6.2.24

Vacas

 


 El pastor, encaramado en un risco favorable, se queda dormido con el libro de Kafka en las manos. Sabe acomodarse para que no peligre su integridad, pero el libro termina cayéndosele de las manos y cae ladera abajo hasta donde pastan las vacas.  Sin que se puede argüir un motivo, pues en su condición animal no entra la literatura como objeto de apetencia, una se acerca y lo olisquea. No hay en un principio nada que la anime a ocupar su ocio bovino en el libro, pero algo la envalentona. Le da fuerte con el hocico y ve con interés que no se rompe. Es un acto insensato del que la bestia no espera mayor beneficio que la visión del libro al modificar su residencia en la glauca tierra. Le vuelve a arrimar con más vehemencia. Se determina a esa heroicidad inútil que de pronto cobra sentido en su lerda cabeza de vaca. Está toda ella en ese gesto. Ni una parte pequeña de su cuerpo grande queda fuera. Pareciera que el entero propósito de su existencia se cifrara en el acto de acometer la presencia de ese libro. Entonces abre la boca y empieza a buscar el modo de comérselo. No sabe qué sabor tendrá, seguramente no rivalizará con el sabor de la hierba fresca, pero su corazón le habla y hay palabras que la vaca entiende. Comérselo es un modo de dominarlo. Todavía ignora si ese objeto súbitamente ingresado en la realidad será un enemigo o, por el contrario, se integrará en el paisaje y no diferirá de un árbol o del mismo pastor, que sigue durmiendo.  Se la ve con entusiasmo, se aplica en la mordida, en la ingesta de las hojas. Las traga morosamente. Se diría que ha dado con el modo y, a su modo, las degusta y entorna sus ojos apreciativamente. De pronto bizquea, da arcadas, mueve arriba y abajo la cabeza y suelta un eructo no muy sonoro, la verdad, pero que despierta al pastor. No es la primera vez que escucha a una de sus vacas soltar un eructo. Hubo otras vacas que probaron otros libros, pero  nunca había visto ninguna que tuviera unas alas de insecto en el costado. 

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