidad y ocupando una enteramente suya, quién no habrá emprendido esa fuga alguna vez. Donde los locos pueden concurrir también los atolondrados, los imprudentes, los aturdidos, los que, ya por acabar, exhiben maneras imprevisibles. Lo que funciona en este mundo es la previsibilidad. Importa saber qué va a hacer el otro, por dónde va a tirar. Todo lo demás es desconcierto, son pájaros. Pero todos los pájaros están en la cabeza. Igual que las casas o que las ideas o que los paisajes. Es ahí en donde se construye la trama, es en la cabeza en donde una voz nos conduce por uno o por otro camino. Que uno sea equivocado y otro no es aleatorio. En ocasiones tienen nombradía los pájaros. Gente que tienen muchos en su cabeza resultan encantadores o suscitan el unánime elogio ajeno. 


El arte es una extensión de esa proliferación excéntrica en la cabeza. Quienes la tienen bien asentada, libre de perturbaciones y de pájaros, por completo exenta de las peregrinas ocurrencias de la imaginación, ojalá sean pocos y no difundan con éxito su estado, no se envalentonan jamás, no se adentran en lo oscuro, no se cuentan el mundo a su manera, no escriben poemas, no esculpen el barro, no dibujan ni pintan, no se suben a un escenario, no componen boleros o valses o piezas de bebop, no hacen películas, no cogen una cámara y observan la realidad, por si la realidad se muestra diferente, por si deja de ser previsible y hace lo que no se espera, por si los pájaros (en bandada, locamente) la atraviesan y la llenan de su batir furioso de alas. Hay un momento en la vida en que uno se plantea dejar que vuelen por donde deseen, hacer de su corazón su infinita jaula. Es ahí cuando nos convertimos en creadores. Todos lo somos de una manera u otra. No hay nadie que no tenga una sinfonía de pájaros en la cabeza. Sólo se trata de abrirla y permitir que salgan. 

3.1.25

Historietas de Sócrates y Mochuelo / 2


 Uno aplaza lo que importa, lo va demorando, hace que no cobre la importancia que lo hizo aflorar, ocupar el lugar del que antes carecía. No porque no sepa acometerlo, no por algo ajeno que nos cohíba. Ni siquiera porque la voluntad no alcance a darle un desempeño. Se aplaza, se deja para después, se posterga (me encanta esa fonética, ese ruido como de puerta cerrándose), hablo de un después incluso sine die, por el placer de ir pensándolo, de darle un cuerpo dentro de la cabeza o encomendado a un apunte en una hoja o en las tripas del móvil. Como la madre que planea un futuro para el hijo que lleva y fantasea con los ojos que va a tener o qué palabras dirá cuando use las primeras. Se retrasa la felicidad tal vez. Diferida, se insinúa mejor, más convence y engolosina. 


Escuché que lo que no hacemos en el momento dura más, su propiedad es mayor.  Se disfruta más con los preliminares, oye uno decir. No suelo pensar en el futuro. Me siento incapaz de hacer planes a plazo muy largo. Los que hago, los pocos que me veo obligado a hacer, se malogran con frecuencia. Va uno aplazando las cosas. A veces creo que lo aplazado es más mío, me pertenece más enteramente, por el hecho de poder administrarlo. Saber que habrá cosas que no se harán, pero fijarlas en un registro, arraigarles el ánimo de que alguna vez comparezca la voluntad de acometerlas, arrogarles el cuerpo tangible que antojadizamente les birlamos. Procrastinar es un verbo cargado de futuro. Filosofar es aplazar la resolución de una incógnita y prendarse de los procedimientos que acercan su entendimiento. Y no hay tal. 

Dietario 2 / Intemperie

Hay palabras que acuden sin razón y prosperan con extraño afán. Anoche pensé en si alguien podría pastorearme, cuidar de que no me desmande ni malee. Como un ángel de la guarda o una madre. La idea me causó la zozobra justa. Más que nada, me costó imaginar la postura en la que hocicaría la testuz para pastar a capricho. También la circunstancia meramente bucólica. Lo de menos, en esa turbación de mi cordura, sería el pastor al que se arrojase a vigilar mi trasiego por los campos. Tal vez haríamos migas el pastor y yo. Alguna vez se percataría de mi carácter levantisco. Te vas a descarriar, me advertiría. Por ver mundo. Por probar pasto nuevo. Por verme fuera del redil. Eso contestaría yo en alguna especie de mugido que él entendería. Se muge sin conciencia fonética. Se piensan cosas sin que el rubor nos ocupe. Las reservamos, no conviene siempre airearlas, dar un motivo para que alguien guarde las suyas. Pero en ocasiones sucede lo extraordinario. Al sincerarnos y confiar a alguien alguna intimidad nuestra, se desboca quien la escucha, se vacía y exhibe sus rotos y sus zurcidos. Ese salir del aprisco y exponernos a la intemperie es la utopía del que anhela trasegar sin que se le observe.

2.1.25

Historias de Sócrates y Mochuelo / 1


   Ilustración; Ramón Besonías

La ebriedad es nieve a la que entregamos una pisada obscena. El blanco humillado por el pie recuperará el fulgor antiguo. A veces se maneja uno bien en descomponer el paisaje, en desdecirse, en proclamar una varianza del ánimo, una especie de tumulto interior que no siempre está a mano y que prorrumpe con absoluta vehemencia cuando empinamos el codo y le damos a la sangre un circo de piruetas y de risas. Tal vez haya algo puro en esa danza improvisada. El cuerdo es previsible; el ebrio, el achispado, el que concede perderse en la bruma del alcohol, contiene una verdad insólita, pocas veces manifestada, incómoda para quien la contempla desde la serenidad. Baudelaire, poco fiable en mesuras, proclamaba la necesidad de embriagarse. "Hay que emborracharse sin tregua. Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto, pero emborrachaos". Hay en la ebriedad una euforia en la que el ejecutante se jalea a sí mismo, se arroga la facultad de destemplarse, de embrumarse, de adquirir un desquicio momentáneo del que más tarde podrá arrepentirse, pero al que se inclina con fastos y afán diáfanos. Con todo, sin hacer aquí elogios excesivos, hay cuerdos que jamás dejarán de serlo. Sócrates lo sabe. Mochuelo es un recién llegado, un sujeto demasiado fiable. 



Dietario 1/ Dolerse

“ El dolor es siempre pregunta y el placer, respuesta”

Paul Valery 


También dolerse informa. Nada que objetar a su metal frío. De ese romperse uno proviene el izado de la luz, la condena de la sombra. Son todos esos verbos pronominales los que de verdad importan. A la vida la manejan mil dolores pequeños. Nada me incumbe del último. 


En la idea del placer concurre también la de no padecer dolor. Quizá interese ocuparse seriamente del gozoso término medio: esa certeza un poco brumosa de sentir una especie de armonía en la que nada nos entusiasma ni nada nos derrota. 

Uno busca afanosamente el placer y, cuanto con más ahínco persevera en su adquisición, más alienta que se sienta la poderosa irrupción del dolor, con más nitidez se percibe su acometida y más fundadamente se le teme. No hay conveniencias fiables a las que asirse, tampoco un procedimiento que lo disuada. Se está a su entera merced. 

La pedagogía del dolor es quizá la materia de la que tenemos menos avances. No sabemos qué urdir, no poseemos instrumentos fiables y certeros, no están cuando el dolor nos alcanza con la vehemencia que en ocasiones suele. Anhela uno zanjarlo expeditivamente, compone una súplica íntima y luego, cuando no observa alivio, por puro desahogo, la airea, la vocifera a veces. Quiere que cese, quiere que el mundo regrese al estado previo, cuando existía esa armonía dulce en la que alma y cuerpo no sufrían asedio alguno, cuando todo era, si no placentero, sí normal. Es una trampa eso de la normalidad. Lo es porque se nos ha educado para buscar incesantemente el placer o la felicidad, y esos dos conceptos son quebradizos, frágiles, huidizos. 

Por fortuna, si el dolor mengua, nos manejamos bien con el olvido. Se rebaja el estado de alerta, se limpia la zona vulnerada y se tiene esa percepción (falsa, sobrevenida artificialmente) que consiste en confiar en que todo volverá a su cauce y que el veneno no nos emponzoñará de nuevo. Nada más equivocado: vuelve más tarde, lo hace con absoluta indiferencia a cuanto urdimos en la contienda. No se busca el dolor, ni tal vez se le deba rehuir si acude. Su compañía es tan lógica, tan devastadoramente lógica, como su apreciado reverso, que es su ausencia. No hay nada con qué compararlo, ni nada que rivalice con el mal que siembra. Ni la muerte lo iguala. Porque la muerte es una especie de dormir sin que haya sueños ahí adentro. 

Duele sobre todo el dolor de los demás, de todos a los que amamos. No aceptamos que sufran, cómo hacerlo. Llegar a aceptarlo es la gran asignatura pendiente, de la que no disponemos tampoco de pedagogía. También lo es de quienes lo padecen. Ni la cultura, tan basta, de tan hondo brillo, ni la belleza zurcen el roto que inflige el dolor. Somos de una fragilidad asombrosa. Estamos arrojados a ese fuego larvado e incansable. 

No sé a qué ha venido esto del dolor, no sabe uno la razón por la que escribe lo que escribe. Tampoco la de que se esté viviendo lo que se vive. 

Ahora que amanece y vuelven los colores y la luz todo lo cubre se calma uno un poco, piensa que es posible aprender a sobrellevarlo. Lo piensa brevemente. No dura mucho esa pequeña reflexión sanadora. El de ayer, primero del año, fue uno de esos días mansos y bonitos. Hubo valses, hubo silencio en la casa. 

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...