5.9.08

La literatura celular: José María Merino hace cuentitos


Metateoría de los cuentitos

Donde se cuenta una teoría de las teorías de los cuentitos en forma de cuentito
José María Merino



La primera sabiduría

La ficción fue la primera sabiduría de la humanidad, cuando la realidad exterior parecía sólo un conjunto de adversidades incomprensibles, hostiles, violentas, la ficción ayudó a entenderla: el sol es una brasa que una mano inocente lanzó una vez al cielo, el viento nos trae la voz de los muertos, la lluvia derrama de repente sobre nosotros las lágrimas perdidas, en los sueños nos habla lo que deseamos o lo que tememos. La ficción fue la primera forma comprensible de la realidad.


La paradoja fundacional

No fue el ser humano quien inventó la ficción, fue la ficción lo que inventó al ser humano, pensó el profesor Souto, y se sintió más acuerdo que nunca.


Las historias de siempre

«Desde que la ficción nos inventó, contamos las mismas historias, una y otra vez. El día que contemos una historia realmente nueva, diferente, nuestra especie ya no podrá llamarse homo sapiens sapiens» Y alguien entre el público exclamó: pues yo creo que eso es una historia nueva, profesor.


Páginas puerta

El profesor Souto, después de pensar tantas y tantas páginas de ficciones, comprendió que eran puertas, y después de cruzar tantas y tantas puertas, descubrió el Jardín Literario.


El Jardín Literario

El Jardín Literario ocupa el mismo territorio que en su día ocupó el Edén. En él habitan miles de Adanes y de Evas, en él hay toda clase de plantas y numerosos árboles de la ciencia del Bien y del Mal. Por él pasea Dios, una vez con tricornio, otras con turbante, otras con solideo, pero siempre con barba blanca. También pasea por allí Zeus y danza Siva, y Manitú afila sus flechas, pero hay ocasiones en que las que ningún dios existe, y se escucha una flauta que entona la melodía de la misteriosa soledad humana. También anda por allí Satanás, a veces en la forma rastrera de la serpiente, otras vestido de rojo, incluso disfrazado de sacerdote, imán o rabino. Hay ángeles acorazados, de espadas flamígeras, y ángelas con los pechos al aire y libros de versos y rosas en las manos. En el Jardín literario conviven todas las identidades humanas y todas las conductas animales. Abundan los héroes y las heroínas, los malvados y las perversas, las gentes abnegadas, traidoras, cobardes, visibles e invisibles. Hay dragones y gatos, leones y cuervos, asnos y águilas bicéfalas, ruiseñores y monstruosos insectos. Las manzanas son allí fruta común, y no sucede nada catastrófico al comerlas, o al menos regalarlas, o al verlas caer de los manzanos.


La historia del corazón

El profesor Souto, a lo largo de sus investigaciones, descubrió que la verdadera historia de la humanidad se encuentra en el Jardín Literario, porque solo allí está la historia del corazón humano, con todos sus latidos, sus pasiones, sus quimeras, sus infartos.


Orientaciones

En el Jardín Literario resuenan los versos y los diálogos teatrales, se habla en todas las lenguas y desde todas las formas de la conjugación verbal. En él se suceden los senderos, las escalinatas, los bosquecillos, las colinas, los estanques, las acequias con sus puentecitos, los cenadores. Está la pérgola de las elegías, el camino de los netos laureados, los parterres de la poesía de la experiencia y el pabellón en cuya columnata se enredan los poemas del conocimiento, las colinas de las novelas totales y la loma de los best-sellers, hacia la parte de los lavabos. A veces hay laberintos, y en ellos pueden encontrarse lectores de mirada extraviada, que ya ni siguiera recuerdan cómo se pregunta por la salida de emergencia.


La glorieta miniatura

En uno de los extremos del Jardín literario, lindando con los alcorques de la leyenda, los macizos de la fábula, los parterres y pabellones de la poesía y las praderas del cuento, se halla la Glorieta Miniatura. Hay muchos que al llegar allí quedan desorientados, porque los relatos diminutos no les permitan ver el inmenso bosque de la ficción pequeñísima.


La ficción pequeñísima

En el inmenso bosque de la ficción pequeñísima, que rodea la Glorieta Miniatura del Jardín Literario, hay también innumerable especies vegetales, y en él pululan hombrecillos y mujercitas, pájaros casi microscópicos y toda clase de objetos y animales de tamaño también muy reducido. Para que os hagáis idea, allí los dinosaurios tiene el mismo tamaño que las musarañas en el resto del jardín. Y cuando la gente se despierta, esos dinosaurios siguen allí.


La obra de una vida

El profesor Souto ha dedicado buena parte de su vida, más de veinticinco años, a l investigación de los especimenes en los alrededores de la Glorieta Miniatura, y su exhaustivo trabajo sobre las ficciones brevísimas alcanza la suma de diez mil y uno caracteres (con espacios), es decir ¡casi siete folios completos!


A primera vista

Uno de los principios de jardinería en la Glorieta Miniatura es que el microcuento más largo y el cuento literario más corto tiene la misma extensión, lo que suele confundir incluso a los especialistas.


La podadera

Para el vigoroso crecimiento del cuento minúsculo es muy conveniente el arte de la poda: hay jardineros enloquecidos que sueñan con conseguir un minicuento que no precise texto, ni título.


De saprofitas

Así como las setas son saprófagas y se alimentan de materia orgánica en descomposición, gran número de relatos hiperbreves se alimentan de materia literaria ya muy macerada por el tiempo y las relecturas. Las variedades de microficciones son tan numerosas como las de setas. Y también es preciso conocerlas lo mejor posible, para no intoxicarse, aunque lo ciento es que nadie ha muerto envenenado por un microcuento.


De simbiosis

Hay entre muchos relatos mínimos una fuerte tendencia a vivir de la energía de la memoria del lector. Esos microrrelatos cobran la figura de una ficción, y el lector pone casi toda la sustancia. En el proceso de lectura, el minicuento segrega un peculiar fluido hipnótico, de manera que tal vez el lector está leyendo algo ya conocido que, bajo la forma de tal minificción, tiene sabor de primera lectura.


De acoplamiento

Los mejores microrrelatos son los que toman tanto como dan: ellos se fortalecen con la memoria del lector, y él se regocija con la nueva apariencia del mito: un toma y daca tan perfecto y satisfactorio como una buena cópula.


Floración repentina

El espectáculo más memorable desde la Glorieta Miniatura es ver cómo florecen las minificciones: a cualquier hora del día y de la noche, con lluvia y con sol, bajo la helada y contra el viento, abren imprevisiblemente sus pétalos de infinitas formas y colores, y los vuelven a cerrar casi antes de que el curioso pueda advertirlo claramente. Hay que tener buena vista, y paciencia.


Sobre velocidad

¿Relatos vertiginosos, ficciones súbitas, cuentos fugitivos? De acuerdo, pero el buen microrrelato debe moverse con mucha rapidez mientras permanece inmóvil.


Minicuentos carnívoros

Ojo, entre las formas de la ficción brevísima hay algunas carnívoras, que llegan a morder. Pero solo se las puede identificar desde la experiencia. Lo mejor es no acercarse. Si las ves muy hurañas, da un rodeo.


Otras especies

Aparte de las especies más comunes, hay minificciones aerófagas, y pirófagas, y otras que viven en el agua y del agua, y otras del gusto de reír, y otras del gusto de sufrir, porque los posibles nutrientes son innumerables. Un minicuento podría brotar incluso en este mismo texto, si es que no ha brotado ya.


Mutaciones

También las mutaciones son interminables, y solo el talento del jardinero, que también debe saber lo suyo de biología, permite que encontremos un minicuento nuevo y sorprendente en eso que tantas trazas tiene de aquel relato brevísimo que nos deslumbró una vez, y que acaso escribió un tal Chuan Tzu hace cientos y cientos de años.


Hibridaciones

Lo más sorprendente del jardín de los microcuentos es que son capaces de polinizarse, o diseminar sus esporas, para conseguir infinitas hibridaciones. Un poema acaba fecundando a una fábula que pone un huevo en forma de aforismo y termina con un beso ávido o una puñalada entre los protagonistas. Muy difícil encontrar los patrones de comportamiento, las pautas biológicas y reproductoras: así hablaba el profesor Souto.


Una mordedura

Investigaba las especies del Jardín Literario: los ecos del cenador de los monólogos lo ensordecían, el rincón de las elegías le producían algo de alergia, solía ortigarse en la glorieta de los sonetos, en el sendero de la poesía de la experiencia daba demasiado el sol, a veces le sofocaba el intenso aroma de las novelas totales, le aburrían cósmicamente los best sellers. Solía descansaren uno de los prados que rodean la Glorieta Miniatura, entre los relatos brevísimos, pero un día se quedó dormido y un minicuento carnívoro le mordió en el brazo. La mordedura se infectó, y quedó manco. Así fue como se le ocurrió escribir el Quijote más breve del mundo.


Historia de Don Quijote

En un lugar de La Mancha vivió un ingenioso hidalgo y caballero que estuvo a punto de derrotar a la Realidad.


Corpus y Canon

Perseguido por el Canon, el Corpus llegó a un callejón sin salida.—¿Por qué me acosas? —preguntó el Corpus al Canon—. No me gustas— añadió.—El gusto es mío —replicó el Canon, amenazante.


Sin título I.

El IV Congreso sobre Minificción comenzó en la tarde del día 8 y terminó en la mañana del día 6. Los asistentes se sintieron confusos, porque les parecía que se había desarrollado con demasiada rapidez.II.—Si supieras lo que he menguado —dijo el relato, y terminó-


Genética

Microrrelato se casó con minificción y tuvieron muchos minicuentos pero todos les salieron bobos, menos uno al que llamaron Cuentín.


Vida de hotel

Tu cuerpo se refleja en le espejo del cuarto de baño, el rostro borrado por el vaho. Temes que el vaho se despeje.


Final infeliz

Un cuentín y una cuentina se encontraron en una mesa redonda y se escaparon juntos, pero un profesor los logró atrapar de nuevo y los devolvió a la antología. A ella la puso en la jaula de las minificciones y a él en la de los microrrelatos. Nunca más volvieron a encontrarse.


Plaga

En poco tiempo, la casa se le llenó de microrrelatos. Se multiplicaban incesantemente, y empezaron a ser muy dañinos en la biblioteca. Ni trampas ni venenos pudieron exterminarlos, y tuvo que trasladarse a otra vivienda. Ahora cree que sus libros están a salvo, sin saber que miles de microrrelatos están rodeando la casa y que nada podrá evitar la invasión.


Sorpresa peligrosa

Luisa Valenzuela nos dijo que acaba de descubrir que «funicular» era un verbo. Al escucharla, el tren acostumbrado a bajar y subir en una aburrida e interminable rutina, sintió tal sorpresa que se detuvo un instante en mitad de la pendiente. Si no hubiese recuperado instantáneamente el sentido del motor, hubiéramos caído marcha atrás, cuesta abajo, y seguro que habríamos quedad todos completamente funiculados.

Altos designios

Inspección general del universo. En el sistema solar, encuentran al tercer planeta hecho un desastre. «Estos bichos lo han llenado todo de porquería», dice el Espíritu Santo. «Habrá que limpiarlo», replica el Hijo. «De acuerdo. Desde mañana, Cambio Climático», ordena el Padre.


Pie
De soltero ha pasado a solterón y está bien acostumbrado a dormir solo. Una noche lo despierta la sensación de un contacto insólito, uno de sus pies ha tropezado con la piel cálida y suave de un pie que no es suyo. Mantiene su pie pegado al otro y extiende su brazo con cuidado para buscar el cuerpo que debe de yacer al lado, pero no lo encuentra. Enciende la luz, separa las ropas de la cama, allí dentro no hay nada. Imagina que ha soñado, pero pocos días después vuelve a despertarse al sentir de nuevo aquel tacto de suavidad y calor ajeno, y hasta la forma de una planta que se apoya en su empeine. Esta vez permanece quieto, aceptando el contacto como una caricia, antes de volver a quedarse dormido. A partir de entonces, el pequeño pie viene a buscar el suyo noche tras noche. Durante el día, los compañeros, los amigos, lo encuentran más animoso, jovial, cambiado. Él espera la llegada de la noche para encontrar en la oscuridad el tacto de aquel pie en el suyo, con la impaciencia de un joven enamorado antes de su cita.


Final no sexista

Abejas y abejos, ardillas y ardillos, arañas y araños, cigarras y cigarros, focas y focos, golondrinas y golondrinos, jirafas y jirafos, lampreas y lampreos, langostas y langostos, merluzas y merluzos, morsas y morsos, moscas y moscos, nécoras y nécoros, nutrias y nutrios, ranas y ranos, ratas y ratos, truchas y truchos, urracas y urracos, os saludo a todas y a todos, y os vaticino que, tal como se están poniendo las cosas en este planeta, tenéis los días contados.



Textos fruto del latrocinio del libro de José Mª Merino, La glorieta de los fugitivos. Minificción completa. Páginas de Espuma, Madrid, 2007
Microcuentos, breviarios de la imagínación, cuentitos (como Merino escribe), en todo caso, un placer absoluto que debe leerse con reposo y distancia, sin agotarlos en un arrebato causado por el deslumbramiento. Entonces se produce el prodigio de la literatura.

4.9.08

Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto: De martillos, pobreza y redención


Hay vidas modélicas, untadas de éxito, infatigablemente bendecidas por el concurso más generoso de los astros, pero al cine como espectáculo narrativo le fascina la tragedia, el caos, cierta imprudencia (casi temeraria) en abordar el riesgo, sobarlo con delectación y hasta encamarse sin pudor con su más vírica y canalla carne. Quien nace martillo le caen clavos del cielo, contaba Pedro Navaja. Algo de esto tiene Gloria Duque, la maldecida por la suerte protagonista de la ópera prima de Agustín Díaz Yanes. A Gloria le caen todos esos clavos, le caen a destajo como una letanía y los clavos la van amortajando en vida. El cine español de posguerra, cuando no metía la inspiración en el ciego folclor de la copla para negar la crudísima realida, abundaba en personajes condenados al desprecio, plebe gris que fundamentaba su escaso júbilo en placeres de muy sencillo alcance y que ahora, ahogados como estamos en esta sociedad del consumo obsesivo y de la oferta homicida, nos parecen (invariablemente) humildes y vacíos. De hecho el personaje formidablemente escrito por Díaz Yanes, que no es rico en parlamentos, me hizo pensar en el cine en blanco y negro de esa época, pero aquí la historia tiene hechuras modernas y pronto se abandona uno al simbolismo (noir, por supuesto) de su propuesta: el personaje de Yanes, Gloria Duque, habla en los actos, y ve caer la lluvia perturbada hecha vendetta en que en ocasiones se convierte la vida sin que en ningún momento tengamos certidumbres sobre la naturaleza del castigo. Pero Nadie hablará con nosotras cuando hayamos muerto nunca renuncia al sobrio espectáculo de puro cine negro al que se acoje desde su primera (y demoledora) escena de apertura, aunque se deje querer por un costumbrismo de increíble factura técnica y que está encauzado por la película subterránea que transita todo el metraje: la que protagoniza una Pilar Bardem (igual que la inconmensurable Victoria Abril) investida por la gracia del espíritu dramático. De hecho la cinta es, al tiempo, un díptico: uno que exhibe solapas frágiles, pero visibles. Se trataría, en el fondo, de contar las cartas de esa tragedia mascada desde el inicio (ese diestro corneado, la voz temblona de la mujer al contarnos el desastre, los bajos fondos en Méjico y la truculencia de la escena sobre la que gira toda la película, al más puro estilo Tarantino) y la lenta confirmación de que la esperanza en el porvenir, como decía la letra del tango, es legítima. Esa esperanza la llama fe el cristiano, pero la heroína de la historia aquí vertida no mira hacia ningún Dios y difícilmente su atropellada mente podría centrarse para entrar en juegos teológicos. Su naufragio es de una naturaleza enteramente material y ya se basta ella para deshacer lo que el azar le tatuó en el futuro. Sí es, no obstante, la fe y la maquinaria simbólica a la que ésta se afilia para deslumbrar a sus adeptos la que organiza la redención del sicario que persigue a Gloria/Victoria, un también estupendo actor como es Federico Lippi, al que le caen también sus clavos. Todos somos martillos y hay por encima de nuestra timorata presencia humana los clavos que venían el pack.

1.9.08

Historia de España nuevamente contada



Aznar suelta que la foto de las Azores (16 de marzo del 2.003) es el momento más sublime de los últimos doscientos años de Historia. Se le nota el punto de nostalgia en la frase, ese tufo a mitómano de sí mismo con el que tal vez duerma mejor. Los políticos organizan así su memoria: se permiten postales exóticas, viajes a países recónditos en los que les recibieron con vítores, fanfarria y confeti. Como el Coronel Kurtz en Apocalypse Now, via Conrad, que terminó de reyezuelo de una comunidad de alucinados. Al político, venga de donde venga, tenga la doctrina que tenga, se le da bien el trato con el pueblo. Contra pronóstico, la función pública no se abandona jamás. Aznar, en el fondo de su alma, continúa en la foto de las Azores o en la escalinata de Moncloa recibiendo a los gerifaltes del mundo. Uno no puede estar muy alto y después renunciar con facilidad a esa ingravidez aristocrática. No es un reproche: le puede pasar a cualquiera. Lo curioso de la política es que la puede ejercer un individuo sin la cualificación específica para desempeñarla. Tenemos ejércitos de abogados, notarios, catedráticos de Sociología, maestros, novelistas, inspectores de Hacienda, asesores en un holding noruego de telecomunicaciones. Esos gremios pueden convenir para escalafonar a la política. Y más curiosamente todavía, una vez que el político abandona el cargo puede zanjar la excedencia temporal y regresar al origen laboral o usar el despacho y las influencias para medrar en otros circuitos de trabajo. Si yo dejara la docencia a la que me dedico no imagino qué podría hacer. Soy un ignorante en casi todo y me he descubierto huésped perfecto de mi oficio. Seguro que esta firme convicción mía la comparte cualquier lector. Los héroes del curro son los que capean las circunstancias adversas y se sienten capacitados para echar las horas laborables en lo que toque. Admiro a esa gente más que a la clase política. Luego, al despeñarse del cargo, cogen una foto, le ponen un marco y la miren extasiados, en arrobo completo. Airean que la Historia de España sufre una inflexión con la instantánea y viajan para dar conferencias sobre lo que le echen. Tienen las alforjas tan prietas de episodios que nunca se les atraganta la posiblidad de ir publicando, en fascículos coleccionables, la novela de su éxito. ¡Si al menos hubiese sido el nuestro! El amable lector no se ciegue con el apellido Aznar: como si este cronista de sus vicios le tuviera alguna antipatía al hombre, que no es cosa ahora de confesarnos del todo. También González tiene sus exabruptos mitómanos, su desembarco en los medios, en El País, en los altavoces afínes, y ahí se deslengua sin rubor. Todo político, más si está en retiro, sabe que hay un público entusiasta que le abanica el aire al paso y le sonríe las gracietas. Todo depende del grado de fidelidad al ideal que vendió en su programa. Lo de las Azores igual ilumina el patriotismo y la exaltación de los valores identarios de nuestra nación en la parroquia aznariana, que existe y espera, empachada de líder, el regreso del prócer sacrificado. A mí, de cualquier manera, todavía me dan repelús, que es una palabra preciosa, las cumbres de los poderosos, esas reuniones al más alto nivel en donde se cartografía la salud del mundo y se decide el reparto del bienestar de sus ciudadanos. Me temo que es una responsabilidad demasiado exigente como para que pueda ser despachada en una reunión trimestral. Con los pies en la mesa. Además (foto que cierra la entrada) se lo pasan en grande. Unos más que otros. Cosa de la novedad en las risas.
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31.8.08

Los reyes del mambo miran el cielo americano


Hay cosas que ocurren que desalojan la posibilidad de análisis. Bush no va al congreso republicano porque el huracán que asoma por el Caribe y que amenaza New Orleans puede aupársele a las barbas y desmontar el tinglado electoral. Estas cosas pasan en las convenciones yankis. Ahora los candidatos olvidan la trifulca de los votos y arriman el hombro en las calles. No conozco político que no se pringue en el trato humano. Da rubor ver a algunos enmarañados de gente, repartiendo sonrisas y exhibiendo el buenrollismo ideal para que, al menos, a ese público no se le crucen los cables y les enfanguen las perspectivas de voto. Sin rebajarnos a los tejemanejes de la política americana, de la que soy un absoluto ignorante, la impertinencia de los huracanes puede hasta volcar una campaña. Es la hora de los equipos de márketing. La contrafigura de la felicidad en términos de democracia viene en forma de incontigencia atmosférica. Parece, en el fondo, el argumento de cualquier película. El cine rastrea la realidad hasta encontrar el filón cómplice, el que lo eleva a la dimensión del arte o lo entrega (no digamos rebaja) a la condición de negocio, pero en ocasiones es la realidad la que parece una ficción cinematográfica. Ya que a todo le saca Hollywood beneficio narrativo, habrá en este cataclismo vaticinado (esperemos que algún dios caprichoso y rudimentario sople y lo devuelva al mar, en fin, quede aquí mi inocencia bien plasmada) suficiente material como para montar un blockbuster al uso o un docudrama, una de esas historias de fuste en las que el espíritu filantrópico, a lo Capra, aborda la miseria humana y la inviste de dignidad de modo que el espectador, que es la quintaesencia del votante, sale robustecido de moral, inflamado de patria, íntimamente convencido de la bondad de la naturaleza humana.
Obama y McCain, o al revés, si el amable lector así lo considera, están reescribiendo los discursos, la galerada de sentencias. Idílicamente, claro. Lo normal es que algún gabinete de prensa, algún caterva de genios de la prosa incendiaria, se los preparen para que ellos, actores portentosos, declamen y levantan las pasiones que suelen. Sólo hay que ver la convención demócrata, la que ha corroborado el nombramiento de Obama como presidenciable. Es un espectáculo de una sofisticación tan inmensa que las citas de ZP y de Rajoy con sus fieles en plazas de toros y en pabellones deportivos son algaradas infantiles, reuniones de amigos alrededor del líder que los conduce al maná y a la suprema dicha del voto. La oratoria de estos días se contagiará de humanismo, rebajará la acritud habitual y orillará la sentimentalidad, el flanco emocional, que es al que se apela cuando un político desbroza su arenga desde el púlpito que le han edificado. Hasta es posible que la inclemencia de Gustav, el huracán que ahora remueve la dictadura de Castro y su ya fragilísima población, saque de los contendientes su más eficiente perfil, el más poético tal vez. Estas cosas sólo pasan en los Estados Unidos. Y en dos años, en tres, a lo sumo, película para Navidades. Calidad en el elenco hay como para bordar la fábula. Mientras no dirija Michael Bay, yo me pensaría pagar el peaje cultural de la entrada.

Espuma de agosto, dos / Plan B a flote




1
Pensé en quedarme a vivir en un verso de Gil de Biedma, pero luego entendí que no me ofrecía vivienda sentimental más allá del deslumbre primero. Como cuando de pronto vas por la calle y un rostro te conmueve al punto de perder un estribo moral. Como si te afectara la belleza y fuese irrenunciable el deseo de aprehenderla y registrarla en la memoria o en un gesto. En ocasiones los libros ofertan esa ficción, una excursión al territorio benéfico de la incertidumbre, un periplo emocional, cuál no lo es.


2
Resaca de agosto. Ya no hay resina en el aire ni humo de barbacoa. Hemos agotado la reserva de cerveza. Tenemos el estómago estragado. El plan B dicta que es posible la redención doméstica, pero lo malo es que exista ese plan B cuando lo idílico hubiese sido continuar el éxtasis vitáminico, la ingesta masiva de antidepresivos en forma de libros en una tumbona o fresquito por la noche bajo el cielo de la sierra de Málaga, que cumplió con creces la función que le encomendó mi entusiasmo veraniego. Cerramos temporada. Mañana regresamos al trabajo. No hay que activar alarmas. De hecho no tengo argumentos sostenibles para la queja. Llevo dos meses de holganza. Me da casi pudor exhibir la estadística de días entregados al insobornable placer de desconectar del trabajo. Mañana (insisto) conecto, pero volveremos con más músculo semántico al blog, que he desatendido un poco. Volveremos al fútbol televisado, a ver más cine, a la rutina convertida en plácida compañera de viaje. La vida es la que siempre se escapa en estos argumentos.

Hellboy 2, El ejército dorado: La flaqueza del genio


A Del Toro Hellboy 2, El ejército dorado se le ha ido de las manos: ha metido con calzador (uno pueril y contaminado de vicios antiguos) su iconografía fantástica, que sigue siendo apabullante, delirante, de una contundencia visual absolutamente brillante, pero sin acomodar la narrativa, sin apuntalar el discurso cuentístico, que en la primera entrega funcionaba meridianamente. Pareciera que el director mejicano ha virado a la grandilocuencia sin mirar (como solía) el texto que la tutela. Uno puede encontrar una variada lista de razones que sustentan esta pequeña caída. La sombra de El laberinto del fauno sigue siendo alargada: de hecho hay una intersección de intenciones, una visible vocación de ayuntar la sustancia lúdica de ambas. El universo de insectos, hadas, en fin, las criaturas de la fantasía pura que habitaban los bosques de la tenebrista (en el fondo) El laberinto del fauno continúan aquí, amplificados, conducidos con brío, pero lo que allí era una consecuencia del entramado literario, aquí es un eficiente capricho de autor, un exabrupto vistoso que empapa la cinta de modo que es posible que no advirtamos el fracaso casi total de su modelo cinematográfico.
En Hellboy 2 se fuerza tanto el componente pictórico que ese estiramiento forzado, fingido en cierto modo, lastra (casi) todo lo demás. No es sólo que el mal esté dibujado de una manera zafia, esquiva, tímida: es que no se advierte una construcción racional de los personajes, aunque haya escenas de impacto, de un humor limpio que fuerzan una complicidad que agradecemos. Ahí están los dos freakies de turno (el anfibio sabelotodo, Abe Sapiens, y el tozudo Rojo, sentados en una escalinata de una regia biblioteca, vaciando latas de cervezas y cantando una melodía ya casi vintage de Barry Manilow. Cosas del amor fou.
Por lo demás, la historia que cuenta es anecdótica: se pervierte después del engolosinado introito, casi lo mejor del film, para ceder a los imperativos de la tecnología. A Del Toro no hay quien le censure la componente infantil, ese reducto inflado de héroes de cómic, seres de submundos súbitamente liberados o épica al más puro estilo Tolkien (al que rinde sincero tributo en una buena parte del film). Diríase de el bueno de Guillermo, convertido en una especie de Lovecraft pulp, de serie B aristocrática, ha reclutado mitologías de imaginería vistosa y ha batido el mejunje para que salga algo. Siendo un chico de talento, no podía salir un engendro, pero ha faltado poco, y eso, en un director al que admiramos, se tarda en perdonar.
Del Toro ama a sus personajes por encima de cualquier otra apreciación formal: los mima con embeleso, les da aplomo y les conforta con cierta dignidad. Y es a los seres marginales, a los mosntruos que fatigan sus fotogramas, a los que les afina con más corazón las cuerdas sensibles. El ser humano no le preocupa lo más mínimo. Está más en el empeño de rastrear inframundos, universos paralelos (que aquí translada sin excesivo empeño al alcantarillado de Manhattan) que acaban por obsesionar al autor de modo que olvida lo real, las localizaciones a pie de calle (que casi no hay), los pactos tácitos con un espectador que desea, al tiempo que tralla visual, cierto empaque discursivo que, insisto las veces que haga falta, aquí flaquea de un modo a veces insoportable, sobre todo en el último tercio que es, curiosamente, el mejor resuelto plásticamente, el que más deslumbra.

22.8.08

La ética del pan con circo


Hay voceros del dolor ajeno que se amparan en la formas y en el protocolo. Las condolencias poseen una sintaxis precisa y no dudo que existan cursillos avanzados o carreras universitarias de largo recorrido en la que uno pueda licenciarse en esas maneras asépticas, en ese control absoluto del tiempo y del espacio. Hace falta un trallazo de dramaturgia, otro de fotogenia. El resto corre por cuenta del espectador. Una vez que el veneno de las palabras ha sido inoculado es muy difícil extirparlo fácilmente. Por eso la cultura es el mejor antídoto. Sirve para parar en seco el avance de las tropas enemigas y no permitir que se cuelen en nuestras trincheras. En cierto modo la cultura es una especie de atrincheramiento moral. Está uno ahí bien abastecido de detectores de mentiras, de antiobióticos psicológicos contra las tropelías de la injusticia, de bálsamos intelectuales contra la garrula irrupción de la barbarie. Viene esto al caso de cómo unos medios de comunicación abordan los desastres de una forma o de otra. Se trata, en el fondo, de cuidar las formas y el protocolo. De vocear el dolor ajeno, pero con tacto; de acudir al eufemismo sin ofender a quien escuche: a quien, probablemente, tiene una hija entre los amasijos del avión siniestrado, a quien ha perdido una hermana y está lampando porque alguien lo mime y le entregue, sin trucos, sin doblez, el lenguaje perfecto de la ternura y de la solidaridad. En ese sentido, hay políticos solventes que disponen de recursos sobrados para no molestar en momentos tan frágiles. Otros, en fin, entran a saco en la escena y destrozan (más todavía) la vida de los damnificados. El portavoz de Spanair tiene un trago: uno del tamaño del "incidente". Viva el eufemismo. Pero los medios de comunicación deben saber capear con profesionalidad la gestión del contenido retransmitible. No basta que se pleguen a la exigencia jurídica de que no emitan imágenes ofensivas, explícitas. No basta que los locutores exhiban el pudor de manejar información tan delicada. En esto, los presentadores de las cadenas televisivas (sobre todo) han sido pulcros y éticos, limpios de corazón y de palabras, pero otros (en todas las cadenas, dependiendo del tirón de share) han caído en la aberración de meter el micrófono en la cara del que sufre. Todo para que el consumidor (la desgracia también se consume, no crean) contemple en casa, bien apoltronadito, el show completo, el dolor ajeno en alta definición. Es imposible, he querido decir inadmisible o inaceptable, que en algunas tertulias hayan podido estar horas dándole vueltas a un material precario a las pocas horas de saberse el suceso. Es inmoral que haya que informar a pesar de no poder hacerlo realmente. Es en ese limbo periodístico en donde se produce la perversión del oficio. Hasta hay quien tira de recursos untados de alucinación y proclama que Zapatero tiene la culpa. Igual la tiene la Conferencia Episcopal o el Comité Olímpico o la madre que parió a todos los obreros del disparate. Todo sea por la bendita pasta. Por la audiencia. Por dar pan y circo al pueblo.

21.8.08

Bolaño por Bolaño



I
Lo elegante es leer, decía Bolaño en Bolaño por sí mismo, un libro publicado por la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile.
Y sigue: Uno decide ser escritor en un instante de locura total. Escribir no es normal. No creo demasiado en la escritura. La literatura es un ejercicio aburrido y antinatural. Los escritores no sirven para nada. La literatura n sirve para nada. La literatura, sobre todo en la medida que se trata de un ejercicio de cortesanos, de cualquier especie y de cualquier credo político, siempre ha estado cerca de la ignonimia, de lo vil, y también de la tortura. La literatura se instala en el territorio de las colisiones y los desastres, en aquello que Pascal llamaba, si mal no recuerdo, el paréntesis, que es la existencia de cada individuo, rodeado de nada antes del principio y después del final. Sin sueños no hay literatura. Lo más probable es que la carencia de sueños en una vida conduzca a la locura. La relación del arte con el mal es numerosa. Artaud decía que escribir era una marranada, que todos los escritores eran unos cerdos, sobre todo los de ahora. Lo suscribo. En literatura es casi imposible mantenerse a salvo. Todo mancha. Supongo que hay novelistas que piensen lo contrario. Dios les conserve su candor o su estupidez por mucho tiempo. A la literatura se llega por azar, como se llega al sexo: movido por cierta curiosidad de algo que no conocems. Para un escritor, más importante que los viajes es tener una buena biblioteca, saber algo de sintaxis y tener la suficiente lucidez para reconocerse a sí mismo como valiente o cobarde. Un escritor puede ser muy bueno sin haber viajado nunca en su vida. Es más, sin haber salido de su casa. Lo que es necesario para escribir es ser un muy buen lector.
II
Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.

1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.
12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo
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20.8.08

Hancock: Rústico, zafio y entretenido



Más que una apología al uso del superhéroe como arquetipo, como depositario de una épica que aspira a crear un modelo creíble, legendario y dotado de la capacidad de cautivar el imaginario adolescente, Hancock reclama una visión frívola, profana, indiscutiblemente adictiva, pero privada de cualquier lirismo, incluso escasamente interesada en formular el rol del malo, que aquí no es importante en absoluto.
En Hancock hay un desacelerado y deslavazado curso de heroicidades que no lo son, una forma de hacer cine que, a merced de la siempre golosa taquilla, pretende (sin conseguirlo enteramente) abrir una franquicia al margen de las ya contrastadas, nítida en su interés por ganarse un público talludito y entregada sin pudor a generar escenas lo suficientemente vibrantes como para, a golpe de tráiler, ganarse el afecto de la chiquillada.
Tal vez esa ambición lastra casi por completo el resultado final: su discurso no termina por convencer a ninguno de esos dos dignos segmentos del siempre respetable público. El calamitoso superhéroe que borda Will Smith nace de una idea portentosa: deconstruir al superhombre, desprenderlo de su aureola de bondad y arrumbarlo a un territorio cochambroso, más afín a la prosa sórdida de Charles Bukowski que a la limpieza gráfica de Stan Lee. El héroe alcoholizado, parco en recursos lingüísticos, ensimismado, no está seriamente explicitado: se le despoja de toda esa aureola legendaria y se le adscribe a un modelo de reciente implantación en el cine que consiste en parodiar el género, pero sin entrar en la vulgaridad.
Hancock es un exabrupto humorista con presupuesto fastuoso que abre una franquicia interesante, desprejuiciada y vocacionalmente limpia de todos esos clichés que oxidaban el género y lo arrumbaban al exclusivo consumo de gourmets adolescentes. En su contra, Hancock exhibe un desprecio absoluto por la osadía de sus contenidos: el superhéroe crápula, alcohólico, pasota y hasta bohemio merecía (tal vez) mejores manos. Berg se pierde en géneros sin redondear la valía de ninguno enteramente. Justo cuando parece que la historia toma un hilo de justeza y brillantez se deshilacha en exceso. Cuando más a gusto estamos en la originalidad y en esa moralidad turbia que parece empapar el sustrato más visible del film, Berg destroza nuestro entusiasmo con súbitos experimentos melodramáticos, apocalípticos y, sobre todo al final, inverosímiles.
Tan agradablemente se ve como presta se olvida. Y eso, en verano, tal vez sea suficiente para darle un timorato, pero inexcusable aplauso.

Continuidad de los parques, Julio Cortázar


Continuidad de los parques
Julio Cortázar


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.




A modo de posdata al cuento:

No hay un solo cuento ajeno en El espejo de los sueños, pero tras haber releído Continuidad de los parques (cuántas veces ya, Emilio) he decidido abrir una excepción. Es muy probable que sea uno de los primeros cuentos que yo haya leído y que me hayan impulsado a escribir. Es uno de esos cuentos que uno desearía saber de memoria. De hecho hubo un tiempo en que me soltaba en las primeras líneas. Hasta manuscribí una noche en un bar en San Fernando, en Cádiz, una continuación al cuento de Cortázar. El atrevimiento no resistió un solo día de vida y me prometí no investirme de osadía en ninguna otra circunstancia. Debió ser la ebriedad, sin duda. Hoy, años después, me acuerdo del cuento y de cómo lo leí. Era una edición de Cátedra prestada. El libro viajó mucho y hasta me preocupó la forma en que me privaba de leer otros. Así funcionaba entonces mi enamoramiento de las letras. Cogía un autor y lo recorría entero. Nunca perdí el amor por Cortázar, pero lo abandoné casi con la certidumbre de que volvería, con más fiereza, a sus trampas y a sus atajos de lo real. Este cuento es una pieza magistral. Una obra antológica. Que lo disfruten.

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...