Un piojo intrépido, emboscado en la cabeza de una hippie de los setenta que leía poemas de amor libre, perdió el equilibrio en la frágil cima de un pelo y acabó estrellándose en un endecasílabo lúbrico. Se ahogó en pocos segundos. Tan escaso era su tamaño que la tipografía del poema lo succionó. Está todavía en una T mayúscula, una que ahora parece preñadita. Los libros tienen su columbario secreto. Cualquier renglón puede ser tu epitafio.
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